Primero de Mayo: el mundo arde, Monterrey bosteza

El albañil está crudo. Sabe que es el Día Internacional del Trabajo, y quizás intuye que sus hermanos de clase protestan en todo el mundo contra gobiernos dominados por el cártel de la globalización.
 
Pero eso qué, me dice.
 
No le dan calzado, ropa ni casco para su ruda faena: echa a perder la poca vestimenta que tiene. ¿Los hijos, la esposa?
 
Se encoge de hombros. La relación familiar es tensa. Siempre sucede así cuando la alacena está vacía. No sabe cómo se llaman sus líderes sindicales ni le interesa; raramente los ve, nunca ha hablado con ellos: todo el gremio conoce de su riqueza.
 
El hombre se emborracha porque le gusta beber. Además, la caguama es su ruta de evasión.
 
A dos cosas les tiene miedo: perder la chamba, no importa cuán miserable es el salario, y sufrir un accidente.
 
Monterrey, durante décadas capital industrial de México, es una tumba este Primero de Mayo. Una carrera, un acuerdo entre CROC y CTM y fue todo. Quizás fue una orden de los narcos a los sindicatos corporativos.
 
Qué nos pasa: los chilangos salieron a la calle, en Nueva York, San Francisco y Washington se manifestaron los irritados y cerca de Cleveland, Ohio, la policía arrestó a cinco anarquistas quienes se preparaban para volar un puente.
 
Una okupa londinense puso una flor en la chaqueta de un “Bobby” y en la capital de Sri Lanka los descontentos ondearon la efigie del Ché. En Beirut un niño tocado con boina roja encabezó la marcha, con la bandera libanesa en las dos manos y las turcas aprovecharon la efemérides para exigir igualdad de derechos.
 
España ardió: fue un día de ira, como el título de una novela de Pérez Reverte; de cada cuatro españoles, uno está desempleado y todo indica que la crisis se agravará.
 
El Primero de Mayo es el Día del Trabajador en homenaje a los cuatro sindicalistas ejecutados en Chicago, pero los gringos celebran su “Labor Day” tipo Desfile de Pascua en otra fecha.
 
Los furiosos se les salieron del huacal.
 
El maestro José Martí escribió en mayo de 1886 que “ni la policía, ni los jueces, ni el gran jurado, que es la opinión general, perdona a los que han ensangrentado a Chicago”.
 
El Gran Libertador condenó en principio a los trabajadores que murieron en demanda de la jornada de ocho horas. Se dio cuenta que había errado y rectificó, algo que sólo hacen los hombres de gran estatura moral y poderosa inteligencia. En noviembre de 1887 publicó:
 
“Cree el obrero tener derecho a cierta seguridad… a alimentar sin ansiedad los hijos que engendra. Y cada vez que en alguna forma esto pedían en Chicago los obreros, combinábanse los capitalistas, castigábanlos negándoles el trabajo …echábanles encima la policía, ganosa siempre de cebar sus porras en cabezas de gente mal vestida”.
 
Poco han cambiado las cosas. Tal vez por ello mi desclasado albañil busca en el trago consuelo a su derrota.


Inconsciencia de clase
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