Dan estadunidenses lección de madurez política

Tenemos derecho a esperar un mejor trato para los mexicanos y, en general, los iberoamericanos que luchan por obtener en Estados Unidos la vida digna que la patria les negó. Nobleza obliga: quizás el voto hispano no inclinó la balanza, pero tampoco es desdeñable.
 
En cuanto a la relación con México, creo que no debemos esperar un exceso de generosidad y comprensión. El presidente Obama tiene que lidiar con aliados conflictivos y crisis peligrosas.
 
El pueblo norteamericano está harto de guerras y debe haber calado hondo la promesa del mandatario: los soldados regresan a EU y el dinero que se gastaba en Iraq y Afganistán se destinará a la educación y a las promociones sociales.
 
La Unión Americana no está de humor para animar al gobierno de Israel a bombardear Irán. En el discurso que dijo esta madrugada, el mandatario remarcó que la economía se recupera y las guerras terminan. Que así sea: la prosperidad de los socios y vecinos nos ayudará a salir del pozo.
 
¿Cumplirá sus promesas el jefe de Estado? Es un político, pero, hay que admitirlo, es un político excepcional. Claro: tiene pueblo. La sede del Partido Demócrata en Chicago era el arcoiris de todos los colores de la piel del hombre y en aquellos tíos y morras que recibieron a Obama con baile y ondeando banderitas había suficiente emoción y calor humano que si se convierten en carburante harían llegar una cosmonave a la Luna.
 
Los gringos nos dieron una lección de madurez y sentido común. Vieron más allá de lo inmediato: no se dejaron asustar por el desempleo, la deuda nacional y el déficit: votaron por el derecho de la mujer a ser dueña de su cuerpo y soberana de sus decisiones. Sufragaron a favor de una educación de calidad, servicio médico accesible para la gente común y corriente, jubilaciones, empleos estables y decorosamente pagados y una distribución equitativa de la carga fiscal.
 
En una nación donde hace apenas sesenta años el negro era visto con desprecio y en no pocas ocasiones con odio, le confiaron el futuro, por segunda ocasión, a un afroamericano. Reconocieron el talento, la energía y el valor de un hombre de origen muy humilde que en base a su esfuerzo cubrió el largo camino de la pobre vivienda de sus padres a la Casa Blanca.
 
Obama tiene, desde ya, mayoría en el Senado, aunque los republicanos mandan en la Cámara de Diputados. Pero, claro, lo verdaderamente trascendente es que cuenta con la confianza de su pueblo. Les habló de esperanza y de sueños que con trabajo duro y tenacidad podrán hacer realidad. No es un mal mensaje.
 
Habrá que esperar un poco: obviamente, la élite del poder coincide en muchos aspectos con la política de Obama. Habrá disensos: es inevitable. La gran cuestión es si se podrán negociar los acuerdos necesarios para que el país funcione.
 
Por lo pronto, qué envidia: no hay acusaciones de fraude, no hubo balazos ni ánforas embarazadas ni asaltos a casillas ni hay tampoco amenazas de bloqueos. Tenemos mucho que aprender de los gringos.

Reelección de Barack Obama
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