Mentirillas

Nuestros líderes sociales escupen tal cantidad de falsedades verbales que, al ser tan obvias y descaradas, causan un desánimo colectivo muy profundo y grave, a su vez provocador de desconfianza, incredulidad y apatía entre la gente. Vivimos con la sospecha permanente de que nos quieren engañar, qué feo, ¿no?
 
En gran medida la mala fama de los políticos proviene de su afición a la mentira y el posterior cinismo del que hacen gala. El hartazgo de la ciudadanía llegó al punto (muy dañino, por cierto) de que a la mayoría no le interesa lo que dicen o dejen de decir diputados, senadores, alcaldes, gobernadores, funcionarios de toda clase...
 
Pero ellos no son los únicos mentirosos consuetudinarios. ¿Alguien le cree a esos conductores de televisión que anuncian productos para bajar 23 kilos en dos días? ¿Y cuántas veces nos han mentido los directivos de clubes de futbol, cuando niegan buscar un cierto jugador y dos semanas más tarde lo contratan? ¿Y qué tal los empresarios que afirman ser “socialmente responsables” cuando en realidad solo quieren más (¡más!) dinero?
 
 
 
 
El tema fundamental en México estos días se llama (in)seguridad. Gozar de un entorno seguro es un derecho que nos corresponde a los mexicanos; y las autoridades tienen la obligación de garantizar tal derecho. Léase bien, no es una opción: es su obligación. Felipe Calderón, Rodrigo Medina y Fernando Larrazabal, así como los demás alcaldes, están obligados a ofrecernos seguridad.
 
Si no pueden, deberían renunciar.
 
Pero es justo darles la oportunidad de arreglar el desastre que dejaron sus predecesores. Lo que no debemos aceptar es que se escuden en mentiras para intentar encubrir sus fallas o incapacidades.
 
En el caso de Larrazabal, de hecho solo podemos esperar inoperancia y evasivas, nunca una solución en el territorio que le corresponde; la amarga situación del Barrio Antiguo, a unas cuadras de la Presidencia Municipal, lo dice todo. El alcalde carece de voluntad para resolver problemas tan sencillos como la limpia de franeleros de esas calles, y qué decir de alguna iniciativa para regenerar la zona... imposible de su parte.
 
El Gobernador, heredero de una tradición política donde la simulación y la corrupción son las estrategias preferidas, hace malabares para sacar adelante el proyecto de Fuerza Civil al mismo tiempo que encubre las fechorías de sus subalternos y de quienes estuvieron antes que él. ¿Podemos confiar nuestra seguridad pública a un gobierno que cínicamente paga banners de 1.2 millones de pesos en sitios web fantasmas y que protege a quienes estafaron al erario con la Torre Administrativa?
 
 
 
 
Pero es el presidente Felipe Calderón el abanderado oficial de la guerra contra el crimen organizado. Una guerra fallida en prácticamente todos los rubros: casi 50 mil muertos, tendencias desfavorables en cuanto a la violencia diaria y expectativas muy malas sobre una lucha que parece interminable.
 
Debe de ser muy duro para Felipe Calderón aceptar el fracaso de su gobierno en el tema de la seguridad. Tendría que decir “me equivoqué”, palabras prohibidas en el glosario de los presidentes mexicanos: Vicente Fox, Zedillo, Salinas de Gortari, De la Madrid, López Portillo… nadie ha reconocido haberse equivocado, a pesar de que todos han fallado; ni siquiera Díaz Ordaz ha aceptado haberse equivocado con respecto al 2 de octubre de 1968.
 
En vez de aceptar lo que todos vemos y sentimos, el presidente Calderón tergiversa la realidad. El 31 de enero se expresó así, de acuerdo con una nota de Proceso:
 
“Me parece increíble que todavía haya quien muy seriamente discuta si el Estado debe o no perseguir a los criminales. Es una obligación de todo gobierno, un imperativo categórico, un imperativo ético, legal, jurídico…”
 
Puede ser que existan uno o dos locos clamando por dejar el campo libre a los criminales y que prefirieran un gobierno negligente, que se haga de la vista gorda con tal de no generar conflictos violentos con los delincuentes. Pero son eso: unos cuantos locos, inconscientes.
 
El reclamo que numerosos ciudadanos y organizaciones con representatividad social han hecho al Presidente desde hace años es distinto. Ellos no proponen rehuir el combate a los narcos y derivados, de ninguna manera, pero sí exigen diseñar una estrategia para erradicar de fondo el cáncer social que nos aqueja.
 
Para acabar con una plaga de insectos, el fumigador estudia el escenario y aplica el veneno en puntos clave; a nadie se le ocurriría acabar con un nido de cucarachas a zapatazos aunque, claro, hay que eliminar como sea a los bichos que salgan corriendo.
 
El error de Calderón, y por el cual la historia lo juzgará, fue haber iniciado una guerra sin tener una idea clara del problema. Las consecuencias, a cinco años de su impulsivo proceder, son muy tristes. No merecemos más mentiras.

 
Editorial publicado en LA ROCKA No. 151.


Intro 151
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