Los altos funcionarios ni los conocen

Desafío a la abogada María de Jesús Aguirre, flamante titular de la vaina esa mal llamada Agencia Estatal de Transporte, AET, a que un día deje el auto y viaje conmigo en camiones urbanos y suburbanos.
 
Estoy seguro que no aceptará, pero tengo que hacer el intento.
 
Como buen mexicano, alérgico a la realidad que nos enseña la experiencia, quiero creer que usted hará algo a favor de quienes a falta de vehículo propio estamos obligados a vivir el diario infierno de subir y bajar como Dios nos dé a entender a y de los armatostes esos: salas ambulantes de masaje de huesos.
 
Supongo que en sus años de estudiante joven era, a fortiori, usuaria de estos carromatos. Pero desde entonces ya corrió agua bajo los puentes. Lo que interesa es el presente.
 
Imagínese estar entre quince y veinte minutos bajo el sol de la canícula; finalmente ve llegar la unidad, le hace la señal de parada y el chofer olímpicamente la ignora, aunque el automotor vaya casi vacío.
 
Viene otro carro y tampoco se detiene. Quizás el tercero o el cuarto harán el alto.
 
Le cambio los treinta y tantos grados por la lluvia o el frío: el suplicio es el mismo.
 
Una vez a bordo, el conductor hará hasta lo imposible para hacerlo perder el equilibrio. Si el pasajero es persona con capacidades diferentes, se apoya en muletas, es invidente o lleva un brazo o una pierna en escayola, al auriga le vale un pito.
 
No todos son así, claro, pero me atrevo a decir que la mayoría goza en agredir al pasaje.
 
En los países serios y aburridos, donde todo o casi todo es predecible, el chofer está obligado a ayudar a subir y bajar a personas con limitaciones físicas.
 
Aquí, bueno...
 
Uno trata de ser objetivo: es obvio el esfuerzo de algunos concesionarios por mejorar el servicio. Los vehículos pasan con frecuencia, pero de nada sirve porque los conductores hacen lo que les da la gana y se detienen donde se les antoja.
 
A veces hasta parece que el negocio consiste en no levantar pasaje.
 
No es un problema menor, abogada. Millones lo padecemos. Cuántas horas-hombre se pierden, qué cantidad de bilis derramamos, cuántas personas llegan tarde al trabajo y acaban por perder la plaza.
 
Los carromatos estos igual circulan por la derecha —el carril que les debería corresponder— que por la izquierda, de suerte que aunque esté el semáforo en rojo uno no puede abordar.
 
En Estados Unidos, Europa, Canadá y Cuba, los autobuses se detienen cada cinco o seis cuadras en las paradas, suba o no suba, baje o no baje pasaje.
 
El sistema les conviene a los dueños de las líneas: el mueble, como decían mis mayores, se desgasta menos.
 
Lo que comento es no más la punta del iceberg. Está la falta de capacitación en la mayor parte de los operadores, su proclividad a jugar carreras, a pasarse la luz en rojo, a darse cerrones, agredir verbalmente a sus colegas y a los automovilistas, sobre todo si son mujeres.
 
Abogada: ¿de veras quiere hacer bien su chamba, o prefiere limitarse a ver el desmadre desde su oficina con aire acondicionado?
 
En muchos países los altos funcionarios viajan en autobús urbano o en metro. No es el caso de México, desde luego.
 
El funcionariado forma aquí una especie de casta divina.
 
La desafío a un par de viajes inolvidables, doña Marichuy. Usted sabrá.

El diario infierno de los camiones
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