'La mesa está servida'

Varias docenas de sicarios ametrallaron el Palacio Municipal de Vista Hermosa, Michoacán.
 
Mataron al jefe de la policía municipal y a un trailero que estaba estacionado. Llegó para dar auxilio una patrulla de La Barca, Jalisco —está muy cerca—, pero los tres agentes murieron acribillados en el auto.
 
En la casa comunal, el alcalde Francisco Omar Corza o Corsa (PAN) presidía una sesión del Cabildo. Aunque el edificio fue tiroteado durante largo rato, el edil y los regidores resultaron ilesos.
 
Al retirarse, los sayones dispararon varias ráfagas contra una gasolinera; luego se desplazaron a la vecina localidad de Susupuato donde abatieron a otra persona.
 
El presidente municipal de esta última población, Ignacio Estrada Colín (PRI)  decidió cerrar las puertas del palacio: ni el gobernador Fausto Vallejo ni el presidente Felipe Calderón han atendido sus demandas de auxilio, se quejó.
 
El episodio ocurrió el sábado a las nueve de la noche. Los testigos difieren en cuanto al número de pistoleros: unos hablan de cien, otros de ochenta y algunos de cincuenta.
 
Sean cuantos hayan sido, el evento es muy grave. Aunque nada más hayan sido cincuenta sayones, necesitaron varios vehículos para transportarse y, seguramente, lo habrán hecho en convoy y por carreteras o caminos que se supone deberían estar vigilados.
 
No fue así.
 
Las descargas de acero fueron impresionantes: se dice que entre personal de la Comuna y los vecinos de Vista Hermosa recogieron mil 500 cartuchos percutidos.
 
Vista Hermosa, Susupuato y La Barca no son asentamientos humanos perdidos en el desierto ni se encuentran incomunicados.
 
Sin embargo, los criminales se adueñaron de las dos pequeñas ciudades michoacanas: impusieron su ley, asesinaron a mansalva y sembraron el terror, al grado que en Susupuato la autoridad municipal dejó de funcionar.
 
Una operación como ésta rebasa, con mucho, las limitaciones de una banda del crimen organizado: lo que aquí se nos informa es otra cosa.
 
No es una simple variante de las matanzas que como rutina desangran a México.
 
Tal vez se trate de algo así como una narcoguerrilla. Quizás lo del sábado fue un ensayo o ejercicio.
 
Por qué no: es obvio que los delincuentes de cuello blanco y laptop que son quienes verdaderamente controlan tanto el tráfico de drogas como a las cuadrillas de matones, procuran el dinero sucio sólo como un instrumento para alcanzar objetivos más ambiciosos.
 
La incursión de los verdugos no encontró resistencia: ni soldados ni marinos ni policías federales o gendarmes estatales acudieron a auxiliar a los pueblos.
 
La balacera duró suficiente tiempo para que llegaran refuerzos: militares y guardias disponen de vehículos terrestres y aéreos. Pero no se presentaron.
 
¿Cómo debemos interpretar esta ausencia? Sun Tzu, el Clausewitz chino anterior a Cristo, escribe:
 
"El que ha perdido la iniciativa es derrotado por regla general; el que la conserva, gana habitualmente".
 
¿Los hombres que mandan aquí y en el mundo quieren, necesitan, para alcanzar sus propósitos, que México se convierta en un narcoestado?
 
Por si fuera poco todo esto, a unos meses del cambio de Poder, el Ejército está casi paralizado por las ambiciones y las intrigas de los aspirantes a ocupar el cargo de secretario de la Defensa Nacional: lucha por el poder que nos deja todavía más vulnerables.
 
"La mesa está servida", le telegrafiaron a Mussolini, en vísperas de la marcha sobre Roma, los jerarcas civiles y militares del fascio.

Parálisis o ausencia del Estado
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