Apocalipsis de la indiferencia

Uno de los grandes mitos fundacionales del pueblo mexica tiene como punto principal la inmolación al relatar cómo uno de los dioses (Nanahuatzin) tuvo que lanzarse hacia una hoguera sagrada para que surgiera el mundo. Es decir, destruir para crear. En muchas culturas ancestrales está presente la noción dual, en la mexica no era la excepción; por ejemplo Quetzalcóatl y Tezcaltlipoca son antagónicos, siendo el primero blanco —creador, bueno— y el segundo negro —destructor, malvado.

Desde el imaginario mismo de nuestra mitología, surgimos de la destrucción y estamos siempre al filo del caos. De alguna manera, estamos acostumbrados a que las cosas se sostengan de alfileres y hemos aprendido a vivir así. ¿Y cómo podría ser diferente si lo que se ocupa es sobrevivir? ¿Qué es preferible, ver las carnes que Chavana ofrece a diario con religiosa puntualidad; o pensar cómo fue que a otro taxista le volaron la cabeza? Si algo nos enseñó Houdini, es que no hay mayor sobreviviente que el escapista.

Pero si la catástrofe, el caos que parece asomarse por cualquier ventana se ha vuelto nuestro compañero, ¿en qué proceso nos coloca? ¿En una evolución por la que Darwin daría sus barbas (criatura que no se adapta, muere)? ¿En ser mucho más sensibles al gol de Oribe Peralta contra Brasil (confieso me rodó una lágrima en el segundo de ellos) que a los niños huérfanos del cerro de la Campana cuyo padre sicario no regresará esta noche? Total, tenía razón José Alfredo, aquí y en León, Guanajuato: la vida no vale nada.

Recuerdo aquel capítulo de 'Los Simpson' donde el cometa "Bart" se dirige desde el espacio con la mira bien puesta en Springfield, y cómo el gobierno gringo anuncia que lo destruirá con un misil —la bomba como axioma—, Homero lleva a la familia al techo de la casa a sentarse en sillas plegables de jardín para atestiguar la destrucción. Lástima que no se puede negociar pay per view con los cometas. El Apocalipsis, es, ante todo, espectáculo. Si está por encenderse la Tierra y usted será un montón de cenizas sin chiste, más vale atestiguar la pirotecnia en primera fila.

Ahí tenemos la reciente nota que debería ser escalofriante (y quizá es más escalofriante que no lo haya sido): sicarios balean la fachada del Casino Revolución, explotan una granada y otra no detona; en la lógica del buen jugador, eso no puede significar otra cosa que un buen augurio, mira que las granadas rara vez se ponen caprichosas, y si esta no nos tronó en la cara y tenemos brazos para jalarle a la maquinita, sería un insulto contra las conspiraciones del universo no seguir jugando. Vengan esos tréboles antibalas. Qué Stallone ni qué nada, los regios jugadores hacen del peligro su nombre.

Poco antes de su partida, Carlos Monsiváis presentó el libro Apocalipstick, mordaz título propio de su peculiar genio, en el que retrata el caos y la destrucción mediante crónicas de la Ciudad de México (su gran amor de asfalto, su prisión también), una urbe al borde del colapso y la multiplicidad de realidades que en ella habitan: "Si queremos recurrir a las imágenes de los filmes de science fiction y hablamos de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, tendríamos que seleccionar entre el desempleo, la violencia urbana, la violencia intradoméstica, el desastre escolar, el subempleo, la explotación salarial, el tiempo invertido en el transporte, la retirada del agua en la ciudad y en el país, la contaminación y, ni modo, la crasa estupidez de la derecha. No importa si se pasan de cuatro los jinetes, al cabo, y para perjudicar todavía más la metáfora, no tienen espacio dónde cabalgar".

No hay mayor Apocalipsis que la indiferencia ante el dolor, sufrimiento y explotación de las mayorías. Aquí es sálvese quien pueda, agarre boleto, cuélguese de la manija si es preciso, pero no se caiga del vagón de los poquitos hacia el foso de los mugrientos, aunque se vea de lejitos como que se ríen y se abrazan a pesar de sus pesares.

Asistimos diariamente a la destrucción: de familias, de vidas y cuerpos, de carreras, de ilusiones, de solidaridades; a la destrucción de las promesas de la modernidad frondosa que acabó en casas de interés social que hornean la cabeza de sus habitantes entre la estrechez de sus paredes; a la del trabajo mecánico para los que no pudieron volar sobre su título universitario que les vendieron como la alfombra de Aladino; a los intentos mínimos de brindarle un sentido al consumo zombi del que nos vuelve presas la admirable frialdad de la mercadotecnia que nos conoce mejor que nosotros mismos.

Hace días visité en Guadalajara el Hospicio Cabañas, que guarda los magníficos murales de José Clemente Orozco, cuya pieza central es el "Hombre en llamas": porque ante las promesas falsas de la técnica sin sentido que todo lo arrasa, está el espíritu del hombre, sus sensibilidades expresadas en las artes, sus ansias de ser antes que tener, de crear antes que comprar.

El "Hombre en llamas" de Orozco grita fuerte que el fuego es también renovación, destruir es también reinventar. Quizá seamos capaces de crear con el fuego de las ideas y el de la solidaridad un camino distinto al de la destrucción aprendida y aceptada; y si no, como sugiere Monsi: "En vísperas de la catástrofe les ofrecemos la gran oportunidad: el lipstick que hará que se enamoren del color como casi nunca lo hubieran visto, un color incendiario por sus pigmentos puros y con la sensación cremosa que deja su néctar de miel nutritivo. ¿Qué más quieren? Y todo esto a unas horas de que la humanidad se desvanezca. Acudan al fin de la especie con labios flamígeros, los propios del beso de la despedida". Mientras nos decimos adiós cantando I’ll stop the world and melt with you…



Contacto: gilbertopmj@yahoo.com.mx

La catástrofe como oficio
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