Nuevo León, en un pozo de sangre y mierda

Balazos, pedradas, angustia, bloqueos, incendios. La violencia sigue amurallada en el penal de Apodaca. Todo por la increíble insensibilidad, la condenable arrogancia, la glacial indiferencia del gobierno de Nuevo León.
 
Al domingo negro le sigue el baño de sangre de lunes a martes y la intranquilidad de cientos de personas: ignoran si sus familiares internados en el reclusorio serán trasladados a otras prisiones.
 
El vocero de Seguridad del estado, Jorge Domene, aseguró en la mañana que no habría tales mudanzas. En el defe, el subsecretario del Sistema Penitenciario Federal, Patricio Patiño, concurrió con Domene e incluso subrayó que “hay procesos que nos impiden mover a un interno”.
 
Pero hacemos bien en no creerle a la burocracia política. Domene se desdijo y habló en la noche de “un chequeo de la gente que se va a trasladar”.
 
¿Qué le cuesta al gobierno anunciar los nombres de quienes van a ser transferidos? No le cuesta nada. Si no lo hace es porque no le importa el dolor y la intranquilidad de cientos y cientos de hombres y mujeres. Casi todos son prole, así que no hay tos.
 
Supongo que tanto RM como el presidente Felipe Calderón pondrán en juego el mismo valemadrismo ante la descobijada que les acaba de dar la Alta Comisionada de la ONU para Derechos Humanos, Navi Pillay, quien “exige” una investigación a fondo sobre la tragedia y demanda que sean castigados los culpables, sean quienes fueren.
 
Pillay también le da un coscorrón a la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Y qué esperamos de esa vaina si el Estado les paga –y muy bien– sueldos, prestaciones y banquetazos.
 
Por cierto, existe aquí una comisión local, ¿o no?
 
La señora Pillay no es la única que alza la voz para condenar la criminal corrupción que priva en Nuevo León en particular y en todo México en general.
 
Aquí en Monterrey, invitado por Vertebra, el presidente del Consejo para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, José Antonio Ortega Sánchez, dijo ayer que en NL cualquiera asesina y no pasa nada.
 
La ley es motivo de risa y la entidad corre el riesgo de caer en la anarquía. Nuestra tierra es comarca de impunidad donde el cinismo alcanza niveles increíbles.
 
Fue hasta las cuatro de la tarde del domingo cuando papá gobierno supo que treinta zetas se fueron del impúdicamente llamado centro de readaptación social (en minúsculas, por favor; no se merecen la dignidad de las mayúsculas). Ayudados por las autoridades carcelarias, los hampones salieron con toda tranquilidad del reclusorio a la una de la madrugada.
 
En El País de Madrid, Salvador Camarena recuerda que frases triunfalistas van y vienen pero nadie dice nada “sobre las cloacas que son las cárceles”, ni se hace el mínimo esfuerzo por limpiar y enderezar “el maltrecho sistema de procuración de justicia en México”, que adolece de “descomunales fallos”.
 
Es demasiada depravación. El gobierno no sólo se niega a protegernos: está empeñado en jodernos.
 
Miles de muertos, bicentenario de la injusticia, miseria, ignorancia.
 
Y nosotros, pueblo de cobardes, lacayunos y serviles, regodeándonos en la autocomplacencia. Nos arrojaron a un pozo de mierda y ahí estamos, felices. Nuestra única demanda: No nos quiten el futbol.


Valemadrismo oficial
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