Obama-Romney: tercer y último round

Dios habla inglés, está a favor de la economía de mercado y Estados Unidos es el pueblo que escogió para darle al mundo democracia y riqueza. En eso estuvieron de acuerdo anoche el presidente Barack Obama y su rival republicano Mitt Romney.
 
Lo demás, es agua de borrajas: nanodiferencias más en matices y, como diría Rodrigo Medina, en percepciones. La realidad fundamental no cambia: la Unión Americana dirige al mundo.
 
La confrontación tuvo como tema central la política exterior. En ese rubro, Obama lleva mucha ventaja sobre el ex gobernador de Massachusetts. No son nada más los cuatro años que se ha pasado lidiando con líderes demandantes y, en no pocos casos, de agrio carácter: además se ha beneficiado de los ocho años que estuvieron los Clinton en el poder.
 
Aquí, Romney no tiene gran cosa qué hacer o decir, excepto apegarse a su papel de tío duro, hombre rudo del Oeste que arregla los entuertos con la Colt.
 
El aspirante de la oposición expresó su desencanto con lo que entiende como fracaso de la Primavera Árabe. Olvidó repasar la historia de su país. En muchos sentidos, la lucha por la independencia de Estados Unidos —al igual que la nuestra— fue una guerra civil: soldados y civiles nacidos en Inglaterra —Tom Paine es el más emblemático— tomaron las armas contra el despotismo del imperio británico, al tiempo que hombres y mujeres nativos de las trece colonias fueron, hasta la muerte o el exilio, leales a la corona inglesa.
 
Esto, para no hablar de las tropas y los barcos de guerra con los que España y Francia le agregaron músculo a la asistencia económica, política y diplomática que les brindaron a los independentistas. Y aún así, el choque de armas duró años.
 
Las naciones no conquistan su libertad de la noche a la mañana por un mero acto volitivo. Aquí se equivocó Romney. Los dos aspirantes coincidieron en que una intervención militar en Siria e Irán sería no el primero, sino el último de los recursos.
 
Igualmente, estuvieron de acuerdo en que los últimos soldados norteamericanos salgan de Afganistán en 2014. Los afganos estarán para entonces preparados y podrán gobernar su propio país. Obama y Romney saben que esto no es cierto, pero entienden que el pueblo estadunidense está harto de una guerra que dura ya más de diez años y no lleva visos de terminar.
 
Aquí Romney otra vez resbaló en terreno abrupto: Obama le recordó que hace poco se resistía a la evacuación de las divisiones estadunidenses en Iraq, e incluso pedía que se enviaran allá otros 25 mil troperos.
 
Y tampoco lo entusiasmaba la decisión de fijar una fecha para abandonar a su suerte —porque eso es, de eso se trata— a los afganos. Pero, en fin: de los arrepentidos están formadas las legiones celestiales.
 
La Unión Americana tiene esta misión divina: sostener en lo alto la antorcha de la libertad para que el mundo la vea, la admire y siga el camino que señala. Aquí no cabe la discrepancia. Si acaso, Romney se queja de que Washington ya no tiene tanta influencia como hace años, pero nos consta que está equivocado.
 
El republicano insiste en su exigencia de darle al Pentágono unos cuantos billones para que compren ferretería hasta hartarse: más barcos, más aviones, más tanques.
 
Obama le repite lo que ha dicho media docena de veces: el estamento militar no está pidiendo más recursos humanos ni materiales. Los ejércitos de Aire, Mar y Tierra, apoyados en tecnología de punta, tienen tal poder de fuego que, realmente, no necesitan más.
 
Las guerras que sin duda se librarán en el futuro inmediato las ganará EUA con los armamentos de que actualmente dispone.
 
Israel fue un punto importante en el cambio más de palabras que de ideas. La alianza de Washington con el Estado Judío es "inquebrantable", dijo Obama. Y si Irán ataca a Israel, EUA de inmediato saldrá en su defensa.
 
Romney, claro está, en esto no podía contradecir a Obama. El aspirante republicano tiene una fijación que se le grabó hará cosa de 50 ó 60 años: Rusia, sigue diciendo, es un enemigo geopolítico, aunque ahora moderó un poco su discurso: Moscú es un Estado hostil, pero el mayor peligro está en un Irán nuclearizado.
 
Eso, remarcó Obama, nunca se permitirá. Todas las opciones están sobre la mesa y de ninguna manera EUA aceptará que la teocracia de Teherán se haga de un arsenal termonuclear.
 
A nuestra América le dedicaron un par de segundos: bah, somos el patio trasero. Una vaga semipromesa de inversiones y se acabó.
 
China es mucho más importante y le dio pie a Obama de anotarle otro home run a Romney: el míster invierte dinero en una empresa china que trabaja para el gobierno de Irán. Business are business.
 
Tanto anhelo de paz, tanto compromiso de recurrir al fuego y al acero sólo cuando se agoten todas las posibilidades de negociar en paz un entendimiento, me recuerdan a mi inolvidable maestro, el doctor Mateo A. Sáenz, quien nos reiteró mil veces: los políticos siempre dicen lo contrario de lo que van a hacer.
 
En las últimas líneas de su novela De aquí a la eternidad, James Jones escribe el diálogo entre Karen, la madre, y su hijo, a bordo del buque que los lleva a Estados Unidos. Japón bombardeó Pearl Harbor y la Unión Americana fue empujada a entrar a la II Guerra Mundial. El güerco, hijo de un capitán y criado en bases militares, quiere combatir al nipón, vengar el ataque a traición:
 
—Jo, mamá —protestó el niño—. ¡Pero quiero intervenir en esta guerra!

—Anímate, Dana, dijo Karen, y no permitas que eso te preocupe. Quizá te pierdas ésta, pero tendrás la edad adecuada para la próxima.




Nación de iluminados
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