Militarizar a la Policía Regia es una mala idea

Felipe Enríquez comete un grave error cuando habla de militarizar a la policía de Nuevo León. El soldado está adiestrado para destruir y matar. El respeto a los derechos humanos no es lo suyo.
 
Es deseable contar con una fuerza pública civil paramilitar —como los carabineros de Italia y Chile, la Guardia Civil de España, la Gendarmería y la Guardia Móvil de Francia, etc.— pero una cosa es una corporación paramilitar de seguridad pública y otra, muy diferente, una policía militar o militarizada.
 
Pienso que, luego de revisar cuidadosamente las hojas de servicio, sería conveniente contratar a ex soldados, marinos y, sobre todo, policías militares. Ya tienen varias ventajas: disciplina, conocimiento de armas y tolerancia a la fatiga y las inclemencias del tiempo.
 
Pero una vez en la nómina, habría que someterlos a un curso de varios meses para que aprendan lo elemental de las leyes penales, asimilen la necesidad de respetar al ciudadano, entender y aceptar que el acusado es inocente mientras no se pruebe su culpabilidad, tener siempre presente el principio del Derecho Romano según el cual la duda favorece al reo e, incluso, conocer bien la ciudad.
 
No sé por qué los mexicanos atribuimos a los militares cualidades de semidioses.
 
El castrense no tiene nada de especial: tan patriota, valiente y tenaz es el civil como el hombre bajo banderas. De hecho, las guerras las ganan o las pierden los civiles llamados al servicio activo.
 
En diciembre de 1941 el ejército de Portugal tenía más soldados y más capacidad de fuego que la institución homóloga de Estados Unidos. En 1944, la Unión Americana había movilizado a veinte millones de hombres y mujeres. ¿De dónde salieron? De la sociedad civil, naturalmente.
 
El militar no es un superhombre ni es inmune a la corrupción. El caso del brigadier Mario Arturo Acosta Chaparro confirma lo que decimos.
 
Lo grave es el trato preferencial que le dio el secretario de la Defensa, Guillermo Galván Galván: le dio un ascenso, lo cubrió de medallas, lo usó como intermediario y/o negociador con el narco.
 
Acosta Chaparro fue uno de esos hombres que ensucian el uniforme y envilecen al Ejército. No era soldado: fue un policía asesino y torturador, entrenado, naturalmente, por el Pentágono y los servicios secretos norteamericanos.
 
El Ejército —la FAM no es tal: carece de autonomía, en realidad es el Cuerpo Aéreo del Ejército— y la Armada no fueron creados para ejercer funciones de seguridad pública y, si lo que estamos sufriendo es una guerra, como me dijo un general, habrá que concluir que la están manejando mal.
 
Nuevo Laredo es la frontera más cercana a la Ciudad de México: su importancia es vital en todo lo vinculado con el comercio exterior.
 
Pese a ello, el Estado mexicano perdió el control de ese puerto fronterizo. ¿Qué sigue?
 
Ante la crisis, viene a la memoria la frase de Clemenceau: “La guerra es algo demasiado serio para dejarla en manos de los generales".


La seguridad pública es algo demasiado serio
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