Cero tolerancia a las infracciones de tránsito

Monterrey es una ciudad muy peligrosa. Dejemos aparte, por hoy, a los narcos para concentrarnos en los automovilistas y choferes.
 
Ignoro si Margarita Arellanes tendrá los hígados y la voluntad política de imponer una línea dura para que nuestras calles y avenidas sean relativamente seguras.
 
Tampoco sé si Larrazabal se lo permitirá.
 
Como sea, aventuro algunas propuestas y comentarios.

De entrada: el regiomontano es una de las mejores personas del mundo, pero se convierte en hombre lobo en cuanto se sienta al volante, y si a la confusión que sufre al confundir la metrópoli con el rancho y la calzada con la brecha, le agregamos la bebida de moderación, tenemos nota roja segura.
 
Arellanes debe, en primer lugar, nombrar como jefe de Tránsito y Vialidad a una persona que conozca el género.
 
Ya nos costó mucho el amateurismo del señor Ervey Cuéllar. Necesitamos un profesional de primera línea —lo merecemos— que, además, sea honesto y de carácter firme.
 
Los tránsitos funcionaron bien cuando tenían jefes que conocían el oficio y les exigían trabajo bien hecho.
 
En Monterrey se necesita una política de cero tolerancia: no perdonar ni la mínima infracción.
 
La ciudad es hoy un despapaye: autos estacionados sobre las banquetas o en lugares prohibidos, embotellamientos que se evitarían con un adarme de sentido común, semáforos descompuestos en vías de circulación rápida, nomenclatura y avisos viales que no se ven y si acaso alguien los detecta, resultan incomprensibles.
 
Mordidas, mordidas y más mordidas.
 
En algunas ciudades hay escuelas para agentes de Tránsito: ¿por qué no abre una Arellanes?
 
Claro, al personal actualmente en servicio —han sufrido muchas bajas, están muy amenazados, se entiende su nerviosismo, su tensión— hay que pagarles sueldos decorosos y ofrecerles seguros de vida, ayuda para vivienda y los estudios de los hijos, vales de ropa, calzado y despensa.
 
Pero también hay que vigilarlos: crear, digamos, un cuerpo de varios cientos de inspectores ciudadanos honoríficos, equipados con celulares de cámara fotográfica o vídeo y sonido, para grabar y tener pruebas de las sinvergüenzadas de los inspectores viales.
 
Y en estos casos, nada de contemplaciones.
 
Nuestros conductores son nacos y no atienden razones: corren encervezados a 160 por hora.
 
Bien: que haya vigilancia las 24 horas y al manejador ebrio arrojarlo a la ergástula 48 horas, imponerle una multa de 50 mil pesos y quitarle la licencia.
 
Es drástico, pero duele mucho ver tantos accidentes mortales que se pueden evitar.
 
La parte más dolorosa del cuerpo humano es la cartera, y con los regiomontanos esto es doblemente cierto.
 
Multas de diez mil pesos y corralón al que estacione el vehículo sobre la banqueta o en lugar prohibido, y sanciones de 30 mil a quien ocupe espacios para gente con capacidades diferentes.
 
Y poner orden en el transporte público. Los camiones deben ser autobuses y transitar exclusivamente por la derecha.
 
Aquí también entran en juego los inspectores para descobijar a choferes que no recogen el pasaje o se roban la feria o maltratan a los usuarios.
 
Monterrey se parece a un aduar africano, pero eso no es lo que queremos ser. Me pregunto si Arellanes, primera alcaldesa que tendremos, será efectiva o seguirá los pasos de Maderito y Larrazabal.
 
Un ruego: doña Maga, por favor no venda quesos ni pida dulcecitos.

Hombres lobo entre nosotros
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