México, indefenso ante el Cártel de la Globalización

México es una pieza en el juego de la globalización. Una pieza no de primer orden, pero sí efectiva.
 
Desde hace muchos años se habla de una división del trabajo en América del Norte: si se me permite un esbozo muy rudimentario, diría que México suministrará primordialmente mano de obra y Canadá, materias primas.
 
Tenemos petróleo y gas, pero nuestras reservas son de poca importancia comparadas con las de otros países. Cierto, la geografía favorece a la República imperial, pero en el mejor de los casos somos una potencia petrolera de tercer o cuarto orden.
 
Al Cártel Global tal vez le interesan más nuestros recursos acuíferos y hacer realidad el viejo sueño de construir el canal interoceánico a partir de la ventaja que ofrece la conformación del Istmo.
 
Es difícil creer que la corrupción y la violencia, la degradación del sistema educativo, los abusos del capitalismo salvaje, la mala caricatura de gobierno que tenemos en los tres escalones y tantas otras plagas bíblicas que nos agobian sean producto de la casualidad.
 
Tenemos una sociedad dividida en compartimientos estancos, sin comunicación ni metas comunes entre ricos, pobres y clasemedieros; y, por si fuera poco, hundidos en la confusión.
 
Nuestros vecinos también están frustrados y desorientados.
 
La anemia política de los precandidatos republicanos los lleva a usar el lenguaje de la intolerancia, la violencia, el chovinismo: dulce música para los oídos de un segmento importante de aquel pueblo.
 
Un tejano recién me envió un mensaje en el que expresa su convicción de que EU necesita un líder como el general Patton: un hombre a caballo, como dijo en memorable ocasión el editor del Dallas Morning News.
 
Tienen la fuerza para matar a todos los musulmanes del mundo (así lo pide mi corresponsal): ergo, hay que usarla. ¿Quiénes seguirán: los asiáticos, los indoamericanos, los africanos?
 
Millones de norteamericanos están hartos de años y años de guerras que terminaron en derrota y retirada. Pero otros quieren que la Unión Americana acepte su responsabilidad de gobernar al mundo, en tanto pueblo elegido por Dios.
 
Lo peor: a estas alturas los jefes de Estado y de gobierno tienen que compartir el poder con la élite planetaria. No con los magnates ni los líderes sociales de su propio país, sino con una digamos fraternidad de los hombres y mujeres que deciden el destino de las naciones.
 
Quizás el presidente Barack no sea un estadista, pero es un político efectivo, muy por encima de la mediocridad que aquí padecemos.
 
México necesita un hombre de Estado, ya no para resolver los problemas: simplemente para pelear por la supervivencia de la nación.
 
Pero no tenemos a ningún personaje dueño de una visión que abarque a generaciones.
 
Esto es lo que hay.
 
Al borde del abismo, creamos dos escuelas de pensamiento: la científica y la subjetiva. Los científicos son quienes piensan que México solo se salvará si le rezamos con mucho fervor a la Virgen de Guadalupe.


Tanto mal no es casualidad
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