La diaria nota roja

Rodrigo Medina debería, por lo menos, hacer como que pone a trabajar a sus subalternos del área de (in)seguridad.
 
Ya nada más por guardar las formas.
 
No se trata, como dice el joven abogado que está arruinando a Nuevo León, de especular. De eso, nada. El asesinato de cinco muchachos la madrugada del domingo en Escobedo no es una especulación.
 
Los ejecutaron en la calle: los sicarios dispararon docenas y docenas de balas. Llegaron en convoy, tres vehículos por lo menos, con los fusiles de asalto a la vista, como es su tradición.
 
Tantos militares, tantos agentes de la vaina esa dizque llamada fuerza civil (en minúscula, por favor): los acreditados (séase que al pedir auxilio, como si de algo valiera, tenemos que llamarlos a ellos y no a los otros azules. Un tanto complicado, me parece).
 
Y luego los del estado, los judiciales, los municipales, los tránsitos. Nadie vio a la caravana. Nadie sabe, nadie supo.
 
Todos los días despertamos con la nota roja salpicándonos de sangre, hundiéndonos en el dolor, encerrándonos en el laberinto del miedo.
 
Los sayones matan a personas con capacidades diferentes, a bailarinas de tubo, a parejas, a menores de edad, a lavacoches, a meseros.
 
¿Cuántas personas han sido victimadas dentro o a las puertas de ese antro llamado Bar Internacional, allá por Arista, en pleno centro de Monterrey?
 
Al dueño del local no lo han molestado. Será de los casineros, le comprará queso a Larrazabal y placas al ICV.
 
La Sedena nos quiso presumir en días pasados. Anunció que en lo que va del sexenio ha dado muerte a poco menos de tres mil hampones.
 
Pero en estos años han perecido en la guerra 83 mil 541 mexicanos, según El Diario de Ciudad Juárez.
 
Como que no hay proporción entre los buenos y los malos que han caído en esta comparación de armas.
 
¿Sabe alguien de algún homicidio perpetrado en Nuevo León por los cárteles que haya sido solucionado, cuyo autor o autores esté o estén en prisión?
 
Pero si Rodrigo ni siquiera se molesta en instruir a su gente para que den con los pistoleros que ya de manera rutinaria atacan a El Norte.
 
Nosotros, los regiomontanos de a pie, ¿qué podemos esperar?
 
 
 
 
PIE DE PÁGINA: La muerte es una pérdida: una amputación del alma. Duele.
 
Pero Chavela Vargas no murió: simplemente se fue a cantar y a echar brava allá donde se vive mejor que aquí.
 
Llegó con su poncho rojo, su tabaco fuerte y la matona a la cintura, y con ella beberán tequila y cantarán "La llorona" ángeles y arcángeles, serafines y querubines, tronos y dominaciones para no hablar de tanta gente ilustre que la pasa gigante entre nubes de colores azul y rosa.
 
Y de los santos y altos personajes celestiales, ni hablar: Dios es alegría y en su Reino se canta y se baila.
 
Salud, jefa Chavela.

Monterrey en el laberinto del miedo
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