49 muertos: ¿qué sigue?

Ahora qué sigue. El horror es rutina: la narcoviolencia registra una escalada de pesadilla.
 
Nuevo León es, tal vez, el estado más violento de México, aunque las quejas y denuncias sobre la “famosa” seguridad molesten a Rodrigo Medina. El dato duro es irrefutable.
 
Los asesinatos, levantones, secuestros, desapariciones, extorsiones y otros actos ilícitos amenazan a los nuevoleoneses —y claro, a todos los mexicanos— al tiempo que las autoridades, sean estatales o de la Federación, porque hasta eso, ya no se sabe quién manda, se limitan a repetir que están indignadas y se movilizan para investigar los delitos.
 
Nos dicen que la Procuraduría General de la República intervendrá en la matanza de Cadereyta. ¿Para qué? Tan inútil es Marisela como Adrián; tan febles las tropas federales como los destacamentos azules de nuestra entidad.
 
Me pregunto que harán los gringos de las agencias de espionaje y policía destacamentados aquí.
 
Doris Gómora, de El Universal, entrevistó a un agente de la DEA quien, lógicamente, pidió el anonimato. El detective nos dice que Cadereyta es una plaza altamente rentable: el petróleo y el gas, los centroamericanos sin documentos que viajan a Estados Unidos y la ruta de la droga. Los zetas, los golfos y los de Sinaloa se pelean la plaza.
 
Los tres cárteles “han descubierto la manera de no ser descubiertos (sic) por las autoridades y buscan seguir escalando la situación”.
 
Cadereyta ha sido escenario de incontables hechos de sangre: han sido abatidos lo mismo extranjeros que mexicanos. Y los que no son sacrificados “están siendo secuestrados o están siendo traficados (sic)”, comenta el informante. Su conclusión espeluzna:
 
”Ahora tenemos el punto de no retorno: sólo un grupo quedará vivo”.
 
Nosotros parece que estamos pintados en la pared. Es obvio que los espías gringos no están haciendo nada: quizás esas son sus instrucciones.
 
La solución, pienso, sería pedir a gobiernos amigos que nos envíen contingentes de detectives especializados en la represión al narcotráfico y legiones de contadores que sepan y quieran combatir el lavado de dinero.
 
Fuerza armada no nos falta y en el peor de los casos nos asiste el derecho de solicitar la presencia de cascos azules.
 
Pero no estamos perdiendo la guerra por falta de capacidad de fuego, sino por defectuosos servicios de Inteligencia y una sospechosa inactividad en el frente del blanqueo de narcodólares.
 
Sé que Calderón no hará nada: se siente infalible, como el Papa.
 
El problema es si el próximo presidente será hombre que sepa dar respuesta a las crisis. O, mejor dicho, la cuestión es si los mexicanos despertaremos del letargo y con la pasión que ponemos en juego en el fut le sabremos exigir resultados al Estado.
 
Pronto se verá si hemos madurado o seguimos siendo un pueblo de niños tontos, débiles y autocomplacientes.


Tags: violencia  inseguridad  Cadereyta  DEA  
Punto sin retorno
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