Rolando Guzmán Flores

Bebió hasta agotar la copa del vino de la vida.
 
Muchas veces me pregunté si Rolando Guzmán Flores habría nacido en una época, esta época, que no era la suya.
 
Me resulta tan fácil imaginarlo en el Madrid del Siglo de Oro: en los corrales extasiado con La Calderona interpretando los dramas y comedias de Lope, de Calderón de la Barca, de nuestro Ruiz de Alarcón. Y luego de la escala en el mesón donde se come bien y se bebe mejor, la ronda por las calles con el canto de esa voz que el Gran Geómetra le dio.
 
A veces lo alucino en el Chicago de la gran huelga de McCormick o en el parisiense barrio de San Antonio ondeando la bandera roja de la Comuna.
 
En la Atenas que sigue asombrando al mundo estaría muy a sus anchas: discutirá más con Sócrates y Platón que con Aristóteles.
 
Y luego tomados de la mano damos el salto al México de los treinta o los cuarenta y ahí lo tengo metiendo goles para el Necaxa.
 
Rolando era mil hombres en uno: hizo canto y baile, dijo discursos que convencieron a los escépticos, pateó la pelota, le rompieron la cara por defender al libro de texto gratuito y por sentar las bases del Sindicato de la UANL.
 
Y se dio tiempo para la enseñanza, la escritura, el cultivo de la amistad y, lo que en él era sangre y carne: la política entendida como el arte de hacer lo imposible para mejorar la condición humana.
 
No se estaba quieto: nació hijo de padres profundamente religiosos: de ellos aprendió la disciplina, el estudio, el cumplimiento de la palabra, el amor al esfuerzo. "Así, pues, he visto que no hay cosa mejor para el hombre que alegrarse en su trabajo": Eclesiastés, 3, 22.
 
Conozco hombres quienes al despertar se dicen: un día menos de vida. Rolando habrá cantado: otro día para vivir, para dar tibieza al alma con el sol de la tarea bien hecha. Jornadas que gozaba como sólo lo saben hacer esos hombres buenos que siempre tienen lo mejor de los niños.
 
Ayer se fue. Ya conoce el Gran Misterio. Todos vivimos días de tinieblas, pero pocos como él tienen el alma luminosa.
 
Quienes le eran hostiles estaban muertos en vida. "Me dan mucha lástima los hombres que no tienen amigos, pero me dan más lástima los hombres que no tienen enemigos", escribió el maestro Martí.
 
Los que le fueron adversos se pudren en su odio: quienes lo queremos caminaremos con él todo el día todos los días en diálogo que nunca decae: cómo, si es un gran conversador: la vida es guerra que peleamos con golpes, cánticos, risas y sonrisas y mentadas de madre al por mayor.
 
Rolando venció en todos los campos porque nunca supo que podía rendirse. Capitular, con qué se come eso.
 
A Rolando no le digo adiós: yo también me iré pronto.
 
Nadie sabe si es cierto eso de la vida eterna o la resurrección o la reencarnación o cualquiera de esas cosas. De allá no vienen a decirnos nada. Me gustaría volver a vivir. Pero nadie me lo garantiza, de modo que, si como decía Hemingway, después de la muerte sólo está la nada, pues que así sea. Vaya chasco pero, qué se puede hacer.
 
"Y Omri durmió con sus padres y fue sepultado en Samaria": Reyes, 16, 28.

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