¿Qué tienen en común con Gonzalitos Cristina y Rodrigo?

A muchos nos dejó mal sabor de boca el oportunismo del rector de la UANL, Jesús Ancer, al entregar la medalla "José Eleuterio González" al gobernador Rodrigo Medina y a la senadora Cristina Díaz, ex alcaldesa de Ciudad Guadalupe.
 
¿Qué méritos hicieron estos funcionarios para obtener la presea que lleva el nombre de uno de los más ilustres nuevoleoneses? Muy al contrario, Medina y Díaz dejan a su paso devastación, incontables actos de corrupción, cientos, miles de asesinatos sin castigo y ahí le paro.
 
De Ancer no me sorprende nada. Nunca tuvo la gallardía de muchos de sus predecesores, empezando por el doctor Enrique C. Livas. Vamos: Gonzalitos fue como escribió Hölderlin, uno de esos hombres que de vez en cuando envían los dioses a la Tierra para recordarnos que existen voluntades superiores que pueden gobernar, para bien o para mal, nuestro paso por la vida.
 
Médico fuera de lo común —ciego, salía solo a la calle, daba con la casa del paciente y lo atendía—, fue persona de gran calidad humana. Lo que menos le interesaba era hacerse rico: pudo hacerlo, con facilidad, pero lo suyo era aliviar el dolor humano. Durante los 55 años que ejerció aquí su profesión no cobró un solo centavo.
 
En gran medida, tenemos al Colegio Civil gracias a su esfuerzo; fundó la Escuela de Medicina, la Normal, creó el Hospital Civil, fue maestro, escritor, biógrafo de fray Servando, enamorado de la botánica, polígrafo que dedicó muchas páginas a los problemas de la ética y la moral. Qué cosas no hizo.
 
La vida lo trató mal: su matrimonio le acarreó desdicha y un soldadote lo golpeó dejándolo tirado en la calle bañado en sangre. Ni una queja ni un átomo de rencor. En esos años tan difíciles el destino puso el poder político en sus manos varias veces: era tan fácil la venganza, era tan sencillo enriquecerse. Ni lo uno ni lo otro. Tenía demasiado corazón.
 
Cultivó, claro, la poesía y nos dejó libros que deberían ser de lectura obligatoria en las escuelas y las preparatorias. Jalisco nos dio tantos hijos que llegaron a Nuevo León no a hacer fortuna, sino a regalarnos su talento y su generosidad: Bernardo Reyes, quien pese a sus fallas y errores es un gigante; los Basave; Pedro Reyes Velázquez. Ellos son montañas, pero Gonzalitos es una cordillera.
 
A cuántos muchachos formó este caballero que hizo de su profesión un espejo de hombría de bien. Él entregó su título al primer cirujano que se graduó aquí: el doctor Blas María Díaz. Otro de sus alumnos fue Ignacio Martínez, cirujano y general, político, viajero, escritor, periodista: rebelde de oficio y profesión. Fue, tal vez, el primer norestense que caminó por la Muralla China, y en su periplo por Australia y Nueva Zelanda, al igual que en sus viajes aerostáticos o en sus duelos a balazos, siempre tuvo encendida en su corazón la llama de cariño y respeto por su viejo maestro.
 
De Gonzalitos se escriben volúmenes y volúmenes. Y, pregunto: ¿qué tienen en común el médico y educador con los dos mencionados políticos? Medina y Díaz, es de todos sabido, no son personas ajenas al interés pecuniario: vamos, les gusta la lana y se engolosinan con el poder. ¿Tienen algún punto de coincidencia con Gonzalitos, uno solo? No lo veo.
 
En Nuevo León tenemos mujeres y hombres que merecen ese reconocimiento: la hermana Consuelo Morales, para no ir lejos; Nacho Zapata, así sea en homenaje póstumo: Rolando Guzmán, uno de los fundadores del sindicato de la UANL, y muchos más.
 
En verdad, amarga y entristece ver en lo que personas como Ancer han convertido a nuestra Universidad.
 
 
 
 
PIE DE PÁGINA. Margarita Arellanes se anotó un gol mediático al anunciar que un oficial naval se hará cargo de policía, vialidad, alcoholes y comercio. Pero estas últimas dos áreas seguirán bajo control administrativo de la secretaria del Ayuntamiento, en este caso Sandra Pámanes.
 
No planificaron bien el nuevo organigrama: habrá fuertes fricciones entre Pámanes y el marino.
 
Pero, por lo pronto, y de eso se trata, Arellanes nos hizo olvidar, así sea por unas horas, que todo se lo debe a su mánager: el oaxaqueño de los quesos.

Medalla 'Dr. José Eleuterio González'
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