Nuestros palacios, en reñida competencia

Hambre de ganar: en lo que sea, pero ganar.
 
Y, de paso, justificar con un pretexto más o menos aceptable los gritos, apapachos y demás desfiguros en la vía pública, así como el consumo inmoderado de la bebida de moderación.
 
Monterrey se volvió loco con el triunfo de la oncena en los JO londinenses. En mi restaurante favorito, el respetable pegaba alaridos que se habrán escuchado hasta los Himalayas.
 
Es entendible. El fútbol, más espectáculo que deporte, enajena no sólo a masas poco exigentes, sino también a personas de inteligencia y cultura, quienes de otra forma vivirían en la angustia las 24 horas del día.
 
Y cómo no.
 
Monterrey se sumergió en las aguas de una experiencia inédita: ni siquiera sabemos si hay alcalde. El pobre señor que está de momento en el lugar del quesero predilecto de los malosos, asegura que lo del vacío de poder es un mito genial. El buen hombre se cree en serio que es el edil, aunque a orillas del Bósforo se sabe que ni las afanadoras lo pelan.
 
Arellanes debe tomar nota de que los cielos no se caen ni la tierra se abre ante la ausencia de un jefe de la Comuna. La figura del presidente municipal despierta poco entusiasmo después del cinismo y la pudrición moral de los años de Maderito y Larrazabal.
 
El desempeño de Rodrigo Medina tampoco levanta los ánimos. Los dos palacios compiten para ganar la corona del rey de la corrupción, el cinismo y la ineficacia.
 
Y la violencia, ahora compañera inseparable: el chamaquito de 17 años abatido por los policías a quienes apuntó con una pistola de juguete; cadáveres aquí, cadáveres allá: en narcofosas, despedazados, en tambos, en las brechas, a las puertas de las cantinas, en los centros comerciales, fusilados en la calle. Crímenes que no se castigan.
 
Monterrey degradado a un infierno de asesinatos e impunidad.
 
También perdimos la planta industrial, orgullo incluso de los pocos anarcos que quedamos. Los grandes empresarios eran capitantes de la reacción, pero estaban enamorados de sus industrias, trabajaban como locos y habían puesto el nombre de Monterrey en el mapa de la educación, las finanzas y la producción fabril. Ya ni eso nos queda.
 
Somos nacos: comemos carne asada, bebemos cerveza a pico de botella y llegado el caso nos damos de patadas y puñetazos con la porra de la oncena no contraria, sino enemiga.
 
Bien: hagámoslo. A gritar, a hacer pipí en la calle, a ensordecernos con el claxon.
 
Sólo los futbolistas —esclavos de lujo— nos dan una victoria de vez en cuando. Y hasta tenemos al nazareno de chivo expiatorio.
 
Tal vez, dentro de pocos años habremos perdido la capacidad de hablar y sólo podremos leer los mensajes en Twitter y Facebook. Qué más da. Los mexicanos —hace rato dejaron de leer— ya decidieron desterrar a la razón. Si quieren entender la vida como una serie de patadas, quién soy yo para contradecirlos.

Ganar un partido y perder la razón
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