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Felipe Calderón en Monterrey / Foto: Presidencia de la RepúblicaPresidente Calderón: los nuevoleoneses le damos la bienvenida.

No es que su visita nos mueva a júbilo. No hay razón para festejar su presencia en esta tierra. Simplemente sucede que, a pesar de nuestra fama de broncos, somos personas bien educadas. Ésta es nuestra casa y si usted es nuestro huésped, no lo vamos a ofender.

Pero –supongo que usted lo sabe– debe entender que estamos muy molestos por tantas y tantas desgracias que han caído y siguen cayendo sobre Nuevo León.

Y, para hablar claro, lo responsabilizamos a usted de la impunidad que se les ha brindado a los militares y policías federales responsables de los asesinatos de sabrá Dios cuántos hombres, mujeres y niños.

Comprendemos que, en la actual tesitura, sucede con frecuencia que civiles inocentes quedan atrapados en enfrentamientos que vemos ya como cosa de rutina.

Pero no me refiero a la desdicha de caer porque estaba uno en el lugar y el momento equivocados.

Aquí, fusileros y gendarmes de la Federación han asesinado a niños, estudiantes, profesionales, empleados, obreros, pequeños empresarios, amas de casa.

Cierto: en todos los Ejércitos –de Aire, Tierra y Mar– del mundo buscan abrigo y protección cómplices del crimen organizado, delincuentes y sicópatas. Pero aquí, señor Calderón, los están protegiendo y eso no se vale.

Nuevo León ha sufrido muchos golpes por parte del narco y sus cómplices enquistados en los tres niveles de gobierno.

Y usted, señor, no más no está a la altura de la crisis de violencia que desangra a todo el país.

El 25 de agosto los violentos incendiaron el Casino Royale: murieron 52 adultos y un bebé nonato. Usted vino; ofreció, como homenaje a las víctimas del multihomicidio una corona de flores, hizo una guardia y se fue.

Su presencia, que apenas si duró unos minutos, no sirvió de nada.

Las autoridades insisten en su afán por convencernos de que los responsables de la tragedia ya fueron capturados. Pero, sabe, señor, no les creemos. Son unos pobres diablos con la inteligencia y el alma destruidos por las drogas y el alcohol.

Salta a la vista que, si acaso, son los autores materiales de aquella atrocidad, pero de ninguna manera se les puede responsabilizar como los capos que, tal vez fallida la negociación con los administradores de la casa de apuestas, planificaron la atrocidad.

La policía mexicana –municipal, del estado, federal– hace confesar a Juan o a Pedro que ellos le quemaron los pies a Cuauhtémoc.

Debe saber, señor, que por lo menos este redactor considera que lo que estamos librando y sufriendo no es la guerra personal de Felipe Calderón. La narcoviolencia está aquí y los sayones están ganando terreno.

Usted invitó o cedió ante presiones de Washington y ahora tenemos un pequeño ejército de policías y militares norteamericanos no sé si monitoreando a los nuestros o dando la mano en el combate al sicariato o colaborando con los malos.

Estados Unidos es nuestro socio y aliado, pero también es la fuente de nuestros problemas y, por si fuera poco, nos juega sucio: entrega armas a los asesinos, deja pasar la droga a su territorio y creo que además los ayuda a lavar los dólares sucios.

El mundo es ancho, señor, y no necesariamente ajeno. De acuerdo: que participen los vecinos, pero llame también a otros países para que nos asistan a extirpar este cáncer.

Esta guerra, o lo que sea, no era nuestra. En México el consumo de drogas duras estaba limitado a un minúsculo fragmento de la sociedad.

¿Por qué tenemos que pagar con nuestra sangre el boleto para que entren a los falsos paraísos millones y millones de norteamericanos enfermos, determinados en eludir la realidad?

También se da por sentado que nosotros tenemos la obligación de evitar que las hordas de hambrientos procedentes de todos los rincones del mundo ingresen sin documentos a la Tierra Prometida. Esto, que no era asunto nuestro, ha dado pie a matanzas, corrupción y muchos otros males.

No espere, señor Calderón, lluvias de confeti, una muchedumbre ansiosa de acercarse a felicitarlo.

Quizás repicarán las campanas de los templos: la Iglesia católica presume de tenerlo a usted como amigo y aliado.

Sí, la inmensa mayoría de nuevoleoneses estamos hartos y fastidiados de su falta de oficio político, la ausencia de liderazgo, su obstinación en combatir al tráfico con sangre y fuego como si fuera un juego de niños.

No lo es.

Usted y los suyos están, físicamente, a salvo. Cuatro millones y medio de nuevoleoneses no podemos decir lo mismo. Claro, el famoso 0.1 por ciento de los regiomontanos buscarán el abrazo, el apretón de manos: lo premiarán con la sonrisa, la zalamería, las palabras huecas.

Quizás las mismas que le dijeron los magnates de la época a Porfirio Díaz cuando mandó asesinar a los huelguistas de Río Blanco y Orizaba: “Así se gobierna, señor Presidente”.

Supongo que su indiferencia es la respuesta a nuestra angustia. Finalmente, sabemos que no viene a escucharnos sino a poner orden en su casa política. Como sea, agobiados por el dolor, le damos, señor, la bienvenida. Somos gente bien educada.

Recado para Felipe Calderón
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