2013 sin mentiras

Lance Armstrong resultó uno de los mentirosos de mayores dimensiones que ha conocido la humanidad.

El ciclista, considerado el más grande de todos los tiempos, poseedor de récords increíbles, salió con su domingo siete tras ser acorralado por investigadores antidopaje que encontraron suficientes evidencias como para derrumbar al ídolo venerado durante tantos años por el público mundial.

De ser la inspiración de millones de personas, el atleta pasó a la categoría de indeseable, sobre todo en el ámbito deportivo. Pobre, su conciencia deberá zumbar sin piedad sobre él los años que le queden de vida…

Tal vez los seres humanos somos la única especie que tiende a la autodestrucción. Al paso de los años, generación tras generación, en lugar de mejorar mediante el aprendizaje que proporcionan los errores, hacemos lo contrario: nos hundimos más. Lance Armstrong no aprendió nada de los mentirosos célebres que le precedieron. En vez de pasar a la historia como un ciclista mediano pero limpio, prefirió la gloria máxima con sabor a trampa y, tal como era predecible, terminó aplastado por el peso de sus mentiras y  su deshonestidad.

Va iniciando 2013 y puede ser el momento de dar un giro en lo individual y lo colectivo. Ser honrado para muchos tal vez suena a algo pasado de moda, puesto que lo común es precisamente lo contrario: mentir, engañar, agandallar, defraudar, etcétera. Pero al final del camino, la honradez se convierte en un factor decisivo para saber si tu vida sirvió de algo o si fuiste una piltrafa espiritual tan nefasta, que en caso de existir Dios ya te fregaste porque vas a ir derecho al Infierno.

La cochina conducta de Armstrong no es la excepción, sino lamentablemente la regla en amplios sectores de la sociedad mundial. Para triunfar, dicen los infelices como él, hay que hacer todo y cualquier cosa que resulte necesaria, no importa que se agredan las leyes, los reglamentos, la moral, la ética y las normas elementales de convivencia.

Pero lo cierto es que de una u otra manera la vida nos pasa la factura por igual, seamos famosos, bellos, millonarios o todo lo contrario. Nadie escapa a la ley universal encargada de darnos a cada quien nuestro merecido, tarde o temprano. Y si ya lo sabemos, puesto que hemos visto casos como el del ciclista una y otra vez, ¿para qué echarnos la soga al cuello haciendo trampas aquí y allá, diciendo mentiras, picándole los ojos al prójimo?

Esos personajes (o personas comunes) que de la noche a la mañana pasan de divinidades a picadillo, no completan con lo que les falta de vida para terminar de arrepentirse.

Pero este cáncer social no sólo lo padecen los individuos notablemente desahuciados como Armstrong. El mal se ha extendido y prácticamente ahora alcanza a todos, en mayor o menor grado. Seguramente nadie puede afirmar que nunca dice mentiras… Si lo hace, probablemente nos está mintiendo.

Que la deshonestidad y las mentiras queden en los libros de historia como un sello de las generaciones previas. Estamos iniciando 2013, hagamos el intento por enderezar el rumbo del Estado y el país, y para ello lo esencial es empezar por uno mismo. Ya es hora.

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