Homenaje a la República Española

En abril de 1939, hace 73 años, se colapsó la República Española.
 
Los ejércitos de Franco, apoyados con tropas, material y dinero de la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini y la dictadura del portugués Salazar, eran más fuertes que las legiones de una República abandonada a su destino por todo el mundo, excepto México y la URSS.
 
Pero hubo muchos otros factores que explican el derrumbamiento republicano: la toma de posición de la Iglesia católica española y el Vaticano a favor de los fascistas; la división entre anarquistas y trotskistas, por una parte, y los comunistas, por la otra; las contradicciones de Cataluña, siempre en pie de lucha por su autonomía, y las del pueblo vasco, católico antifascista.
 
¿Seguimos? Liberales contra socialistas; los que impulsaban la Reforma Agraria como inicio de una Revolución al tiempo que se libraba la guerra, y quienes votaban a favor de ganar primero la confrontación armada para después hacer la Revolución.
 
España se dividió radicalmente: toreros, futbolistas y gente del espectáculo tomaron partido, lo mismo que los intelectuales y artistas.
 
La Fuerza Aérea y la Armada se pasaron en bloque a la República, no así el Ejército y la Guardia Civil, que se desgajaron entre republicanos y franquistas.
 
Las familias se escindieron y hubo condes, marqueses y otros títulos de nobleza que usaron la gorra cuartelera con la estrella roja.
 
El comandante de la aviación militar republicana, conde Hidalgo de Cisneros y su esposa, fueron prominentes miembros del Partido Comunista Español.
 
Esto, al tiempo que campesinos descalzos, muertos de hambre, pedían armas para matar a los agrónomos de la República que estaban fragmentando los latifundios para repartir la tierra entre la peonada.
 
Nadie fue neutral: ni en España ni en ningún país del mundo.
 
Son conmovedoras las cartas que le escribe a su hijo el novelista norteamericano Alvah Bessie, explicando las razones por las que se enlista en las Brigadas Internacionales.
 
Treinta, cuarenta mil hombres y mujeres de más de cincuenta países combatieron en España contra el fascismo. Allá estaban Siqueiros, Malraux, Ilhya Ehrenburg, Hemingway, Willy Brandt, Robert Capa, John Dos Passos: lo mejor de aquella generación.
 
México —qué orgullo— se puso de inmediato al lado del gobierno constitucional de España y facilitó el transporte de voluntarios.
 
Un amigo mío, a la sazón oficial subalterno en la guarnición del puerto de Veracruz, inició el 19 de julio de 1936 su carrera periodística con un violento artículo denunciando a los militares golpistas.
 
Otro compañero, Andrés Salgado, fue comisario político en las Brigadas Internacionales. Los padres de Jorge Leipen Garay, mi ex jefe, estuvieron en el frente: él, de fusilero; ella, conductora de una ambulancia.
 
De hecho, Jorge nació en Valencia.
 
México entregó a la República veinte mil fusiles, un millón de cartuchos y cantidades no conocidas de alimentos, ropa, medicinas, etc.
 
Veinticinco mil españoles se establecieron en México antes que terminara la guerra y quinientos niños encontraron hogar en Morelia.
 
Más, muchos más llegaron después e hicieron a su nueva patria importantes aportaciones en la academia, las artes y las ciencias.
 
Todavía me emociono cuando recuerdo en el documental francés “Morir en Madrid” la despedida de las Brigadas Internacionales y como si fuera ayer, veo al gallardo brigadista mexicano con nuestra bandera desplegada a los vientos de la guerra.
 
El último Presidente, el doctor Juan Negrín insistía en la resistencia: sabía que pronto iba a estallar la Guerra Mundial y el nuevo panorama político estaría a favor de la República.
 
Y así fue: cinco meses después Alemania invadió Polonia y empezó la gran matanza.
 
México era entonces una nación altiva, consciente de que en marzo del 38 cambió la historia del mundo. Pero, claro, nada tienen en común don Lázaro Cárdenas del Río y Felipe Calderón Hinojosa.
 
Quizás este último hubiera apoyado al motín militar de Franco.
 
España salió de la más negra de las noches y al reencontrar su rumbo probó su temple: no es el paraíso (el paraíso no existe); pero está a años luz de ser el infierno.
 
Nosotros, mestizos, hijos de indio y español, también, algún día, volveremos a caminar por senderos de paz y justicia. El coraje de aztecas y extremeños es nuestro coraje.
 
 
 
 
PIE DE PÁGINA: Don Eligio Ibarra Amador, empresario de Ciudad Juárez, Chihuahua, acusó en septiembre último a diez agentes de la Policía Federal de pretender extorsionarlo.
 
El lunes don Eligio amaneció acuchillado y calcinado. ¿Y así quieren que les tengamos confianza?


El crisol de la Guerra Civil
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