Hora y media de mediocridad y redundancias

En un debate la ventaja es para quien dice la última palabra.
 
Y aquí el presidente Obama aplastó a Romney al recordar que hace unas semanas, el republicano se refirió en tono despectivo al 47 por ciento de los votantes como personas que viven sin trabajar a costa del gobierno.
 
Esos votos no me interesan, dijo.
 
Obama le asestó un buen gancho, pero a la quijada, no al hígado, donde hubiera sido devastador.
 
Por lo demás, no creo que se pueda hablar de ganador y derrotado. La polémica me pareció un canto a la mediocridad.
 
Y es sorprendente: hablamos de dos hombres inteligentes, preparados, con experiencia política. Pero no presentaron ideas nuevas, no hicieron propuestas audaces: ni siquiera hablaron con emoción o con pasión.
 
En general se limitaron a repetir lo que han estado diciendo desde hace meses.
 
Obama otra vez habló de su familia y, en especial, de su abuela; y Romney nos recordó, como si fuera necesario, que es un empresario con éxito y por ello sabe hacer las cosas.
 
La intervención del público en el salón de la Universidad Hofstra, en Hempstead, Nueva York, fue igualmente muy pobre.
 
Quizá la más impresionante fue la primera: el joven que ingresa a la Universidad pero teme que al salir con el título en la mano no consiga empleo.
 
Le asiste toda la razón del mundo: la economía y el desempleo son enormes rocas en el camino de Obama a la reelección: veintitrés millones de norteamericanos sin chamba o subempleados; otros tres millones y medio de mujeres que ingresan al sector del desempleo femenil; 47 millones de personas que comen gracias a los cupones del gobierno, y el alza de cuatro dólares por galón de gasolina.
 
Esto, en un país que depende del automóvil y que, para proyectar con más vigor el contrasentido, es uno de los más importantes productores de petróleo.
 
Esos son los datos duros y aunque Obama recurra al mejor de los discursos, no puede rebatir la realidad.
 
La moderadora, Candy Crowley, reportera de la telecadena CNN hizo mejor papel que el colega que pretendió asumir esa función en el primer encuentro.
 
Pero a ratos los candidatos parecían niños mal educados: se interrumpieron el uno al otro no sé cuántas veces y en su intento por poner orden Crowley agravó la confusión: hubo momentos en que los tres estaban hablando, casi gritando al mismo tiempo.
 
Como sea, el mandatario se notó más desenvuelto, más seguro de sí mismo.
 
Pero si yo fuera norteamericano me sentiría decepcionado: la política es fuego y pasión: mente fría, corazón en llamas y oratoria que conmueve y convence.
 
Ninguno de los dos habló con voz ya no de estadista, sino simplemente de político profesional que sabe lo que está haciendo.
 
Hubo alguna mención al problema de la migración y Obama no estuvo mal: expulsar de EU a los indocumentados que incurren en actos ilícitos, sí; pero otro trato a la mayoría de hombres y mujeres sin papeles quienes sólo quieren trabajar y luchar por un mejor futuro para sus hijos.
 
Aquí el Presidente como sea le metió otro gol a Romney al recordar que el ex gobernador de Massachusetts dijo que las leyes antiinmigrantes de Arizona son un ejemplo para todos los estados de la Unión.
 
El empresario se desdijo, pero la flecha ya había dado en el blanco.
 
En la cuestión del desmadre que se traen los gringos con la venta y tráfico de armas, Romney se anotó un punto al recriminarle a Obama el jueguito macabro y sucio de Rápido y Furioso, que cobró vidas aquí y allá.
 
Pero el huésped de la Casa Blanca tiene buena memoria y se acordó que Romney siempre ha estado en contra del control de armas.
 
Con los impuestos fue la misma canción de toda la campaña: Romney promete que el cinco por ciento de los multimillonarios seguirán pagando al fisco el 60 por ciento de sus ganancias (aunque él sólo le gira a Hacienda el 14 por ciento), pero no se da por enterado que sus hermanos de clase invierten millonadas en países pobres donde crean empleos de bajo ingreso.
 
En esto, Obama dejó en claro que les presentará una factura muy alta a los capitalistas que exporten dólares en lugar de colocarlos en el país y crear las plazas de trabajo que tanta falta hacen.
 
El del Partido Republicano no tocó por esta ocasión su obsesión de gastar carretadas de billetes en las fuerzas armadas, en tanto que el Presidente repitió que la marmaja que se gastaba en las guerras de Iraq y Afganistán será destinada a reactivar la economía.
 
El Pentágono, dijo una vez más, no está pidiendo ferretería adicional.
 
¿Qué les pasa a estos dos hombres que quieren liderar al país más poderoso del mundo, pero se niegan a probar que están hechos de buena madera de dirigentes sólidos y capaces?
 
Porque lo son, cualquiera de los dos, pero no lo están mostrando.
 
Carajo: es la palabra la que mueve al planeta, es el verbo el que le da esperanza y coraje a un pueblo. Ni Obama ni Romney son mediocres, pero anoche actuaron como si lo fueran.
 
Pobres gringos. Pobre de México, porque dependemos de ellos; y pobre del mundo, porque Washington lo gobierna.




Segundo debate Obama-Romney
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