Divagaciones entre el 'uncolorpower' y una canción bajo la lluvia

La lluvia no asusta a nadie. Las calles están llenas de coches que absorben el agua en sus neumáticos; negras esponjas que ruedan sobre la avenida secando el concreto, dejando tan solo pequeñas huellas húmedas de su paso.

El día tiene un viento indeciso, a veces frío, a veces fresco, otras simplemente viento y, por las banquetas, la gente va y viene como el tiempo.

Es sábado y decidí salir de casa. Creo también un poco de caza: buscar esos instantes inesperados que puede traer una canción y un día lluvioso. La sorpresa escondida entre la gente. Ahora lo pienso mejor: no es la sorpresa, es el destino escondido entre la multitud.

Al salir de la tienda de discos no he dejado de pensar en este tema de Gil Scott-Heron donde habla de que la revolución no será televisada. Eso me lleva a la idea de que no hay que hablar del Black power, White power, Brown power o cómo se le quiera llamar. Se me ocurre la idea de hablar mejor de un “uncolorpower”. Son divagaciones las mías, no más.

Sigo esperando, paciente a que se abra la ventana mientras camino.

Globos de un lado, rosas y celestes. Ratones que se mueven gracias a una cuerda en el dedo. Gotas de lluvia diminutas y delgadas. Ofertas, modas, personajes salidos del espejo de la televisión y un sábado alegremente gris.

La reconozco desde el principio: es Marisa Monte.

Guitarras acústicas y eléctricas rasguean su entrada a la escena.

La cantante brasileña aparece en un fragmento de silencio, se detienen los segundos y rompe el hielo cantando “Ainda bem”.

Las armonías caminan al compás de los transeúntes. Ella lo encontró a él, yo la he encontrado a ella en una calle peatonal.

“Ainda bem” forma parte del más reciente disco de Marisa, el cual lleva por título O que você quer saber de verdade, un disco en el que retoma la estética de trabajos como el hecho con Tribalistas.

Canciones con más movimiento, letras que gozan de una sencillez poética y melodías que acarician el instante en que son escuchadas.

Pop de gusto elevado.

Llego a un cruce. La gente se detiene por un momento ante nuestro oriente rojo. Los camiones peleándose el paso, rugen de forma intimidatoria sin ninguna consideración. Reconozco un órgano vox continental en el puente de la canción y me pregunto si acaso fue utilizado de la misma manera en toda la grabación.

Cruzar o no cruzar es el dilema. La gente no tiene paciencia para esperar su momento indicado, el oportuno, el más seguro; es entonces que sin miedo pasan del otro lado.

Un ritmo cercano al paso doble, a un tango, a un bossa, le da un color único al tema sobre el que Marisa canta a dos voces.

En el cruce también hay dos voces, dos tipos de personas, dos realidades: una la de los o lo que está por venir, la otra la de lo que fue y ya ha pasado. El futuro, presente y pasado frente al semáforo.

“Mi corazón ya estaba acostumbrado”, canta en portugués Marisa Monte y mientras llego al otro lado del río de asfalto, pienso que mi corazón sigue sin acostumbrarse a muchas cosas.

La canción no tiene un coro especifico, pero tampoco lo necesita. La melodía es tan fuerte que camina de forma precisa y segura sobre las calles húmedas y empedradas de la armonía.

Marisa va y viene entre la gente. Su voz es pincelada que da color al cuadro.

La gente, la calle, la lluvia y el viento… la estrofa de alguna canción.

Hoy nos tocó andar por el mismo camino. El mismo aparador en el que nos mostramos sin temor a la llovizna. 



Anecdotario de viaje 5
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