'Con la máquina al hombro' de Manuel Mejido

La mañana del once de septiembre de 1973 Manuel Mejido y su esposa Estela desayunaban en un hotel de Santiago de Chile cuando la radio anunció que los militares estaban dando un cuartelazo.
 
"En junio de 1973", escribió Manuel años después, "recibí una invitación que no despertó mi interés, pero que luego me llevaría directamente al éxito periodístico más grande de mi carrera: el golpe de Estado en Chile que costó la vida al presidente Salvador Allende".
 
La conferencia hemisférica de la Cepal dejaba frío al reportero estrella de Excélsior. Pero le ordenaron que cubriera la nota y llegó a Santiago la noche del nueve de septiembre. Nunca terminaron el desayuno. Durante ocho días, los Mejido vivieron en la fiebre del motín castrense, la represión que siguió, la carrera loca por obtener la información y, lo más difícil, transmitirla… Y la amenaza, explícita, de que los carabineros iban a tomar por asalto la embajada de México, con docenas de asilados políticos y donde se habían instalado el periodista y su señora.
 
El embajador mexicano, Gonzalo Martínez Corbalá, era un diplomático de los de antes: un orgullo para México por su impecable manejo de una crisis peligrosa, su calidad humana y su valor. Pero Manuel no se quedaba atrás. Con mañas de reportero viejo se consiguió los papeles que le permitían circular en compañía de otro reportero por aquel Santiago convertido en ciudadela de la muerte y el terror.
 
Los generales y almirantes cortaron desde el primer disparo todas las comunicaciones con el exterior. Pero Manuel se ganó a pulso la única línea telefónica abierta: de Santiago a Mendoza (Argentina), donde la agencia noticiosa Telam tenía una oficina. Nadie usaba ese cable, de ahí que los golpistas lo descuidaran. Durante días y noches el hombre de Excélsior inundó a Telam con información que los argentinos luego distribuyeron, primero a Excélsior y después al mundo.
 
Las notas de Manuel Mejido fueron las únicas que divulgaron a los cinco continentes aquella tragedia. A sus amigos y compañeros de redacción no nos sorprendió la hazaña, que ahora recrea el veracruzano hijo de españoles en su último libro: Con la máquina al hombro.
 
Muchos años atrás había entrado a la URSS sin visa ni invitación ni nada. Es fecha que ni él ni nadie se explica cómo un joven con hambre de gloria periodística pudo penetrar la llamada Cortina de Hierro. Su meta: entrevistar a Nikita Jruschov.
 
Durante tres meses le envió cinco telegramas diarios hasta que le abrieron las puertas del Kremlin. Manuel había comprado una cámara fotográfica barata: necesitaba evidencia de su conversación con el líder soviético. Terminada la sesión de preguntas y respuestas, Manuel pidió a un edecán que le tomara la foto junto a Jruschov. En cuanto el pobre hombre oprimió el obturador, el aparatejo ese disparó una lluvia de chispas de todos colores, acompañada de olor a quemado. El poderoso Jruschov quiso lanzar un dardo envenenado. Qué malas son las cámaras mexicanas, dijo. Es soviética, le contestó Mejido.
 
La historia de este gran profesional de la información es asombrosa y a los del gremio nos despierta admiración y envidia de la buena. No ingresó a Excélsior por la puerta grande. Ni por la entrada trasera. Tuvo que hacer méritos y ganar exclusivas que enriquecieron al periodismo mexicano. Cubrió la Guerra de los Seis Días y entrevistó a Moshe Dayán; en Argelia no sólo cubrió el duro, cruel conflicto con Francia: tomó el fusil y se incorporó a la guerrilla; entrevistó a Picasso: el maestro alegó en un momento dado que iba al baño o algo así y al salir Manuel se encontró que el autor de Guernica había decorado su auto; en París conversó largo y tendido con Sartre. Le preguntó por su pareja, Simone de Beauvoir, el padre del existencialismo le contestó: "El hombre es pasión, el hombre es razón, el hombre es discreción".
 
Henry Miller lo llevó a viajar por los trópicos del erotismo y el papa negro, el jesuíta Pedro Arrupe, le confió el secreto de sobrevivir a la bomba atómica que destruyó Hiroshima. Eisenhower estrenó la guayabera que Manuel le regaló en Panamá y el fundador del Estado de Israel, David Ben-Gurión, le abrió la puerta de su casa a donde el reportero llegó sin previa cita, y lo invitó a tomar café.
 
En un hermoso prólogo, Rafael Cardona, compadre de mi entraña, viejo camarada de las redacciones y los talleres donde nacieron algunos de nuestros hijos de papel, escribe: "En la época en que Internet ha sustituido a los viajes y el periodismo se convierte cada vez más en algo virtual y no vivencial, Mejido les viene a decir a quienes no lo sepan o a los olvidadizos cómo se deben hacer las cosas, cómo se aprovechan los senderos del destino y la casualidad, cómo se toma el tren de las oportunidades y cómo, cuando es necesario, se cambian las vías para llegar a donde se quiere".
 
Manuel Mejido le dio forma y contenido a su destino y a su vida. Expuso el pellejo un millón de veces y, amo y señor de su esfuerzo y su fatiga, esperó hasta enviar la última línea y recibir la confirmación de que el material había llegado al periódico para caer dormido sobre la máquina de escribir o el escudo del télex.
 
Es el gran reportero de las últimas tres generaciones: entendió el periodismo —vuelvo a Cardona— no en tanto vocación, oficio o profesión, sino como una forma de vida. Por ello escaló hasta la cima donde moran los inmortales que, como Manuel, le dan vida de años y años a la nota periodística que incorpora a sus páginas la Historia.
 
Manuel me llama "amigo y compañero de viejos tiempos periodísticos" y acorazado en esa distinción subo al Olimpo, bajo a cabronazos a Júpiter y toda su corte y le grito a Manuel: Viviste la vida, hiciste cosas. Bravo, muchacho. Siempre serás un joven con la máquina al hombro: ahora tu orden de trabajo es exigirle al Nilo que te revele sus secretos.

El periodismo como forma de vida
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