Una reflexión partiendo de la historia de Estados Unidos

J. Edgar Hoover, director –más bien dueño– del FBI, tenía a la entrada de su casa en Miami este letrero: “No se permiten judíos ni perros”.
 
Durante 48 años, este hombre se las arregló para imponer su voluntad sobre siete presidentes de Estados Unidos.
 
La película de Clint Eastwood –ojalá permanezca largo rato en la cartelera, aunque lo dudo, pues es una buena cinta– obliga a la reflexión. Hoover estuvo muy cerca de hacer realidad su sueño: convertir a la Unión Americana en un Estado policial.


 

El top cop norteamericano rezumaba odio contra todos y contra todo: intelectuales, artistas y gente del espectáculo; judíos, negros, católicos, indios, hispanoamericanos. Si decimos que dirigía lo más venenoso de su encono contra comunistas, sindicalistas y gente de izquierda no aclaramos gran cosa: según él, los comunistas nadaban en la sopa, estaban escondidos debajo de sus zapatos. Las hormigas, sobre todo las rojas pero también las negras, eran comunistas. (Curiosamente, hay algo de verdad en esto.)
 
John Edgar fue agente de la policía política desde 1917, a los 22 años de edad. Tenía 29 cuando lo nombraron director general de la entonces llamada Oficina de Investigación Federal: entidad famosa por los niveles de corrupción que alcanzó.
 
Nuestro personaje hizo su tarea: el FBI combatió con saña y derrotó a los gangsters de la época.
 
Hoover era un gran organizador, un maestro en el oficio de las relaciones públicas y un genio para manipular lo mismo a los poderosos que a los ingenuos y depauperados. Odiaba al agente especial Melvin Purvis, quien le correspondía cordialmente.
 
Este oficial se convirtió en un héroe nacional cuando mató a John Dillinger, el bandido. Eso no le gustó, pero nada, a J. Edgar: se las arregló primero para poner a Purvis de archivista o algo parecido y pronto logró defenestrarlo. El policía –que no era una blanca palomita ni nada que se le pareciera– se suicidó.
 
Pero esa es otra historia.
 
Hoover destruyó casi todas las bandas, pero topó con el duro de Meyer Lansky, hampón judío –para ponerle la cereza al pastel– que alegremente amenazó al jefazo del FBI con publicar las fotos, grabaciones y película que obtuvo, sin duda con la asistencia de personal de la agencia.
 
Hoover apenas si se molestaba en disimular su condición de homosexual. Vestía de mujer en su casa, que compartía con su pareja, W. Tolson, a quien nombró director general adjunto. John Edgar se podía dar ese y otros lujos: tenía expedientes de todos los presidentes, los senadores, diputados, gobernadores, secretarios del gabinete, líderes sindicales et al. Se empeñó en destruir a Martin Luther King, pero fracasó.
 
Algunas de las personas distinguidas a quienes persiguió fueron Einstein, Chaplin, los hermanos Marx. Desde luego, no podía ni oír hablar de Marilyn y los hermanos Kennedy.
 
La tragedia de Dallas le dio oportunidad de mostrarse tal como era. Fue el primero en informar a Bob –era procurador general, ergo, su jefe– del magnicidio y, dijo Robert tiempo después, al hacerlo no escondió su júbilo.
 
El buenazo de Hoover alucinaba con tener el archivo más grande del mundo: las fichas personales con foto y huellas digitales de todos y cada uno de los ciudadanos de Estados Unidos. Su mundo se vino abajo cuando Nixon tomó posesión: Hoover se ganó a pulso el título de hijo de puta, pero se quedó chiquito ante el flamante Presidente.
 
Ahora bien: esto ocurrió en un país con una probada vocación de democracia apuntalada por una Prensa más o menos independiente, separación efectiva de Poderes, autonomía de entidades y municipios y todo lo que gusten y manden.
 
En México tenemos de sobra hombres y mujeres que, en las circunstancias favorables, le darían el quince y las malas a J. Edgar. 
 

La violencia, tomada de las manos con la corrupción y la impunidad, nos desestabiliza. No estamos pensando con claridad. Muchos mexicanos exigen hoy la instauración de un Estado policial que sustituya a nuestra feble democracia.

 
Es posible que el combate al narco sea el pretexto ideal para quienes planifican un México dirigido por un Hermano Mayor que nos vigila.



 



¿México, Estado policial? Todavía no, pero...
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