El PAN: atrapado entre la dignidad y los quesos

Tiene razón Fernando Larrazabal: nadie es indispensable, ni en el PAN ni en el Cuerpo de Bomberos de Macondo.
 
Pero, caramba, Rogelio Sada Zambrano es una figura histórica del panismo nuevoleonés. Militó en el partido más de medio siglo, ocupó puestos públicos y salió como había entrado: manos limpias, convicciones firmes.

No, RSZ no vende quesos.
 
Dejar que se vaya Sada Zambrano y se lleve ese bregar eternidades que fue el orgullo del panismo local; intercambiarlo por el hermano de Jonás, como que no es una decisión muy acertada.
 
Nunca he sido ni seré panista. En mi adolescencia nos enseñaron que el PAN es el heredero del Partido Conservador del siglo XIX. Tal vez. Pero eso qué. La geometría ideológica es una tontería. Uno debe votar por personas honradas, inteligentes, con espíritu de servicio. Que de izquierda, que de derecha: bah.
 
Como dicen los gringos: bullshit.
 
Nunca fue cierto aquello de que el fin justifica los medios y tampoco lo escribió Maquiavelo. A corto o largo plazo, todos pagaremos los platos que se están rompiendo en la escisión que agobia o por lo menos debería agobiar al PAN.
 
Lo que vemos no es una  traición a los principios que hombres como don Manuel Gómez Morín insuflaron al partido: lo que vemos es el naufragio universal.
 
El panismo nuevoleonés no es el único dañado por este desmadre. Como dijo el gran Gabo cuando recibió el Nobel: todo este desorden, todo este universo de injusticias y rezago forma “el tamaño de nuestra soledad”.
 
 
 
 
PIE DE PÁGINA: Andaban de oficina en oficina de Comunicación Social del gobierno de Nuevo León. Creo que trabaja, o por lo menos cobra, más gente en esa dependencia que en el palacio de vidrio de la ONU en Nueva York.
 
¿Y qué andaban haciendo, de despacho en despacho? Pedían dinero: una módica cuota de diez pesos para comprar botellones de agua.
 
En el recorrido por la Vía Apia de la austeridad, comentaban que en sus sanitarios no tienen papel higiénico ni jabón ni nada de nada.
 
La percepción –les rezan a las once mil vírgenes aunque, claro, ya no son tantas– es que el flamante secretario general de la administración estatal, Álvaro Ibarra, está dando a entender que La Marcha de Zacatecas ahora cambiará de nombre: será La Marcha a Zacatecas.
 
El titular de lo que debería ser el canal que enlaza a los servidores públicos con la sociedad, esto es, Enrique Laviada, como que se resistió a obedecer las órdenes de Ibarra. Que el organigrama, que esto, que lo otro.
 
Claro: el tío en su vida había oído hablar del segundo de a bordo y nadie le informó que Álvaro Ibarra no sólo existe, sino que es de mecha muy corta.
 
Y como decía mi maestro, el inolvidable doctor Mateo A. Sáenz, la parte más dolorosa del cuerpo humano es la cartera.
 
Dicen los que dicen que saben que nadie va a correr a Laviada: lo designarán para un puesto importante, a la altura de su capacidad: algo así como representante del medinismo en no sé qué ejido de Mier y Noriega.


Ya pagaremos los platos rotos
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