¿La Inquisición al revés?

Los jóvenes deben ser rebeldes: disidentes insatisfechos prestos a la protesta. Pero, ojo: tienen que estar bien enterados acerca del entuerto que les provoca la erisipela y, por razones obvias, sus manifestaciones de descontento deben estar dentro de los márgenes de la ley.
 
La fogata que hicieron ayer a las puertas del Congreso fue, en mi opinión, un doble error. Leí con cuidado las enmiendas que se le hicieron al artículo 24 de la Constitución y en ningún párrafo, en ninguna línea, encontré o descubrí la disposición del Gobierno a imponer la educación religiosa como materia escolar en los planteles públicos.
 
Tal vez hice una mala lectura. Pero creo que no fue así. Tenemos siglo y medio de laicismo: es una tradición que hemos heredado de generación en generación. La inmensa mayoría de los mexicanos —tanto los librepensadores como las personas que profesan esta o aquella fe— coinciden en que la escuela del Estado debe ser laica.
 
En los colegios privados se dan clases de religión. Muy su gusto. Pero en la academia pública la enseñanza de las ciencias y las humanidades no tiene por qué combinarse con ningún culto. Y, hasta donde entendí las reformas al 24, así se quedan las cosas.
 
Por lo demás, no existe ninguna razón para que nos intimiden las iglesias, menos todavía la de Roma, que tiene mujeres y hombres dignos de respeto quienes incluso arriesgan la vida por proteger a sus semejantes. Me animo a afirmar que sacerdotes y monjas corruptores de menores forman minoría.
 
La jerarquía católica ya tiene derecho al voto; ahora busca que se le otorgue la facultad de ser votados. Hágase. Quieren tener sus propios medios de comunicación. Que los tengan. Este es un país teóricamente libre y a nadie le podemos negar la libertad de expresión.
 
Nuestros antepasados derramaron su sangre en defensa del principio de la separación del Estado y la Iglesia, lo que sentó las bases de un esfuerzo de modernidad. Y sobrevivimos al absurdo de la Guerra Cristera de 1926-29, contienda limitada a unos cuantos estados del Centro.
 
¿Por qué vamos a temer que algunos sacerdotes o monjas ocupen escaños, curules o lo que sea? ¿Nos sentimos tan débiles que nos atemoriza conocer el criterio de Roma en la radio, la TV o la letra impresa? ¿O nos da por jugar a la Inquisición al revés?
 
La mayor parte de los mexicanos todavía se declara católica, pero en la vida real hacen caso omiso del dogma: nos divorciamos, tenemos relaciones carnales antes del matrimonio, mentimos, usamos condones y píldoras anticonceptivas, se practica el aborto.
 
Ir al templo, a la misa del domingo o a lo que sea es un acto social, no una manifestación de religiosidad. De la confesión no sé nada, pero pienso que hasta es sana: el "pecador" limpia su conciencia. En suma: la mayor parte de la gente, en todo el mundo, necesita creer en Dios y en la vida eterna. Es la naturaleza humana.
 
Pero una cosa es creer en un Ser Superior que hará justicia en el otro mundo —porque en este, definitivamente no— y otra, muy diferente, es procurar imponer por la fe la devoción propia. Confieso que votaría por don Raúl Vera para un puesto público y si de mi dependiera, le abriría espacio en los medios.
 
Así que, jóvenes justamente inconformes: su disidencia los obliga a estar bien informados: no malgasten tiempo ni energía exorcizando demonios que no existen. Y ajusten sus actos a los ordenamientos legales y jurídicos.
 
Como sea nos agreden —tengo ya casi 77 años pero me identifico con ustedes, no con los carcamales conformistas de mente perezosa—, y si bien nos va nos etiquetan como vándalos o idiotas. Probemos que no lo somos.

 
 
 
PIE DE PÁGINA: Entró a la Historia la declaración del niño Poiré. Mientras afuera de su palacio media docena de mujeres angustiadas entran en su quinto día de huelga de hambre, sufren frío, duermen en el piso y casi casi hasta les niegan el uso de los sanitarios en Gobernación, don Ale dijo estas aladas palabras: "Es como si (en 2006) hubiéramos entrado a una casa y nos hubiéramos dado cuenta de que teníamos los cimientos verdaderamente infestados de ratas. ¿Entonces, qué hicimos?".
 
Ya sabemos, señor Poiré, que no hicieron nada. Ni siquiera llevarles un vaso de agua a las damas que sólo piden saber qué fue de sus personas amadas, desaparecidas hace años. Ale es joven en años, pero anciano, muy anciano, en frialdad de alma. Se necesita tener el espíritu torcido para no conmoverse ante el clamor de estas damas.

Cuidado con el petate del muerto
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