'La gente está cansada, pero no ha claudicado'

La entrevista que le hace El País al general Óscar Naranjo no tiene desperdicio. Como todos los seres humanos, el colombiano está hecho de luces y sombras.
 
De entrada, se pone en plan de corrector de estilo. A los entrevistadores, Luis Prados y Salvador Camarena, les dice que "llamar guerra a la política de seguridad en México es un error garrafal". Vaya: ahora tenemos al servicio de la patria a un policía aspirante a ingresar a la Academia del lenguaje.
 
¿Ignora el asesor de Peña Nieto —maestro del Itesm, además— que para nosotros el término gramatical de la matanza es lo de menos? Alega el colombiano que si la llamamos "guerra" los sicarios del narco se van a sentir justificados. Me matan o yo mato, dirán, según el general de gendarmes.
 
Entiendo que los colombianos son el pueblo que mejor habla nuestro idioma: superan, incluso, a los españoles. Pero le pediría, con todo respeto, al general, que deje a un lado las sutilezas idiomáticas y entienda que los narcos mexicanos son analfabetos funcionales. Para empezar, seguirán matando, así se proscriba del lenguaje burocrático mexicano la palabra "guerra".
 
Don Óscar define la guerra como la intención de aniquilar al enemigo, y en México ese no es el caso. Dice: "El delincuente es alguien a quien el Estado debe someter a la ley y resocializar". Parte de mi oficio consiste en usar camisas de once varas. Creo que Naranjo se vuelve a equivocar. La guerra, entiendo, es una prolongación de la política con el objetivo de imponer la voluntad de uno de los contendientes a la otra parte.
 
Finalmente, si lo que sufrimos no es guerra, se le parece mucho. Este es el listado de bajas en las últimas 24 horas: seis muertos en Nuevo León; cuatro en Jalisco; cinco en Torreón; tres en Ciudad Juárez; siete en Nuevo Laredo; siete en Michoacán; dos en Cancún; uno en Sonora; ocho en Guerrero; uno en Aguascalientes y ahí le paro.
 
Ahora veamos el otro lado del general: el tío conoce su oficio y tiene las neuronas a todo lo que dan. Descobija a Felipe Calderón y, me parece entender, también a Peña Nieto. "Es un error", dice, "que un problema que es típicamente delincuencial se ataque con un instrumento típicamente militar".
 
La tarea de las fuerzas armadas, agrega, debe limitarse a sus funciones connaturales: vigilancia de fronteras, intercepción aérea y marítima y labores de Inteligencia. No lo afirma con todas sus letras, pero descalifica la mal llamada estrategia calderonista.
 
Comenta: "Aquí cada resultado lo muestra la institución que lo logra, el Ejército, la Armada, la Policía Federal… cuando realmente debería ser el éxito de un gobierno, de un Estado contra el crimen". Elegante descripción de nuestro desmadre.
 
El de Colombia se pronuncia a favor de crear grupos de élite, unos de combate a balazos; otros, los más importantes, dedicados a ir sobre la yugular de los capos: comandos de contadores e ingenieros en finanzas que sigan el rastro de los narcodólares.
 
Repito, por algo Naranjo es considerado el mejor policía del mundo. Nos entiende. En México la confianza está en crisis, nadie cree en nadie, reconoce. Iberoamericano, al fin y al cabo, advierte —y nos hace recordar— que los narcos pueden comprar un Estado. Lo hicieron hace años con Bolivia. Si sucedió allá, puede suceder aquí.
 
Por lo pronto, en México, a pesar de los lagos de sangre que nos ahogan, "la gente está cansada, pero no ha claudicado".
 
Votaría a favor del general Óscar Naranjo de no mediar un pequeño detalle: fuentes bien informadas, como se decía antes, aseguran que es un agente de los gringos. Y la guerra, o como guste llamarla, que nos está desangrando, se la debemos a los gringos.
 
Sí, necesitamos asistencia de otros países, pero Washington es el problema, no la solución.
 
 
 
 
PIE DE PÁGINA: Es muy probable que el Senado apruebe la contrarreforma laboral de nuestro Felipe, parecido en tantas cosas al Felipe II español. Alejandra Barrales es la única legisladora del PRD en la Comisión de Trabajo, y a la hora que se reúna el Pleno, el PRI-PAN tiene mayoría.
 
El mesianismo, la intolerancia y el dogmatismo de buena parte de la izquierda están dándole la puntilla a los trabajadores.

Luces y sombras del general Naranjo
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