Para hacer respetar la ley, hay que violarla

Para los mexicanos, la democracia es un territorio no explorado. Y que así se quede la cosa, piensan y dicen muchos.
 
El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo fue una meta que se propuso, hace algunos años, el sector más inteligente de la clase media.
 
Se agotaron todos los esfuerzos y la demanda, elemental, fue sustituida por el conformismo. Al fin y al cabo, tenemos el poder del voto.
 
Las capas populares de la sociedad tienen hambre: no están de humor para construir castillos de arena. Y a los acaudalados les conviene conservar el statu quo.
 
La violencia nos desnuda del ropaje democrático: aflora el ente primitivo que vive en el interior de cada ser humano.
 
La democracia se construye sobre cimientos de tolerancia, apertura al diálogo, vocación de convivencia, respeto a las garantías individuales y de la comunidad.
 
Con qué se come eso, gritan no pocos mexicanos. A los malos hay que matarlos, negarles los derechos más elementales, destruirlos físicamente.
 
Los Ejércitos de Aire, Mar y Tierra “no están tratando con princesitas, monjitas ni hermanas de la caridad”, escribió ayer en Monitor Político don Francisco A. Treviño C.
 
Exigir a la tropa consideración hacia civiles ajenos al narco es un acto de alta traición.
 
El señor Treviño C. parece tener muy arraigado el dogma: los militares nunca se equivocan. Si abaten a un hombre, sin duda era un sicario.
 
¿Secuestros de gente pacífica, torturas, inhumaciones clandestinas, reclusión de hombres y mujeres ajenos por completo al crimen organizado?
 
Parece que esos fenómenos no ocurren.
 
Es peligrosa esta proclividad a dar la espalda a la realidad. ¿Quién mató y les sembró armas a los muchachos del Tecnológico, al joven matrimonio de Ciudad Anáhuac, al hijo del doctor Ovidio y a muchos otros?
 
Don Francisco no está solo. Como todos los países donde la maquinaria legal y jurídica se asienta sobre cordilleras de leyes y códigos que nadie respeta, aquí justificamos las agresiones más crueles y absurdas de la “autoridá” sobre la base de que si queremos vivir en un Estado de Derecho, lo primero que se debe hacer es vulnerar los ordenamientos legales.
 
Para imponer la ley hay que desacatarla.
 
Las Comisiones de Derechos Humanos, de por sí tan patéticas, tan timoratas, tan buenas para nada, protegen al sayón, obstaculizan la tarea de la tropa y agreden a la gente de paz, nos dice nuestro personaje.
 
Por ello, el opinante mencionado plantea una ingeniosa y justa solución: “…Que se los lleven (a los matones) a su casa los de derechos humanos”.
 
Tan sencillo como eso: metralla, metralla y más metralla. Fuero para el estamento castrense y a callar, que no está el gallinero para alborotos.
 
La neta: el pueblo mexicano está para llorar. Los gringos nos conocen mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos.


Fuero militar y a callar
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