Repudio nocivo

Fernando LarrazabalPara cuando esta edición de LA ROCKA se encuentre repartida en los más de 400 puntos de distribución que tenemos en Monterrey, es muy probable que haya ocurrido el desenlace del affair Larrazabal.

Como queso oaxaqueño, el tema se habrá desenredado hasta sus consecuencias últimas que son, previsiblemente, la estocada final para “Larry”… sin descartar un giro salvador gracias a la astucia que ha demostrado a lo largo de su carrera pública.

Lo que suceda al alcalde de Monterrey debe importar a los habitantes de la ciudad y del Estado por simple conveniencia: más vale que sepamos cómo se está moviendo y de qué grado son las heridas del personaje que aspira (¿aspiraba?) a convertirse en gobernador de Nuevo León, pues, simple y llanamente, el sentido común obliga a desconfiar de los políticos.

Pero al margen del morbo que produce la situación de ver a un alcalde derrotado por el escándalo, provoca tristeza y preocupación saber que la historia ha sumado otro caso a la larga lista de actos bochornosos (¿vale decir “sobornosos”?) protagonizados por nuestros gobernantes.

Como respuesta a tanta desfachatez y desvergüenza, en ejercicio desde tiempos muy lejanos por los gobernícolas nacionales, se manifiesta el repudio que la mayoría de la población profesa por la clase política.

El rechazo es descomunal y espontáneo. Las oficinas de los dirigentes políticos son considerados nidos de ratas y templos de la corrupción. Y auque ellos saben hablar bonito, sonríen y hábilmente te envuelven y se vuelven tus “amigos”, no engañan a nadie de manera permanente.

El resultado, tarde que temprano, es un desinterés muy claro de la ciudadanía hacia todo aquello que tenga relación con diputados, gobernadores, alcaldes, presidentes, secretarios, etcétera, en cualquier orden de gobierno.

Lo cual es una lástima. No es fácil instituir la democracia cuando los “interesados” no lo están.
Una evidencia de este proceso destructivo de la democracia en el que estamos inmersos, es la pobre participación en las elecciones: a mucha gente no le importa quién va a gobernar “porque todos los políticos son iguales”.

Lo grave de la renuencia ciudadana a involucrarse en los asuntos públicos es que el abandono de espacios lo aprovechan, precisamente, las personas deshonestas que nos tienen al borde del precipicio. Eso es triste y preocupante, ¿o no?



El caso de Fernando Larrazabal es ilustrativo en cuanto al grado de repugnancia en los actos no solo de él y sus allegados, sino también los de sus compañeros de partido que buscaron de inmediato atacarlo, sus incondicionales que lo defendieron hasta caer en el ridículo, y los priistas que se daban golpes de pecho ante las presuntas fechorías del alcalde y su hermano..

Para el ciudadano común, la hipocresía de todos estos personajes es lo único que le queda claro. Y ante tanta claridad, razona, lo mejor es alejarse de ellos y de todo lo que se relacione con la política.

Los jóvenes en particular rechazan automáticamente a los políticos. No todos, claro, pero sí la mayoría, y es entendible que no quieran saber nada de individuos que se conducen por la vida haciendo de la mentira un ejercicio profesional. Dan asco.

Tal actitud de los jóvenes, sin embargo, se torna nociva porque prolonga el sistema que produce las condiciones para seguir igual… o sea, estamos ante uno de esos llamados “círculos viciosos”.

¿Cómo resolver una problemática tan compleja? Al gobierno, los partidos y otros centros de poder, como las televisoras, no les interesa modificar las cosas.

Por ellos, que los jóvenes continúen absortos en los videojuegos, los conciertos, la cheve y la party, el futbol, la moda, Chavana, Cecy Gutiérrez… lo que sea, pero no alguna actividad que los impulse a pensar, reflexionar y eventualmente inconformarse como, por ejemplo, la lectura o el estudio (el de verdad, no el que promueve el actual sistema educativo).

Sí, los políticos son nocivos, pero es más dañino nuestro repudio si por culpa de él los dejamos hacer lo que quieran. Es obligación nuestra detenerlos, encarrilarlos y vigilarlos. Antes de que quieran darnos de comer quesos oaxaqueños y similares.

Editorial publicado en LA ROCKA No. 145.



Intro 145
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