De vuelta a la cabina de radio

Canta Carmen Alardín en uno de sus poemas: "En vida, hermano, en vida". Tiene razón. Esperar a que muera la persona de nuestra admiración para recordar las huellas de su paso por este mundo es cosa de tontos.
 
Y, puesto que festejamos otro onomástico de Monterrey, es válido y oportuno darle un champú de cariño a Jesús Héctor el arqui Benavides: fenómeno típicamente de Monterrey, fuera de serie tanto por su rigor y excelencia de profesional cuanto por su calidad humana.
 
Aquí, hoy, de objetividad, nada. Somos amigos desde 1960. Más o menos a mediados de ese año llegó a la Redacción que organizó don Ramón Pedroza Langarica en Radio Alameda, difusora de nuestro amor a la que renombramos como Radio Miseria. Una vez nos pagaron a todos, reporteros y locutores, la quincena de dos meses y salimos en masa a bebernos el billete flaco. Dejamos abiertas las puertas de la emisora siete, ocho, nueve horas. Nadie entró a robar. No había nada qué llevarse.
 
Pero el equipo de reporteros y redactores era poderoso: mi hermano Romeo Ortiz Morales, Antonio Elizondo, Yzcoa, Luis Mario Leal, Julio Alcalá y el de la tecla, humilde aprendiz del oficio entonces y ahora. Toño Córdoba campechaneaba la cabina de locutor con la crónica taurina, y don Ramón, monarca sin cetro de aquel reino donde paradójicamente compartían espacios el talento y el ensueño de que esta quincena sí habrá, don Ramón, pues, lo mismo hablaba en el micro de fut que de política o de teatro, literatura y hasta de las variedades de naranja en Montemorelos.
 
Llegó Jesús Héctor, con esa combinación tan reinera de audacia y timidez, y desde el primer día confirmó que el movimiento se demuestra andando. Luego mejoró la suerte gracias siempre al señor Pedroza Langarica y el muchachito estudiante de Arquitectura ya salía a la calle con grabadora.
 
Vino a Monterrey el presidente Adolfo López Mateos y RPL le ordenó a Benavides que lo entrevistara. Si no lo logra, no regrese: no más devuélvame la grabadora. Claro que Jesús Héctor hizo hablar a ALM. Declaraciones exclusivas, hasta eso. Nada mal para un güerco de veinte, 21 años.
 
Luego vino el episodio de don Pepe Alvarado. No tengo en claro si ya era rector o se daba por sentado que lo sería. En todo caso, JHB fue a la estación del ferrocarril a esperar el Regiomontano, medio de transporte preferido por los viajeros. El maestro Alvarado era imponente: de inteligencia y físico enormes, con vozarrón de sargento prusiano y cejas que parecían nido de águilas. Y con el agravante que era del oficio: uno de los sumos sacerdotes de nuestro templo. Bena lo entrevista, se despiden y en eso mi chómpira se da cuenta que la máquina no grabó. Alcanza a don Pepe, le explica el desastre y le pide que repita sus declaraciones. El maestro se encrespa: "Yo nunca me repito", dice en tono de quien ordena hacer fuego a la batería de cañones. Pero Bena no se amilanó: "Entonces, supérese". Y don Pepe bajó la bandera de guerra.
 
Pero ha hecho tantas cosas este muchacho de setentaitantos años que necesitaría una enciclopedia para reseñarlas. Creo que fue el primer productor de TV creador de un programa de provincia que se difundió por todo México, y no era un noticiario, sino un espectáculo musical.
 
Jesús Héctor entrevistó a todos los presidentes de México, a uno que otro Papa, a jefes de Estado y gobierno de otros países y a Juan de las Cuerdas, para acabar pronto. Su origen fue el radio, pero escribe libros y no la hace nada mal en cuadro. Aparte, ha resuelto problemas graves de miles y miles de personas: se hace garras por ayudar a la gente afectada por enfermedades o accidentes o simplemente desnuda en la pobreza extrema. Ni el DIF ni Desarrollo Social, juntos, hacen la tarea social de Jesús Héctor.
 
Si quisiera, sería gobernador de Nuevo León: de ese peso es su arrastre.
 
Pero lo suyo es esto, el más bello oficio del mundo como escribió Gabo. En nuestra tarea, el valor se da por sentado. Y Bena es muy buen soldado: les ha alzado el gallo hablándoles de tú a tú a hombres y mujeres de poder y durante 25 horas retó al Gilberto a que lo sacara del aire.
 
Jesús Héctor regresa a la cabina, el espacio donde nació profesionalmente. Como siempre, hará la tarea con dignidad y profesionalismo: es un reportero auténtico, ajeno tanto al goterón de sangre como al elogio al "señor". El arqui llegó para quedarse.
 
 
 
 
PIE DE PÁGINA: Carlos Romero Deschamps, dueño del sindicato petrolero, dijo, palabras más, palabras menos, que la explosión y el incendio en una instalación de Pemex en Reynosa, Tamaulipas, es un incidente sin importancia.
 
El cacique es ampliamente conocido por su rapacidad, los grandes espacios vacíos en los aposentos de su cerebro, su proclividad a despreciar la vida humana —la de los otros, no la de él— y la buena educación que le dio a su hija, quien por los medios modernos de comunicación le corroboró a México que ella, como criatura de la casta divina, goza de privilegios especiales.
 
La muerte de treinta trabajadores en el accidente que comentamos le mereció a Romero Deschamps un gesto de desdén. Estos son los mártires del proletariado que defienden los intereses de los asalariados. Pobre México.

El arquitecto Jesús Héctor
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