El DF, disputa o elección

En julio de este año los ciudadanos del Distrito Federal decidiremos (algunos libremente; otros obligados por la “corporativización” clientelar) el rumbo de la maltrecha capital del país, al menos por un sexenio más.
 
El Partido de la Revolución Democrática ha optado por una candidatura cuyo abanderado, Miguel Ángel Mancera, por su condición hasta hace poco tiempo apartidista, supera con mucho la calidad moral de las estructuras sobre las que deberá apoyarse. No tiene otro remedio.
 
Deberá llegar mientras lo rodean todos los coyotes de todo el lomerío y ya después dependerá de una paciente acumulación de fuerza propia como se deshaga de las rémoras y los vividores de una o de otra tribu. Nadie sabe si le dará tiempo o si para entonces aun le podría interesar una limpieza política, si no del partido (eso es imposible) al menos del gobierno.
 
Por la otra parte aparece una candidata en el Partido Revolucionario Institucional con un proyecto maduro y producido por años y años de experiencia y conocimiento de la ciudad. Más allá de su origen y nacimiento tlaxcalteca, Beatriz Paredes vivió y creció en esta ciudad en la cual reside y trabaja hace tiempo.
 
El plan de la señora Paredes resulta sumamente atractivo.
 
Como nadie, le impone a su intención de gobierno un asunto de extrema seriedad: el agua. Ese es el punto principal de todo.
 
No podemos, dice, imaginar una política de vivienda sin agua; tampoco una política de desarrollo inmobiliario o urbanístico sin agua, ni mucho menos una viabilidad futura para garantizar inversiones y por consecuencia empleo si no tenemos ni agua potable ni drenaje suficiente.
 
El segundo tema toral es el empleo y el tercero, la educación, ambos estrechamente vinculados en la expresión del “ninismo” cuya amplitud y volumen convierte a quienes miran pasar la vida sin trabajo ni escuela en fáciles presas de la delincuencia, la drogadicción o ambos.
 
“El problema de drogadicción y adiciones en general, es mucho más grave de como se reconoce”.
 
Beatriz Paredes quizá tiene muchos defectos pero uno no es suyo: desconoce la ingenuidad política. Por eso le llama pan al pan y vino al vino.
 
La ciudad, dice, se ha gobernado por encima del interés de los ciudadanos. No es un espacio de administración pública sino una arena en la cual, a manera de botín, un partido resuelve sus contradicciones en un sistema en que se disputan el poder los mismos cuya irrupción se prolonga, desde el sacudimiento histórico de 1985, a sus herederos y socios políticos.
 
Desde ahí viene la clientelización, desde el reparto de cuotas y prebendas entre los grupos afectados por el terremoto y los programas de reconstrucción. Y ese proceso tiene dos grandes personajes, dice memoriosa, Manuel Camacho y Marcelo Ebrard.
 
Por eso en junio podría haber una elección (entre fuerzas políticas distintas para sustituir la hegemonía y el patrimonialismo amarillo) o una disputa: un reparto hacia el interior del perredismo clientelar. En el primer caso se produciría la alternancia en el DF; en el segundo, el reacomodo de los privilegios políticos y los negocios del contratismo de izquierda.
 
En ese escenario la disputa en el DF adquiriría las características opuestas a las descritas por el presidente Calderón para la elección federal (PAN vs PRI). Una pelea, en este caso, sólo entre el PRI y el PRD. Isabel Miranda –digo yo– no tiene oportunidades de victoria.
 
Agua, trabajo, educación y seguridad. Y de ahí hacia abajo, todo lo demás, incluyendo un amplio programa cultural.
 
La preocupación por la inseguridad en el DF no es algo inexistente. Si bien en el DF –dice BPR– no se registran las atrocidades masivas de crímenes y enterramientos clandestinos ni esas barbaridades monumentales, la violencia callejera y considerada “menor” en la estadística, agobia y asusta a los ciudadanos.
 
 
 
 
CONSENSO
 
Nadie sabe ahora los resultados electorales, ni siquiera quienes creen hallar en las encuestas los signos de un futuro totalmente desconocido, pues depende de circunstancias muy cambiantes.
 
Pero el consenso absoluto, la total unanimidad se da en torno de la reglamentación electoral.
 
Nadie quiere seguir con las reglas de precampañas, “intercampañas” y campañas (sólo faltarían entonces las poscampañas) ni tampoco sometido a la presión de los medios, quienes no se resignan a la pérdida del mercado de los anuncios políticos.
 
La reforma del 2007 nunca fue bien vista por los “mass media”, que hallaron en algunos voceros intelectuales a sus defensores y los impulsaron hasta llevar sus quejas y amparos contra el atropello a la libertad (¡Ay, nanita!) hasta la Suprema Corte de Justicia.
 
Pero en el campo de los misterios está la incógnita: si la reforma es tan mala ¿cómo no la cambiaron en los últimos años?


El otro bipartidismo
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