El ubicuo e invisible Chapo

Desde su fuga del penal de Puerta Grande en Jalisco en los albores del malhadado gobierno foxista, Joaquín Guzmán Loera ha sido al mismo tiempo símbolo de la corrupción y muestra de las peligrosas dimensiones del delito organizado y asociado con las fuerzas de seguridad.
 
Su invisible pero al mismo tiempo ubicua circunstancia convierte al Chapo en una especie de fantasma tras el cual se pueden escudar todos los excesos del poder, todas las tropelías de sus oponentes y a quien en general se puede culpar de todo. A fin de cuentas nunca se presentará a desmentir las acusaciones ni a defenderse.
 
Su invocación permanente es a un tiempo queja y denuncia. En el juego de espejos de la política cuyo recurso de protección institucional es el combate al delito, mientras haya Chapo a quien culpar, habrá motivo para seguir adelante.
 
¿Llueve? La culpa es del Chapo, tanto como si hay sequía. El narco erosionó la tierra y alejó las nubes.
 
Él ordena decapitaciones y enterramientos masivos y coloca narcomantas; para frenar su poder pelean las bandas entre sí; por su mercado pasan los precios internacionales de las anfetaminas, la heroína, la coca de los Andes y la mariguana de Badiraguato.
 
La revista Forbes le mantiene páginas doradas para incluirlo, como si fuera el cancionero de los corridos monetarios del planeta globalizado, en la envidiable colección de los millonarios del mundo y en las secciones de exaltación del éxito mundial, entre los líderes y los influyentes del planeta, su rostro ensombrecido por el tiempo se exhibe junto a la realeza y los figurones de la alfombra colorada.
 
Pero toda esa elevación a los altares mediáticos no es algo gratuito. Forma parte de las presiones estadunidenses en el combate mexicano a la delincuencia organizada cuya expresión institucional es el papel secundario de los nacionales en el diseño de la estrategia cuya finalidad es abastecer el mercado americano sea como sea.
 
Ya lo sabemos todos y se ha dicho en muchos espacios. Nosotros ponemos los muertos; ellos ponen los consumidores y se quedan con las ganancias del enorme mercado en ambos lados de la frontera.
 
Por eso el presidente de México les ha pedido otra actitud ante el ingreso de la droga. Les ha solicitado puertos seguros para brincarse el tramo centroamericano y mexicano; les ha requerido para frenar el tráfico de armas, los ha conminado a bajar su consumo y le ha pedido también peras al olmo y agua a las piedras. No ha conseguido nada.
 
Por eso ahora, cuando nos imponen un convenio más, ahora para cuidar la frontera de este lado en previsión de posibles actos de terrorismo, y de paso nos ofrecen condiciones seguras para la repatriación de mojados, braceros e indocumentados indeseables, la señora Napolitano, responsable de la Seguridad Interior de Estados Unidos, exhibe de nuevo el señuelo de capturar al Chapo cuyos hijos nacieron, como todos sabemos, hace muy pocos meses en California.
 
La señora comparó la persistencia de dos lustros en la búsqueda de Osama bin Laden cuya captura benefició las posibilidades reeleccionistas de Barack Obama y explicó la tenacidad por cuyo despiadado ejercicio pudieron asesinar (en vivo y a todo color) al odiado terrorista. Pero se debe señalar una diferencia: Afganistán, donde asesinaron a Osama, sin juicio ni legalidad, es un país formalmente ocupado; éste no. Al menos no formalmente.
 
Asimismo promete hacerlo con El Chapo, con lo cual le quitaría la gloria simbólica al calderonismo panista (si no se la pudiera endosar) cuya lucha sexenal contra los malévolos y similares, hallaría una cereza roja y brillante encima de un pastel inexistente.
 
Sin embargo, en el nombre de las múltiples formas de cooperación siempre ventajosa para ellos, los americanos le podrían “poner” al peligroso capo de todos los capos. El gobierno de Felipe Calderón mostraría la cabeza de Guzmán Loera en una charola de plata y proclamar el enorme éxito de su aprehensión, pasearlo con el uniforme a rayas dentro de una jaula, como hizo Fujimori con Abimael Guzmán hace ya muchos años, y de paso imponerle una confesión mitigante en la cual involucre a los adversarios políticos; sería el más hermoso fin de fiesta jamás imaginado.
 
Pero mientras eso sucede o no, el problema de la violencia sigue, los muertos se desparraman en las morgues y se encuentran a cada paso más fosas, más siembras de cadáveres, más corrupción en las policías y más evidencias de una espiral sin fin y en descenso.
 
 
 
 
MANCERA
 
La ebullición de las tribus ya le derrama chorros de agua hirviendo en los pies a Miguel Ángel Mancera. Ahora con el pretexto de las protestas en Azcapotzalco por la inauguración de la Arena Ciudad de México se le acusa de (vaya pecado) ignorar al “pueblo bueno” cuya oposición al magno conjunto de espectáculos y comercios es además de mínima, sembrada por quienes alientan a los “reventadores”.
 
Protestan con delirio el día de la inauguración como si la arena se hubiera aparecido ahí de la noche a la mañana. ¿Y antes?


Espiral sin fin
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