La corrupción de un ángel

Hace tiempo escribí una línea cuyo contenido causó molestia en algunos ortodoxos (aun existen) del panismo: el Partido Acción Nacional comenzó a tener éxito electoral cuando abandonó a Gómez Morín y obedeció a Carlos Salinas. Hoy los hechos confirman el dicho y por desgracia lo muestran más allá de la simple frase. Mucho más allá de su pasado de cesiones concertadas. El “dieguismo”, pues.
 
Eso, obviamente se puede decir de otra manera: el Partido Acción Nacional se mantuvo relativamente incorrupto cuando estaba lejos del poder.
 
Cuando conoció el dulce sabor del dinero público, los negocios repartidos al amparo de los grupos internos, no sólo recibidos como dádiva de coyotes durante el priato para simular una oposición a fin de cuenta domesticada, y la gozosa ensoñación del poder presidencial, entonces hubo espacio y motivo para pudrirse hasta la médula.
 
En los días recientes la conducta del Partido Acción Nacional se puede resumir en un nombre: Fernando Larrazabal.
 
Aun si fuera posible separar ese nombre del pavoroso origen del crimen múltiple en el casino Royale (acto terrorista lo llamó el presidente Calderón) y sus nexos con la familia del alcalde con indebida licencia definitiva, las solas prácticas de sucia administración del candidato panista a pesar de todo y de todos, su reputación de mapachismo y acarreo serían suficientes para comprender el desgaste moral del partido entero.
 
Germán Martínez, quien ocupó la presidencia del Partido por designación directa del Presidente en choque frontal con una supuesta tradición democrática interna, no oculta sus preocupaciones. Lejos de eso, las exhibe quizá con la tardanza de quien ató en su tiempo la pata de la vaca:
 
“Poco a poco —dice—, el moderno Estado liberal parece quedarse sin la defensa panista”.
 
Y exhibe el caso Cassez como muestra de esas lagunas:
 
“…Cuando se vacía al Estado de esa cualidad al momento de impartir justicia, y se exigen castigos por aclamación popular, se corre el peligro de convertir a la justicia en venganza, y se legitima —como antes de Cádiz—, a los tribunales de consigna, de fe, de odio o de escarmiento espiritual.
 
“¿Eso quiere Acción Nacional en el famoso caso Cassez? ¿Por qué permite o tolera el discurso de un Estado hueco frente al delito de la señora Wallace? ¿El PAN considera a las formas jurídicas y los procedimientos estipulados en la ley, simples estorbos para combatir el crimen? ¿Todo se vale para meter a prisión a los delincuentes? ¿Es correcto espiar o detener sin orden judicial? ¿Es un entretenimiento de televisión la procuración de justicia? ¿Todo lo policiaco se aplaude? ¿Por qué el PAN —con enorme tradición de respeto a la ley— guarda silencio, esquiva preguntas y, en suma, desnuda al Estado de su ropaje legal?”
 
Pero más allá de un caso significativo y trascendente, cuyo desenlace podría conocerse pasado mañana, los modos de la campaña presidencial panista son realmente elocuentes por sí mismos: imposiciones, simulación, juegos de cuatreros (los llama así la renunciante Lía Limón), movilizaciones impúdicas (acarreos), demagogia pastosa y en general atropellos al mérito para dar espacio al favoritismo son rasgos definitivos del neopanismo calderonista.
 
Y eso nada más confirma una cosa: en este país no se puede hacer política de otra manera. El grosero pragmatismo de la moral como árbol de la mora y la victoria como “haiga sido” no son una estrategia, es una cultura.
 
Hace tiempo Manuel Espino se quejaba. Bebíamos café en “La Parroquia”.
 
—No podemos, me decía, repetir las prácticas que tanto criticamos en el PRI. No es posible convertirnos en un nuevo PRI.
 
Por expresiones como esa, Manuel Espino fue expulsado del paraíso. Cosa extraña, quien conducía los colores del triunfo en una elección presidencial sale por la puerta de atrás antes de terminar el periodo de quien subió con él la montaña.
 
Tampoco podrían olvidar los panistas el desencanto de Carlos Castillo Peraza, años atrás, quien se deslindó tras advertir el peligro de ganar el poder y perder el partido. A la larga si se pierde uno se pierde el otro.
 
 
 
 
TRISTEZA
 
Como parte de su responsabilidad en la promoción de una cultura democrática, el IFE ha hecho una consulta entre niños de 6 a 9 años de edad. La información es elocuente: los futuros ciudadanos están muertos de miedo.
 
"Los niveles de violencia, en especial en el norte, han permeado de modo notable en niños y jóvenes en su visión de la realidad, y en su percepción de lo que esperan del futuro:
 
—Que esté limpio... que no me maten... que no haya más delincuencia... que no haya más balaceras... que no me corten la cabeza... que no maten a mis tíos... que no roben”.
 
Hace años un concurso de dibujo entre pequeños produjo un resultado común y espantoso: ninguno de ellos dibujaba el cielo azul. Todos lo pintaban gris.


Tuétano albiazul
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