Nos hundimos

Las estadísticas señalan que México va directo al abismo; viajamos en una suerte de caída libre.

Hay individuos que confían en salvarse porque les va muy bien, pues cuentan con dinero, educación, ciertos lujos, alimentos, poder, etcétera.

Pero es una ilusión: cuando el país se desmorone, todos vamos a sufrir consecuencias muy graves. De hecho, ya las estamos padeciendo.

Es curioso: en vez de concertar un plan de acción que nos permita corregir la actual trayectoria desastrosa de México, aceptamos y hasta aplaudimos medidas que históricamente han significado, para otros países, represión, dolor y muerte en la  población civil. Tarde o temprano así ocurre.

Los mexicanos estamos a punto de entregar el poder cívil a las instituciones militares, un paso terrible al que nos empujan la ignorancia y las violentas circunstancias actuales.

¿Cómo llegamos a esta encrucijada histórica? Veamos el caso de Nuevo León a manera de ejemplo y explicación: ante la incompetencia de las autoridades civiles, los militares han tomado las funciones policiales del Estado.

Aunque se guardan las apariencias, lo cierto es que el Gobernador y los alcaldes han cedido el control de la seguridad pública a los mandos castrenses, por eso ahora hay “policías” que en realidad son soldados.

Es una emergencia, evidentemente, y por ello el sentimiento de gratitud brota de manera espontánea en la ciudadanía. Si los policías y sus jefes son ratas coludidas con el crimen organizado, bienvenidos sean los soldados y marinos, valientes hombres y mujeres que sí enfrentan a los mafiosos.

El problema es que los militares, por más buena onda que sean, no tienen por qué comportarse como policías; ellos han aprendido a disparar y matar, están preparados para imponer la fuerza y la violencia como único criterio, y la obediencia a sus jefes es una cualidad fundamental.

¿Derechos humanos? Los soldados y marinos entienden poco de un asunto que, en realidad, no les compete. La vida castrense es dura, estricta y las debilidades de carácter no se toleran. Ellos son individuos férreos: no hay lugar para “delicadezas” de ninguna clase, tampoco para titubeos. ( Los dos estudiantes del Tec del año pasado y Jorge Otilio Cantú lo comprobaron de la peor manera posible).

Es de agradecer que las fuerzas armadas de México se comporten como profesionales (¿qué país querría soldados blandengues?).

El riesgo para los mexicanos no es ése, sino la imposibilidad de ganar la guerra contra el crimen organizado si se prolonga la actual estrategia federal.

Si la guerra no termina, los soldados seguirán en las calles de lugares como Nuevo León… quizás para siempre.

La ignorancia de un pueblo educado por Televisa y TV Azteca impide entender la historia de otras naciones donde la milicia, por la buena o por las malas, llegó a controlar amplias o totales parcelas de la vida civil. Han sido experiencias dolorosas en la mayoría de los casos.

Los militares mexicanos se han distinguido por su lealtad a los gobiernos civiles; desde hace muchas décadas aceptaron someterse y no se sabe de ningún intento por abandonar la institucionalidad. Sin embargo, ¿para qué darles tentaciones?

El orden en México no llegará sin una transformación social de fondo. El combate al crimen organizado tiene que darse con los valerosos militares al frente, pero al mismo tiempo las instituciones civiles –el gobierno, los medios de comunicación, las empresas, etcétera– están obligadas a enderezar el sistema desde las raíces.

Una policía capaz es pieza esencial en esta nueva sociedad que requiere México. Si en su lugar aceptamos una solución engañosa (la militarización permanente del orden público), terminaremos arrepentidos.

Año tras año México está peor. La historia reciente muestra que cada sexenio bajamos un peldaño –o varios– como sociedad: cada día que pasa, en México aumenta la pobreza, la corrupción, la impunidad, la desigualdad, la inseguridad, la violencia, la injusticia…

Revertir la tendencia es una prioridad, y eso no lo vamos a lograr con soldados tomando el control civil.
 

Editorial publicado en LA ROCKA No. 136

 




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