Modesto homenaje a Carlos Fuentes

Días de luto. Todos tenemos que morir pero, carajo.
 
Año del 75. El de la tecla, en París, hundido en problemas, para variar, hasta las narices. Fui a la embajada para hablar con el maestro Carlos Fuentes. Sonriente, amable, me sacó de cien apuros.
 
“Yo a usted lo conozco desde 1958”, le dije. “¿Cómo, si recién se ha presentado conmigo?”, preguntó. “No”, insistí, "lo conocí como Ixca Cienfuegos, quien abre La región más transparente con esta frase que me sigue alterando el pulso: 'En México no hay tragedia, todo se vuelve afrenta'”.
 
Compré el libro en la librería “El Bachiller”, propiedad del abogado Alfonso Cavazos, quien era mi maestro de Lógica. Lo devoré y me seguí de frente con la obra de este gigante que al caer conmocionó al mundo.
 
La región... es, en principio, la novela de una ciudad, pero a media lectura se da uno cuenta que es la radiografía despiadada de un país que no logra madurar como nación.
 
La primera Revolución del siglo XX traicionada, primero, y luego degradada al nivel de prostituta barata: para que nada cambie las cosas tienen que cambiar, escribió Lampedusa, otro gran señor.
 
“El mundo es ciego y es bruto”, sentencia Fuentes-Cienfuegos; “dejado a sus fuerzas se arrugaría como una manzana arrancada al tronco, penetrada de gusanos. El tronco le dio su savia y su vida, sí. Pero la mano que arrancó la manzana debe conservarla, o morir con ella”.
 
Y apenas una página después nos damos cuenta de que nadie nos va a quitar la corona de espinas:
 
“…Dios es el bien infinito, Rodrigo, pero es también el mal infinito…, en el bien y en el mal somos sus criaturas”.
 
México: los peones casi desnudos destruyeron a los ejércitos profesionales de Díaz y Huerta pero no pudieron derrocar a los nuevos déspotas, surgidos de las mismas filas revolucionarias: los heroicos capitanes de legiones de miserables cambiaron de piel y vendieron el alma a los demonios del poder y la riqueza.
 
Obregón cobró caro su brazo: El único error de Porfirio Díaz fue envejecer, dijo; y cambió la Constitución para eternizarse en Palacio.
 
La aristocracia del Jockey Club fue sustituida por los generales y licenciados del “Sonora-Sinaloa” y el “Prendes”.
 
Al maestro Fuentes la derecha no le perdonó la escritura de una ficción nutrida en la verdad, y la izquierda lo excomulgó por negarse a aceptar el dogma inspirado en Stalin. Es un homenaje casi tan grande como el que le rendimos sus lectores.
 
México sigue siendo la piedra del sacrificio: Manuel Zamacona, otro personaje de La región… (tiene mucho del propio maestro Fuentes) sólo quería ir a un lugar tranquilo junto a la mar para leer a don Alfonso Reyes; no llegó a ninguna parte. En el camino lo asesinó un borracho porque “a mí nadie me mira así”. Este es México.
 
El escritor nos deja su obra, pero el destino nos quita su voz cuando más la necesitamos.
 
Una novela cambia la vida de millones de personas; la visión certera del ausente, sus advertencias envueltas en lenguaje de severidad eran antorchas que ayudaban a encontrar el sendero.
 
Se fue el gran señor. De alguna manera, tendremos que apoyarnos en su palabra para dominar nuestro destino.
 
“Tengo un libro nuevo, el lunes empiezo a escribirlo”, dijo hace pocos días. Él no podrá hacerlo: lo escribiremos nosotros.



Se apagó una antorcha
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