La bestia ganó una batalla; nosotros ganaremos la guerra

¿Hizo bien Hugo Enrique Vega al aceptar el dinero y las disculpas de ese ente, vergüenza del género humano, que es Miguel Moisés Sacal? ¿No tienen los pobres derecho a la dignidad?
 
Es muy fácil tomar partido, en un sentido u otro. Empecemos por los datos duros:
 
Hay muy pocas plazas de trabajo; si se presenta un conflicto entre un cliente y un empleado, el dueño del changarro se pondrá a favor del consumidor y en contra del asalariado; la justicia, ya sabemos, es una mercancía que se ofrece en venta.
 
Si Hugo Enrique responde a los golpes e insultos con puñetazos y mentadas de madre los primeros en agredirlo serán sus compañeros de trabajo. No es cuestión de solidaridad de clase: es asunto de hambre.
 
Pero esto es sólo el principio: mi tocayo va a dar a la cárcel y, tanto en el camino a la ergástula como al ingreso a la misma, policías y celadores le dan su calentadita. En México y en otros países, aunque no en todo el mundo, los gendarmes son cipayos.
 
En la India británica, cientos de miles de indios se alistaron en el ejército. Su función: reprimir a sus hermanos que luchaban con palabra u obra por la independencia.
 
La famosa matanza de Amritsar, en los años veinte del siglo pasado, fue eso: indios con uniforme inglés –también se cubrió de oprobio un destacamento de gurkhas– fusilaron a quemarropa a casi dos mil indios desarmados de uno y otro sexo y de todas las edades y condiciones civiles.
 
Esos son los cipayos y así son nuestros esbirros de placa y tolete:
 
Provienen de las capas más humildes de la sociedad, pero odian a las personas del mismo origen que se atreven a exigir el respeto al que tienen derecho.
 
Tenemos, pues, al empleado del valet parking en la cárcel. Si el despreciable millonetas quiere, ahí lo mantienen encerrado por años y años.
 
Eso del defensor de oficio es una broma tan cruel como llamar centros de readaptación social al infierno de los penales. HEV tenía todas las de perder. No necesitaba hacer un análisis situacional. Esas cosas las sabe por intuición y experiencia. El joven Vega tomó su decisión: aceptó lo inaceptable. Vendió, por hambre, la autoestima.
 
El episodio nos deja a muchos con un amargo sabor de boca: la hiel de la derrota. Porque eso es. Sacal confirma que en México se nos fue, como arena entre los dedos, ese tesoro inapreciable que es la dignidad del hombre.
 
Al perderla, perdemos todo. Por el momento.
 
Es el tiempo de los canallas, como escribió Lillian Hellman. Sufrimos una grave derrota, pero no estamos vencidos. Sabemos y ellos también lo saben: a cada puerco le llega su San Martín.
 
Nos esperan muchos años de sacrificio y lucha social, pero algún día recobraremos el honor.

 


Amos e ilotas
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