Shalom, Rabí

Es largo el camino de Polonia a México.
 
El joven Moisés Kaiman salió de Auschwitz abrumado por el dolor. En el campo de exterminio los nacis asesinaron a sus padres, sus hermanos, toda la familia. Su pecado: son judíos.
 
A eso llegó la insania del fascismo: condenar a muerte a millones de seres humanos porque forman parte de este o aquel pueblo; porque adoran a Dios de otra manera; porque el color de su piel es distinto al nuestro.
 
El muchacho polaco tenía derecho a vivir en el odio: aplicado en el estudio, sin duda conocía la vieja máxima escrita en sangre:
 
Ojo por ojo, diente por diente.
 
¿Por qué no matar alemanes, envenenar sus depósitos de agua, incendiar sus hospitales? La respuesta es tan sencilla como complicada:
 
En el enorme corazón de Moisés Kaiman cabían todas las emociones humanas –amor, perdón, compasión– pero no hubo espacio para el encono:
 
Jesús nos pertenece a todos, pero nació y murió judío.
 
Quiero creer que el sobreviviente de la ciudadela de la muerte y la humillación caminó por el cementerio que era la Europa de entonces con el Talmud en la mano.
 
En su camino se habrá topado con soldados alemanes, sucios colaboracionistas de todas las nacionalidades, verdugos de la SS y la Gestapo. Herida de muerte, la bestia seguía siendo peligrosa. La experiencia humana es un dolor sin tregua: para los judíos es todavía peor.
 
Moisés Kaiman llegó: hizo su vivienda entre nosotros y dio lo mejor de sí no sólo para los hombres, mujeres y niños de su comunidad religiosa: aportó consuelo al hombre perdido en los laberintos de la vida, socorrió al desvalido.
 
Moisés Kaiman educó a los hijos de amigos míos.
 
Que me perdonen, si quieren, pero el rabí me recuerda a tres judíos que quiero mencionar porque han sido familia: Luis Kirsch y los hermanos Nola y Benjamín Winterman.
 
Moisés Kaiman es un sacerdote con vocación de salvar almas, de confortar a los cuerpos y de enseñar a niños y adultos a vivir la vida.
 
Es un hombre sabio: el amor endulzó el sufrimiento y la inteligencia se maridó con el estudio. Sir Winston Churchill, claro está, no lo conoció. Pero es como si hubiera escrito estas palabras para él:
 
“Parte del secreto de este poderoso ascendiente radica en su desdén por la mayor parte de los premios, placeres y halagos de la vida… Alguien extrañamente manumitido, indomado, desligado por convicción, moviéndose independientemente de las corrientes ordinarias de las acciones humanas”.
 
Su Dios, maestro rabino, es mi Dios y allá nos espera. Usted no tiene tacha: yo sí, y muchas, pero como decimos los cínicos: Dios me perdonará, es su oficio. Shalom, Rabí.


Vivir en el amor
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