El regio: noble energúmeno

El mejor alcalde del mundo fracasará en Monterrey. La verdad sea dicha: somos los más encarnizados enemigos de la ciudad, por ello tenemos los gobiernos que nos merecemos.
 
Monterrey fue construida para ser vivienda del hombre. La intención original se perdió: nuestra metrópoli se degradó en una urbe hecha a la medida del automóvil.
 
Los pasos a desnivel, los puentes, las vías rápidas son obras para que el regiomontano maneje a más de cien por hora.
 
El peatón no existe, como tampoco existe el automovilista: la otrora orgullosa capital de Nuevo León se pone de rodillas ante Su Majestad, el vehículo automotor. El auriga es lo de menos.
 
Los parques y plazas que tenemos los puedo contar con los dedos de las manos y me van a sobrar piezas. Además, no hay árboles ni sanitarios.
 
Todo el espacio urbano y suburbano es para el auto. Esta proclividad ha creado graves deformaciones en la cultura del regiomontano.
 
El hombre de esta latitud es el más generoso del mundo. Se quita la camisa y se queda sin comer para satisfacer el hambre y la desnudez de un desconocido.
 
Ah, pero en cuanto toma el volante en la mano se transforma: deja de ser el doctor Jekyll para convertirse en Mister Hyde. Le niega el derecho de paso a una anciana ciega y todavía la insulta.
 
Se arroga la propiedad de la calle donde vive y para marcar su territorio coloca, a guisa de aduana infranqueable, muebles viejos, tambores vacíos, bloques se concreto o lo que sea.
 
Y si alguien manifiesta su desacuerdo tenemos encuentro a golpes y patadas, sin olvidar, desde luego, las sacudidas al árbol genealógico.
 
Eso hizo hace poco un dizque abogado: golpeó hasta el cansancio a una joven dama quien se atrevió a estacionar su vehículo frente a la cueva del troglodita.
 
La vida se organiza alrededor de lo que debiera ser simplemente un medio de transporte.
 
Pero aquí es símbolo de estatus, caballo de acero que infla el ego y prolongación de la vivienda.
 
El automovilista no camina: se sentiría degradado. Va en el carro al minisúper de la esquina a comprar una bosla de sabritas.
 
Y no digamos las luces intermitentes y, sobre todo, las direccionales. Pienso que el señor Ervey Cuéllar no nos conoce. Si quiere que se usen las direccionales —con lo cual nos ahorraría pavor a los caminantes— prohíbalas y verá como todo el mundo las enciende.
 
Y esa maldita costumbre de subir el faetón mecánico a la banqueta o estacionarlo en lugar prohibido.
 
En muchas ciudades del primer mundo la autoridad municipal construyó ciclopistas o avenidas especiales para ciclistas. Por nuestro clima, quizá sería más adecuado el uso de trimotos con protección de plástico.
 
Nos ahorraríamos millonadas en dinero y tiempo, pero cómo vamos a pedir respeto para ciclistas o motociclistas en una ciudad donde la gente, estando a dos pasos del recipiente de basura, prefiere tirar los desechos al piso.
 
Todos exigimos un buen gobierno, pero debemos empezar por ser buenos ciudadanos.
 
Y esto de que "el mejor alcalde del mundo..." es una manifestación de humor negro, desde luego. A como van las cosas no me sorprendería que Larrazabal se reeligiera. Bien merecido lo tenemos.
 
 
 
 
PIE DE PÁGINA: Un abrazo solidario para mi amigo Carlos Ruiz Cabrera, ex secretario general del Sindicato de la UANL.
 
En días pasados sufrió la pérdida de su esposa. Es una mutilación espiritual: la bárbara herida sólo cicatrizará con el tiempo y la resignación.


La Ciudad de los Automóviles
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