A diecisiete años de Inspector

Llegué a Inspector un domingo nublado; un amigo me llamó para preguntarme si podía ensayar con una banda que ocupaba tecladista. Eso fue hace diecisiete años. En ese momento no sabía cómo iban a cambiar las cosas, para bien.

Han pasado muchos años desde entonces y, a la distancia, ahora puedo mirar hacia atrás con gusto y observar el pasado que ha moldeado el presente.

Las tocadas en el Etec, los concursos de San Nicolás, Halloween en el Café Iguana, los ensayos en aquel cuarto diminuto, el patio de Filosofía y Letras y el acercamiento a un género que desconocía—que gracias al “Padrino” fui conociendo. 

El viaje a los “días de colectividad” en Guadalajara, en el que terminé en Vallarta tocando en el malecón, sería mi primer viaje con una banda; la primera vez que toqué fuera de la ciudad.

Después vendrían los frecuentes viajes al DF, San Luis Potosí y Chihuahua.

A Inspector tengo mucho que agradecerle. Con la banda he conocido a personas que me han marcado como individuo y artista. Con ella he aprendido a respetar a todo aquel que está frente a uno prestándonos su atención. Gracias al grupo he tenido la oportunidad de conocer otros países, otras ciudades y una gran cantidad de gente que va apareciendo en el camino.

Recuerdo la primera vez que tocamos en Los Ángeles, en el mítico Roxy. Llegando vimos cómo la gente hacía una fila larga para entrar; en la marquesina del legendario lugar aparecía con letras grandes y negras, haciendo contraste con la luz blanca y brillante: Inspector. Es una imagen que jamás se me borrará.

Como si no fuera suficiente estar ahí, tocando, al finalizar el concierto nos estaban esperando en el camerino Gustavo Santaolalla y Anibal Kerpel. Una noche redonda, sin duda.

Entre kilómetros y kilómetros suceden todo tipo de cosas. Creo que de alguna forma eso nos ha dado temple porque, al igual que una montaña rusa, han sucedido subidas y bajadas estrepitosas; las he podido soportar gracias a mis compañeros, a mi familia, pero sobre todo a la música.

Como aquel concierto en el Zócalo de la Ciudad de México donde tocamos para 120 mil personas. Ese día fue contrastante porque por un lado estábamos contentos de tocar ahí por primera vez , ante tanta gente, y, por el otro, estábamos preocupados por algunas amenazas que habíamos recibido en las que decían que nos atacarían con petardos, amenazas provenientes de algunas personas que no estaban de acuerdo con que tuviéramos presencia en medios masivos de comunicación.

Esa fue la vez que conocí el estrés verdadero. Y ni qué decir de las maniobras que tuvimos que hacer para salir entre tanta gente (cambiar de vehículo, alejarse de las ventanas, etc.).

Conocer a otros artistas y ver su grado de sencillez o su status de estrella (rockstarismo) ha resultado muy aleccionador y divertido. Para ser honesto, probablemente he pisado ambos terrenos, a veces de manera consciente y otras inconsciente, pero son cosas con las que te enfrentas y es imposible evitarlas, hasta que te das cuenta que lo más importante es la música, más allá de las poses y los reflectores. Eso es lo que trasciende: la música y tú con ella, pero no al revés.

Eso es lo que más agradezco a la banda: permitirme hacer música. Porque ahí comencé a hacer canciones más en forma y hoy en día sigo aprendiendo ese noble oficio que es componer.

Así, gracias a Inspector, pude conocer a uno de los compositores mexicanos que más admiro y respeto, y con quien entablé una amistad con el paso del tiempo: Jaime López.

A él lo conocí en una sesión de la SACM (Sociedad de Autores y Compositores Mexicanos) en Monterrey. Después los invitamos a la presentación de Unidad, Cerveza y Ska en el Hard Rock Café del DF, a la que acudió y ahí comenzó a cimentarse un gran amistad.

El público es algo que uno aprende a valorar, respetar y cuidar en el camino, porque muchas de las veces que se juzgaba duramente a la banda, siempre apareció alguien apoyándonos incondicionalmente. Son ellos quienes complementan a una banda porque son la contraparte necesaria para un círculo completo. Eso lo he aprendido concierto tras concierto.

Recuerdo que cuando recibí mi primer sueldo estábamos en DF; lo primero que hice fue ir a una tienda de discos a compra justo eso: música. Entonces, por lógica he de agradecer también a Inspector el gran vicio que tengo por la música; me convirtió en un melómano. Gracias a eso pude conocer más y más obras; me apasioné por la canción como tal y por el arte en general.

No dudo al decir que parte de lo que soy se lo debo a la banda llamada Inspector. Con ellos he pasado la mayor parte del tiempo. He perdido el equilibrio, también, pero igual me he sentado cuando la marea ha bajado y he vuelto a caminar sin la prisa que nace de la experiencia.

Hemos pasado situaciones muy placenteras y otras no tanto, pero siempre han sido compartidas.

Ahí, entre nosotros y con los años, he entendido la importancia de ser tolerantes. De la carretera he aprendido que lo más importante es llegar a casa. Entre viajes he extrañado, y por ende, valorado enormemente el hogar y la familia.

Son muchas las sensaciones, recuerdos y pensamientos que vienen ahora que uno se pone a revisar esos diecisiete años. Las personas que han pasado por la banda, no solo músicos, sino todo aquellos que de alguna forma han formado parte de ella. Ahora me doy cuenta que algo he aprendido también de todos ellos.

Estoy muy agradecido de tener la fortuna de escuchar nuestras canciones, en las que uno hizo su parte y contribuyó a ellas, cantadas por miles de personas. Con la música y con la banda por todo lo que me ha dado. Estoy agradecido con todo el público que nos ha cobijado. Estoy agradecido con la vida. Como diría aquél personaje televisivo: muy agradecido, muy agradecido, muy agradecido.

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