Descanse en paz el artista

El arquitecto es un poeta que habla idioma de vidrio y escribe con pluma de piedra sobre tabletas de acero y hormigón.
 
En un principio, el talento se puso al servicio de los dioses: los grandes señores tenían derecho a morar en palacios de armonía y belleza. Luego, el arquitecto entró en competencia con los ingenieros militares y derrotó incluso a Vauban: el fuerte de San Juan de Ulúa ya protegía al puerto en 1525.
 
El Renacimiento hizo a un lado a los seres celestiales o los tomó como mero pretexto para dedicar el canto de mármol o cantera al hombre y al amor.
 
Oscar Ribeiro de Almeida de Niemeyer Soares fue un comunista ateo entendido en las relaciones entre lo humano y lo divino. Pero en el año cuarenta Roma aún no aceptaba que Jesús fue hombre, y el templo de San Francisco que construyó Niemeyer en Belo Horizonte le pareció indecente: esas curvas, condenaron los dogmáticos, son salmo profano a la mujer, y la mujer es pecado.
 
Cada quien en lo suyo. El artista crea, aunque el mecenazgo a las veces resulte despreciable. Era alcalde de Belo Horizonte Juscelino Kubitschek, amigo del alma del arquitecto carioca, y pues, los nuevos ricos querían vivir en la zona dorada de Belo Horizonte: el maestro Oscar no les edificó casas ni viviendas sino palacios, siempre en curva: no le dejaba un minuto de paz la inquietud de fundar la simbiosis entre el trópico y el modernismo.
 
Para el 56 era conocido y reconocido. Su maestro, el urbanista Lucio Costa, lo retó a construir juntos Brasilia en una sabana y en cuatro años los hombres hicieron el milagro.
 
Luego cayó sobre Brasil y casi toda la América Ibérica la plaga verde olivo. Los militares le cerraron todas las puertas a Niemeyer y, comunista como era, los gringos tampoco lo querían.
 
Europa lo salvó: la sede de Mondadori en Milán —"apostó por la humanidad de la curva y la plasticidad de las formas libres", escribe uno de sus discípulos—; el edificio central del Partido Comunista Francés: "el hormigón sujeta, pero también expresa"; la Casa de la Cultura de El Havre; el Centro Niemeyer que donó a Avilés; la Universidad Constantina en Argelia: tanta obra correspondiente, una por una, a tantos sueños.
 
Cambiaron los tiempos y con Le Corbusier, Nikolai Bassov y Max Abramovitz dio a luz el palacio de la ONU: sus líneas de hermosura son el mensaje de que la paz es posible. "Para mí la belleza es todo", dijo, y para que la obra del hombre prevalezca, "la razón debe resolver las disputas internacionales".
 
Qué edad tenía cuando supo que "la tarea fundamental del arquitecto es soñar". También en Roma hay hombres que saben de sueños y habrán derramado bendiciones sobre el materialista de la dialéctica cuando vieron la maravilla de la catedral en Brasilia (foto): modernismo brasileño hermanado a lo incestuoso con la curva delicada de la mujer.
 
Y el Palacio de Planalto y las Torres Gemelas de las dos Cámaras del Congreso. Dicen quienes de esto saben, que Niemeyer alcanzó la cumbre más alta del modernismo en la cultura del Mare Nostrum y, quizá, en la del mundo entero.
 
Brasileño, habrá sido apasionado del auténtico fútbol, insaciable bebedor de café, enamorado de las hijas de Eva, comedor de pasteles: pero en tierra, hermano, en tierra. De aviones, nada. No creyente, habrá pensado que si Dios hubiese querido vernos volar nos habría dado alas al nacer.
 
Sólo un vuelo hizo, quizá, ya en su vida eterna: de su natal Río a la Brasilia que construyó junto a su maestro. Tres días de luto, decretó el gobierno de Río.
 
"Pocos soñaron tan intensamente e hicieron tantas cosas como él… Es un día para llorar su muerte, pero también es un día para saludar su vida… Nacionalista, se convirtió en el más cosmopolita de los brasileños… Autodeclarado pesimista, era un símbolo de esperanza". Así lo despidió la presidente Dilma Rousseff.
 
No hay motivo de tristeza: don Oscar, Le Corbusier, Lloyd Wright, Mies van der Rohe y todo un ejército de artistas del restirador les pellizcan las tetas a las ángeles —sí, esas criaturas tienen sexo—, se darán de golpes con los trebejos de su arte porque son individualistas y temperamentales, y estarán en faena construyéndole una nueva casa al Señor: no será fácil tenerlo contento. Por algo es el Gran Arquitecto.
 
 
 
 
PIE DE PÁGINA: Las miserias de la política. El Pacto por México se fue a vivir al rancho de López Obrador.

Oscar Niemeyer
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