El obispo, a prisión; el pueblo aplaude

El Estado mexicano es laico. La separación entre el Estado y la Iglesia se hizo a cañonazo limpio: primero, guerra civil y luego la Intervención francesa.
 
De 1857 a la fecha, los mexicanos vivimos en un régimen de libertad religiosa.
 
A veces es difícil entender cómo un pueblo de mayoría católica –catolicismo de intolerancia, calcado de la España de la Inquisición y los autos de fe–  acepta un ordenamiento constitucional que, en última instancia, se apoya en la famosa frase de Jesús:
 
"Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César".
 
Si me permiten, tomo del Libro V de México a través de los siglos la crónica de la experiencia que vivió Monterrey cuando la flamante Carta Magna provocó el primer encontronazo entre el gobierno y la jerarquía eclesiástica.
 
Describe el señor José María Vigil un desacuerdo a partir de la negativa del obispo, monseñor Francisco de Paula Verea a cumplir con la ley.
 
Ahora sí me fusilo sin piedad al maestro Vigil:
 
”El alcalde primero se dirigió a la sala capitular (de la catedral de Monterrey) e intimó a los canónigos que pasaran con él al palacio municipal en clase de arrestados. Sin resistir tal orden, los capitulares salieron de la sacristía y atravesaron la plaza principal en medio de un inmenso gentío que guardaba profundo silencio; mas luego que entraron en el palacio prorrumpió el pueblo en vivas al presidente de la República, al gobernador del Estado y a la soberanía nacional, pidiendo que se llevara también al obispo.
 
"Así se hizo en efecto. El alcalde primero, acompañado de dos regidores, pasó a la casa del diocesano y le entregó un oficio en el que se le prevenía su arresto; el pueblo esperaba tranquilo, y al atravesar poco después el prelado en medio de la multitud, todos se descubrieron en señal de respeto, se arrodillaron á (sic) la bendición episcopal, y al ver entrar al obispo en el lugar que se le tenía destinado, nuevos vivas se hicieron oír al presidente, al gobernador y al ayuntamiento que hacía de esta manera respetar la ley. El señor Verea salió después de Nuevo León para Zacatecas…”
 
Más claro, ni el cristal de Bohemia. La sociedad es católica, pero entiende y acepta que el clero debe sujetarse a la legislación. Se rinde homenaje al obispo porque está en su papel al negarse a acatar el Texto Legal Supremo: se porta como hombre.
 
Pero el aplauso que abre y cierra el episodio es para la autoridad civil, por el rigor que manifiesta al cumplir y hacer cumplir el Código que norma el respeto que debe existir entre gobierno, ciudadanos e instituciones.
 
Ergo: el laicismo es, sobre todo, una de las más importantes garantías de la paz social entre los mexicanos. Para qué deshacer lo que está bien hecho.
 
 
 
 
PIE DE PÁGINA: Un abrazo para mi viejo amigo Pepe Fernández Quiroga, quien está sufriendo el momento más doloroso de su vida. Sé muy bien que las palabras, mis pobres palabras, valen poco cuando la tragedia golpea. Pero es lo único que puedo darte, querido Pepe.


Garantía de paz social
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