Takifugu a la Ludwig van

Ese día el Buen Dios comió pez globo, entre trago y trago de sake pellizcó a la tierna y dulce geisha y en japonés le dijo a Yutaka Sado:
 
—Vamos, chico, enloquece al mundo.
 
El director, fiero samurái de la música, cumplió el mandato y con el alma y la batuta dirigió a su orquesta de maestros y a diez mil voces en el tramo coral de la Novena sinfonía, quizás más conocida como la Oda a la Alegría.
 
Diez mil hombres y mujeres cantando en la fiesta de la vida.
 
Desde luego Beethoven escuchó sus notas y habrá pensado que de Bonn a Tokio se viaja en alas de una armonía de felicidad: hermosa valkiria desnuda de ojos rasgados.
 
Sado nos contagió a todos con el rapto de su magia: los japoneses saben hacer ramen, películas y autos, y si Sado así lo dispone —lo hizo y lo volverá a hacer—, nos llevan a un Olimpo de nieves eternas perfumado con el aroma de los cerezos en flor.
 
Loto, volcanes, se confunde uno con los hijos del Sol Naciente entonando esta suerte de párodo en lengua nacida a orillas del viejo Rin:
 
—Y ahora, ¿quién soy?
 
Soy Rodrigo, el de Triana, y maldigo a Cristóbal mi capitán por robarme la recompensa que merecí al ver primero la luz en las Indias; me llamo Sancho y sirvo a mi señor don Quijote; le llevo al de Avon la tinta para que escriba:
 
"¡Ved! Todos estos trofeos de cálidas afecciones, gajes de subyugados y mantenidos deseos, la Naturaleza no quiere que los conserve. Sino que los rinda ante la que me ha impuesto su ley, esto es, ante vos, mi origen y mi finalidad. Porque ellos, indudablemente, son oblaciones que se os deben, puesto que soy su altar y vos mi Patrona".
 
Estoy junto al caballero que pone la mano en su pecho, y Rodin inmortaliza en piedra el beso de mi amada; en el Potiomkin me negué a disparar contra mis camaradas; el mundo cambió cuando Sir Lawrence empieza su "To be or not to be …"; vi desfilar por mi calle a los voluntarios de las Brigadas Internacionales y es mi pie el que dejó huella de hombre en la Luna.
 
Soy el universo: Beethoven y Sado pusieron alas en mis pies.
 
El bosón de Higgins no prueba nada: que la energía crea la materia. Bah, y eso qué.
 
La chispa divina que llevamos en el alma la puso el Gran Geómetra; pero a Ludwig van le encendió una enorme hoguera.
 
Cazar el mamut es una cosa que se hace para comer y vestir; escribir sinfonías y sonatas, cuartetos y conciertos es otra.
 
El Sordo escucha la voz de Dios y reposa su demencia de genio en carnes tibias y suaves de bellas que de lo Alto recibieron la encomienda de endulzar los días y las noches de quien ha de dejar este mundo entre el estruendo del trueno y el fucilazo del rayo.
 
¿Quién es tu Amada Inmortal? Quiero pensar que fue Johanna, esposa de tu hermano Kaspar. Karl no era tu sobrino: es tu hijo, y Johanna, quien había trocado su amor en desprecio, volvió a entregarte su corazón cuando escuchó la Oda.
 
Esto es tan cierto como el amor de Lorelei a los navegantes del río verde.
 
En estas cosas a Dios no le da por despojarnos de los sueños: me dice que sí, no lo molestan mis frivolidades. Él perdona. Es su oficio.




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