Era hora de hacer un nuevo reparto del mundo

Fue un genio de la publicidad quien acuñó la consigna: "Combatimos en la guerra que pondrá fin a todas las guerras".
 
Nunca se sabrá cuántos hombres perecieron entre agosto de 1914 y noviembre de 1918. En las líneas de fuego cayeron ocho millones y medio de soldados. Pero hubo 21 millones 200 mil heridos, muchos de los cuales murieron en los hospitales o puestos de socorros.
 
Y se reportaron siete millones 800 mil prisioneros y desaparecidos. Algunos volvieron. De otros simplemente no se volvió a saber. Estas son las bajas militares. De los civiles parece que no se llevó la cuenta.
 
La muerte tuvo una rica cosecha: Los obuses de los grandes cañones los pulverizaron o los dejaron enterrados en los escombros de sus casas en las ciudades y villorrios bombardeados. Los gases venenosos seguían caminos inesperados: el viento los llevó muchas veces a hospitales y aldeas.

El hambre, el frío, las enfermedades, los suicidios, y hasta la tristeza, la depresión, la angustia, la desesperanza… Todo se combinó. La Dama Blanca tuvo aliados muy efectivos.
 
Y a la paz, firmada el once de noviembre de 1918, siguió la Influenza Española: se dice que causó más muertes que el fuego que devastó a Europa.
 
México tenía su propio juego macabro con la Descarnada: una guerra civil disfrazada de Revolución que no le pidió nada a ninguna.
 
Carranza era el presidente en aquellos años. Coqueteó con Alemania al grado de dar pie a que Berlín difundiera casi como hecho consumado el compromiso de México de hacer la guerra a Estados Unidos.
 
No ocurrió, desde luego. Pero se dieron facilidades a los germanos para instalar bases de submarinos, montar estaciones de radio, espiar, montar intrigas y organizar actos de sabotaje. La idea de la Armada del Káiser consistía en volar los yacimientos de petróleo de Tampico que alimentaban a los buques de guerra de la Royal Navy.
 
Tampoco funcionó tan ambicioso proyecto. Media docena de putas y unas cajas con botellas de güisqui convencieron a los dinamiteros alemanes de que nada se les había perdido en Tampico. Así se escribe la Historia.
 
Fue una clásica guerra imperialista. Había que superar la gran crisis financiera de 1907 y era el momento de hacer un nuevo reparto del mundo. Francia, Inglaterra y Rusia tenían a punto sus planes desde 1892; Alemania y Austria-Hungría revisaron por los mismos años el proyecto elaborado una década atrás por el conde Alfred von Schlieffen, jefe del Estado Mayor.
 
Iba a ser una guerra corta. En inglés y ruso, en alemán y francés se prometió a los soldados que estarían de regreso en casa para la Navidad. Los franceses fueron a la guerra vestidos con pantalones rojos y tocados con gorras de lona; los belgas, quienes sin temerla ni deberla fueron invadidos de la noche a la mañana, llevaron al frente sus ametralladoras en carritos tirados por perros.
 
En lo que toca a traición en los altos escalones políticos y militares, improvisación, bajo nivel de los mandos y escasez de materiales de guerra, la Rusia zarista se llevó el campeonato. El ministro de la Guerra, Vladimir A. Sukhomlinov, despreciaba las armas de fuego. Las batallas y las guerras, decía, se ganan con sables, lanzas y bayonetas.
 
Federico Engels pronosticó el desastre y lo que seguiría: no anticipó la Revolución Rusa, pero sí la caída de tronos y un desorden que abrió las puertas de la matanza y genocidio de 1939-45.
 
Los pueblos quedaron aturdidos. La Belle Époque sólo había sido el preludio de una carnicería que nadie imaginó. Y ahora, ¿cómo creer en los gobiernos, en nadie?
 
En su obra clásica El fuego, el francés Henri Barbusse escribe el desconcierto de un aviador:

"Comprendí: era domingo y dos misas se celebraban bajo mi vista: el altar, el sacerdote y el rebaño. Cuanto más bajaba más veía que las dos agitaciones eran semejantes… Oía los dos gritos terrestres de que estaba hecho su grito: 'Gott mits uns' y 'Dios está con nosotros'.
 
"Figuraos aquellas dos masas idénticas, que aullaban cosas idénticas y, sin embargo, contrarias; esos gritos enemigos que tenían la misma forma. ¿Qué será lo que el buen Dios nos puede decir?".

La Gran Guerra
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