De terrorista a premio Nobel de la Paz

A veces los dioses se ponen de acuerdo y durante un instante, sólo un instante, los hombres olvidan el odio y se sienten hermanos. El milagro lo vivieron en 1994 millones de sudafricanos negros y blancos quienes votaron por Nelson "Madiba" Mandela para Presidente de la República.
 
Hoy, a los 94 años de edad, el nobel de Paz está internado en el Hospital Militar de Pretoria con una aguda infección en las vías respiratorias.
 
La gobernadora del Banco Central de Sudáfrica, Gill Marcus, fue con su gente a comprar verduras en un mercado de Johannesburgo y así puso en circulación los nuevos billetes con la efigie del hombre que combatió durante décadas por la libertad de su pueblo, hasta 1990.
 
Madiba, como lo llama la gente, "está encantado, muy emocionado", dijo Marcus. "Esta es nuestra forma de rendirle homenaje. Madiba representa algo especial, no sólo en Sudáfrica. Es un personaje extraordinario". Sólo él y Gandhi lograron el milagro de pelear con sabiduría de estadistas para lograr la independencia de sus pueblos sin derramamiento de sangre.
 
Ya en 1941 Mandela estaba en la lucha: lo expulsaron de la escuela por organizar una huelga contra el racismo. Pero fue hasta 1948 cuando el Partido Nacional tomó el poder y creó el infierno: el apartheid se convirtió en la ley con la que diez millones de sudafricanos de origen europeo humillaron a treinta millones de sudafricanos negros.
 
No era sólo la segregación: como suele suceder, la discriminación étnica fue pretexto para una explotación del hombre por el hombre como pocas veces se ha visto. Todo les quitaron a los seres humanos descendientes del Australopithecus africanus, quienes vivían en esas tierras, sus tierras, desde hacía millones de años.
 
Mandela, joven abogado entonces, dio la pelea contra el poder militar, económico y político de los blancos, y la proclividad, entre muchos de los suyos, a adoptar el baaskap: la sumisión a los amos. En 1952 lo condenaron a cinco años de prisión, pena que poco después le fue conmutada por el arraigo en Johannesburgo.
 
Aún no terminaba su condena cuando de nueva cuenta lo encarcelaron, de 1956 a 1961. Luego de cinco años en prisión, los jueces determinaron que no era culpable de ningún delito.
 
Ya en 1960 el Gobierno asesinó a 70 hombres, mujeres y niños en la localidad de Sharpeville, y el Congreso Nacional Africano, del que Mandela era cerebro y corazón, votó por pasar a la lucha armada. Esto fue muy relativo. El abogado se comprometió a ser el comandante de las fuerzas de liberación con la condición de respetar la vida de los enemigos.
 
Estallaron bombas a lo largo y lo ancho de ese millón 220 mil kilómetros cuadrados que compone el territorio de Sudáfrica. Hubo pocos muertos: Mandela ya había aprendido la lección de Gandhi y la resistencia a un sistema repudiado por casi todo el mundo comenzó a minar las bases del régimen racista.
 
En el 64 Madiba fue arrestado otra vez: ahora, condenado a cadena perpetua por sabotaje. Incluso la ONU lo calificó de "terrorista". Lo confinaron en la isla Robben (foto): durante 18 años hizo trabajo forzado en las canteras de cal. Durante su reclusión, la policía y el ejército asesinaron a 566 niños que hacían una manifestación de protesta.
 
Con el apoyo de Estados Unidos, el gobierno de Pretoria construyó armas atómicas e hizo estallar una en el Océano Índico. Pero nadie los quería: Sudáfrica se convirtió en un Estado paria: las únicas naciones que mantuvieron relaciones con el gobierno del apartheid fueron la Unión Americana, Israel y las dictaduras militares de Chile y Brasil.
 
Mandela era ya un hombre muy peligroso. Tanto, que se montó una trampa para asesinarlo con el pretexto de que se iba a fugar. Quizás todavía vive Gordon Winter, uno de los comandos del Military Intelligence 6 británico que desbarató la conspiración.
 
La presión internacional era tremenda y el presidente Pieter Botha le ofreció a Mandela la libertad a condición de que se comprometiera a abandonar la lucha. El ministro de Justicia, Kobie Coetsee y el vicepresidente Frederik Willem de Klerk ya estaban en negociaciones con Madiba y reprobaron el proyecto de Botha. Sabían que Mandela lo rechazaría.
 
Así fue: "¿Qué libertad se me ofrece, mientras sigue prohibida la organización de la gente? Sólo los hombres libres pueden negociar. Un preso no puede entrar en los contratos", respondió el preso número 466/64.
 
Un derrame cerebral inhabilitó a Botha en 1990 y De Klerk, el nuevo Presidente, puso en libertad a Mandela y dos años después convocó a un referéndum en el que la mayoría de blancos —y desde luego, de negros— votó por desmantelar el apartheid. Dos años después Mandela fue Presidente.
 
Hoy las cosas marchan muy mal en Sudáfrica. Un millón de blancos emigraron y los negros siguen viviendo en la miseria. Hay cólera, violencia, corrupción. La política de reconciliación que aplicó Madiba es cosa del pasado.
 
El hombre de 94 años ha padecido cáncer, tuberculosis y otras enfermedades. Pero nació para el combate y las pruebas que sufrió dan fe de que el hombre puede ser hermano del hombre, así sea sólo por un instante sagrado cuando los dioses sonríen y nos hacen el regalo de vivir cada uno, por corto que sea el lapso, en el alma del otro.

Es posible. Madiba lo sabe.

Nelson Mandela, hospitalizado
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