Que viva la muerte

Día de Muertos. Somos iguales y diferentes a otros pueblos. El Dos de Noviembre es jornada de holganza, de tragos, lágrimas y cursilería. Buena ocasión para ganarse unos pesos: la venta de flores, el aseo de la tumba, lavar el auto y cuidarlo. El pretexto es recordar a quienes se adelantaron en el viaje final. Sentarse un par de horas ante la cruz o la lápida y recordarlos.
 
En Monterrey somos serios y secos: en otras regiones de México es fiesta, música, cohetes, canciones. ¿Necrofilia, atavismo de indios, de españoles, del mestizaje? ¿Enterramos a los difuntos en la memoria para recordarlos hoy? ¿Estamos enamorados de la Dama Blanca, por ello gritamos que nos vale madre La Muerte? (merece mayúsculas)
 
Quizás no estamos solos en esta no sé si sana tradición o aberración químicamente pura. "Viva la muerte", gritaban los legionarios españoles. Somos un pueblo con el alma rota en dos partes que guerrean entre sí: los gringos imperiales nos envenenaron al convencernos de que todos, absolutamente todos nuestros males, vienen de España. Nos enseñaron a odiar a los españoles.
 
Habrase visto tamaña estupidez. La Conquista se consumó hace 500 años: les mentamos la madre a los peninsulares en castellano, ante el beneplácito de la República imperial.
 
Los vietnamitas libraron contra EUA una de las guerras más crueles, más injustas y más tontas: murieron más de un millón de asiáticos y el país continúa devastado. Sin embargo, no hay odio entre ellos. La guerra de Argelia fue laboratorio de refinadas formas de bombazos contra civiles y niños, tortura y exterminio. Nadie sabrá nunca cuántos argelinos y franceses murieron. No se olvida, pero se perdona porque no se puede vivir con el espíritu lleno de aborrecimiento.
 
Argelia y Vietnam no fueron tragedias de hace 500 años. Si perdimos la estabilidad espiritual hace cosa de dos siglos, cómo vamos a encontrarnos a nosotros mismos.
 
No es el encono contra papá porque maltrató a mamá: somos indoespañoles y si no lo aceptamos —y ello significa asimilar lo mejor de las dos culturas— nunca estaremos en paz. Lo nuestro, como escribió Octavio Paz, será una eterna farsa de máscaras: "El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos de sí mismo".
 
En la vida no buscamos el éxito: preferimos la derrota que disfrazamos como victoria moral. Ante el súbdito de países poderosos, en especial el norteamericano, tenemos un comportamiento de miedo y servilismo, de envidia y rencor que disimulamos: expresar el sentimiento nos sale caro.
 
Recordemos el caso del empleado del condominio de Polanco golpeado por el empresario: ni siquiera le mentó la madre al agresor y sus compañeros siguieron trabajando como si nada: el miedo a perder la chamba y a otras cosas más: la resistencia del débil despierta la cólera del poderoso.
 
Ayer se repitió la abominación en una fábrica de la ciudad de Querétaro: un capataz sudcoreano pateó al obrero mexicano y éste ni siquiera tuvo ocasión de quejarse: la empresa lo despidió.
 
No somos cobardes: no hay pueblo que lo sea. Es algo más profundo, más difícil de entender. Soportamos en silencio los abusos, los insultos, las humillaciones, los atropellos. Pero, claro, si no nos encontramos a nosotros mismos, si nos perdimos, naturalmente que también perdimos la voz.
 
Pero hoy es Día de Muertos: vivamos en sosiego. Los agravios que infligimos a los ausentes o las afrentas que nos hicieron sufrir son materia juzgada. Nos acercamos a ellos y le sonreímos a la descarnada. Así somos y ni modo.
 
"Buscó su habitual miedo a la muerte y no lo encontró. ¿Dónde está? ¿Cómo es la muerte? No tenía miedo de ninguna clase, porque tampoco ella existía. En vez de muerte había luz": León Tolstoi, La muerte de Iván Illich.
 
 
 
 
PIE DE PÁGINA: Aprecio y respeto a mis amigos y colegas Raúl Rubio y José Manuel Leiva. No me da pena ni me siento mal por sostener un criterio distinto al de ellos: esa es la marca de los hombres libres.
 
Escribí hace días, y lo reafirmo, que el rector Jesús Ancer hizo un papel muy triste al entregar la presea "José Eleuterio González" a la senadora Cristina Díaz y al pobre muchacho que cobra como si de veras fuera gobernador de Nuevo León.
 
Dije y repito: ellos no tienen ningún mérito para recibir un galardón honrado con el nombre de Gonzalitos.
 
Tal vez, como dicen mis camaradas, los tlatoanis se impusieron al rector. Lo que sobra en este mundo son hombres débiles. Pero él podía comisionar a un representante para que hiciera el numerito. Si no tiene la verticalidad que se le exige a un rector, invéntese un ataque de asma o lo que sea. La Rectoría, como la nobleza, obliga.
 
Más lamentable todavía: el señor Ancer es médico. Era doble su deuda moral con el jalisciense que, ciego y solo, acudía a la casa del enfermo a curar el dolor y ofrecer esperanza. Hubo rectores que renunciaron antes de doblarse a las presiones del poder. Y el arquitecto Mora puso el pecho ante los fusiles de la soldadesca que había mancillado el recinto universitario. Obviamente, el señor Ancer no está hecho de esos materiales.

Noviembre dos
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