Regina y Silvino

LA ROCKA No. 154La desaparición física —la muerte— de dos periodistas en fechas recientes debe servirnos para revalorar al periodismo en estos momentos críticos.

El asesinato de Regina Martínez representa un grito de alerta, una llamada de atención, un ¡despierten, mexicanos! La ausencia para siempre de Silvino Jaramillo invita a honrar su memoria a través de la búsqueda de la excelencia y el apego a la ética.

Regina era corresponsal de la revista Proceso en Veracruz. Si bien la distancia geográfica nos la presenta como una colega lejana, su asesinato es un golpe muy duro para el gremio periodístico de Nuevo León y de México pues confirma que nadie puede hacer respetar aquello que se supone nos garantiza la Constitución: el derecho a informar.

Para el país, la muerte violenta de cualquier periodista es una pésima noticia; significa que lo peor de la actual crisis de inseguridad aún está por venir; que las autoridades continúan rebasadas por los criminales (si no es que ellas mismas son los criminales). 

La dimensión social de los asesinatos a periodistas es muy grave. Cada vez que matan a uno, matan un poquito al país; cada vez que silencian a un trabajador de la información, silencian a los mexicanos; nos restringen la libertad, nos asustan, nos convierten en prisioneros del terror.

La muerte de Regina, el 28 de abril, es una calamidad para todos: para sus seres queridos, para los periodistas y para los mexicanos en general.

El trabajo de Regina, como el de cualquier corresponsal cubriendo lo que llamamos “información general”, consistía en revelar al público datos, hechos, acciones indebidas de políticos, actos ocultos de empresarios, denuncias de ilegalidades, actividades de narcos…, información importante para la sociedad, aunque su difusión afectara los intereses de gente poderosa.

Porque la relevancia del periodismo (el periodismo de verdad) radica en su función de contrapeso a favor de la ciudadanía, en oposición a los gobiernos, los caciques, los ultramillonarios, los delincuentes, los poderosos en general. 

En una sociedad bien equilibrada, la mejor manera de contener los abusos de los poderosos es a través del periodismo; idealmente, los periodistas asumen la representación del pueblo y ejercen la vigilancia estricta de quienes toman decisiones en nombre de la ciudadanía o tienen una obligación para con ella; los periodistas deben traerse cortitos a quienes tienen un cierto poder, para que no se excedan y cumplan sus responsabilidades. 

Pero en una sociedad disfuncional como la nuestra, los poderosos —políticos, narcos, ladrones— simplemente matan a los periodistas.

Tal vez es momento de que los ciudadanos actuemos. Cualquiera de nosotros, todos, podemos ayudar a conservar la esencia del periodismo (contaminado por la corrupción también, como tantas otras profesiones).

Sin dedicarnos al periodismo, podemos tomar, aunque sea mínimamente, su papel. Después de todo, es en nuestro interés cuestionar a las autoridades, ejercer presión, pedir cuentas, criticar, marcar el alto a quienes pretenden abusar de nosotros, opinar públicamente.

No es menester hacerlo todos los días, pero sí cada vez que se nos presente la oportunidad; de vez en cuando levantar la voz. Las redes sociales son un aliado de los ciudadanos: sabemos que ellos, los poderosos, podrán tener el control de las televisoras y demás medios tradicionales, pero no de Facebook, Twitter, YouTube… Por allí podemos informar y ser informados.

Que el sacrificio de Regina y otros periodistas caídos no sea en vano. 


El caso de Silvino Jaramillo es muy distinto. El veterano maestro de periodismo murió a los 87 años de edad tras cumplir su ciclo vital, el domingo 22 de abril. En las aulas, y sobre todo con su ejemplo, implantó en cientos o quizá miles de estudiantes de la UANL la semilla que podría llevarlos a ser buenos periodistas, aunque eso dependería, por supuesto, del empeño de cada quien.

Silvino era muy exigente consigo mismo e implacable con sus alumnos. Él se había esforzado en serio para dominar el oficio (estudió periodismo siendo adulto), quizás por ello demandaba un compromiso comparable por parte de los aspirantes a periodistas.

Reconocía a los estudiantes que sabían redactar, y sufría con los perezosos y los incultos generales (los universitarios carentes de cultura general).

Era estricto, pero también abierto a compartir ideas y debatir amistosamente con los jóvenes. Alguna vez, a fines de los ochenta, por insistencia de un alumno se llevó a casa dos discos de Metallica para ver si realmente esos melenudos aportaban algo nuevo a la música. No le parecieron tan maravillosos.

Ah, porque Silvino Jaramillo era maestro de conservatorio, un músico académico que en su adultez habría de toparse con el periodismo; y entonces dejó su huella en El Porvenir (siguió publicando allí hasta el final de sus días).

Su ejemplo de vida, lo reiteramos, fue tal vez la mejor lección para sus alumnos en la Facultad de Ciencias de la Comunicación. Honesto, honrado, íntegro, creyente fervoroso en el periodismo como un servicio a la sociedad; era un periodista como los clásicos, con la cultura y el honor por delante. 

En un ambiente cada vez más envilecido ante la pérdida de valores éticos, y en homenaje a este legendario maestro de periodismo, quienes hayan sido sus discípulos bien podrían realizar un examen de conciencia y honrar su memoria con un esfuerzo extra en su desempeño profesional.

Así, los ciudadanos de Nuevo León estarían agradecidos doblemente con Silvino Jaramillo: por lo que hizo ayer y por su influencia hoy y mañana.

Descanse en paz, maestro.

Editorial publicado en LA ROCKA #154

 



Intro 154
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