Tras Tabucchi por medio mundo

Cuando bajé del tren en Siena estaba seguro del éxito de mi viaje.
 
Me había empeñado, con un rayoneado y releído ejemplar de Sostiene Pereira bajo el brazo, en hablar de literatura en la Universidad de Siena con el profesor Antonio Tabucchi. No me interesaban en esa ocasión ni la fiesta del Palio ni la maravilla de la plaza ovalada donde los caballos piafan y resbalan durante los fastos conmemorativos de la batalla de Montaperti.
 
No, lo único fijo en mi extraño deseo era conocer a Antonio Tabucchi cuyo libro me había emocionado sobremanera. Hacía muchos años no me ocurría lo mismo con ninguna novela. Fue un sacudimiento, un relámpago de esos pocas veces vistos entre las letras y el papel de un libro.
 
La maravillosa vida del personaje, su condición de periodista triste y viejo; solo y pobre, con un resplandor final de conciencia política después de una existencia miserable y a merced de la codicia de los editores y las sospechas de la policía en cuyas manos va a quedar el pobre declarante cuyo testimonio ante el escribano le da hilo de continuidad a la narración espléndida, me había conmovido y por todo eso me sentía en la obligación de ir con el autor y decírselo.
 
Caminé durante un rato por las calles estrechas de Siena. Entré a una cafetería y releí algunos párrafos de la novela. Llegué a la Universidad y busqué el departamento de Literatura y después el área de Letras de Portugal y luego el cubículo del dottore Tabucchi cuya puerta, como es natural, estaba cerrada a piedras y lodo. Las esquinas de algunos sobres se asomaban olvidadas debajo de la puerta.
 
Il dottore, ¿dove si trova?, pregunté en un remedo de italiano a una señorita de pelo amarillo y ojos verdes enormes quien me dijo con desgano: está de vacaciones, tiene el sabático. La palabra sabático llevaba el tono inclemente del tiempo.
 
Era como decir, no lo puede esperar todo un año, mejor váyase, no lo va a encontrar.
 
Escribí una nota y le pedí a la rubia su clemencia y su paciencia. ¿Se lo puede dar al dottore? Como suelen hacer las mujeres de esa radiante belleza, jamás le dio el mensaje de mi desventura. Viajar de México a Siena para verlo y no hallarlo.
 
¡Porca miseria!
 
Poco tiempo después hubo una serie de conferencias en Madrid. Mi oportunidad de hablar con Tabucchi se volvía a presentar. O yo creía. El escritor había cancelado a última hora y en su lugar habían puesto como emergente a quién sabe quién. Otra vez el esquinazo.
 
Pero más tarde vine a conocer a Tabucchi en la Ciudad de México, en el lugar menos pensado. Nos saludamos con la incómoda circunstancia de ser vecinos de urinario.
 
Antonio había acudido a El Colegio Nacional en medio de un ciclo organizado por el gobierno de la ciudad y yo lo seguía correteando de arriba abajo con el mismo libro desencuadernado y sucio de cuando estuve en Italia. Su conferencia había concluido y otros devotos como yo se subieron al estrado para pedirle firmas en sus ejemplares. Mientras eso ocurría pasé al baño.
 
Pensé volver cuando la multitud lo dejara en paz. Pero las urgencias le acuciaron y él también fue al servicio.
 
—¿Me podría firmar mi libro?, le dije.
 
Ocupada como tenía la misma mano con la cual escribió o al menos corrigió la obra maestra, pero ahora en otro menester, me dio un tímido "sí". Me miró a través de sus anteojos de aro redondo y colocó en su faz una expresión de desamparo y fastidio como hacía mucho no miraba otra.
 
—Aquí tengo una pluma, le dije mientras le cerraba el paso. Él, como un mosquetero veloz ya había desenfundado su estilográfica azul. Con una letra delicada y femenina, garrapateó una frase incomprensible hasta para un médico en la cual solo se advierte la palabra “saluto” y la fecha.
 
Mientras él firmaba yo le decía cosas relacionadas con la novela. Al acabar me interrumpió el rollazo y me dijo: gracias, pero es solo una novela. Una más.
 
Para mí nunca lo fue. Ninguno otro de sus libros me produjo tanta emoción ni tanta devoción por el talento de ese hombre a quien luego supe habían llevado a conocer el mercado de Sonora y fascinarse con las iguanas y los armadillos.
 
Ahora, cuando me enteré de su muerte, por obvias razones me llegaron a la memoria estos versos de Pessoa:
 
“A la orilla del dolor escribo un libro. Mi corazón no tiene miedo, tengo los ojos de agua caliente…”
 
 
 
 
NAUCALPAN
 
El presidente de Expresión Popular de Naucalpan, A. C., David Parra Sánchez (PRI), ya se comió en rebanadas a todos los demás aspirantes a la alcaldía de ese municipio.
 
Desde hace tiempo convoca, organiza, reúne y une a líderes sociales, presidentes de Consejos de Participación Social, delegados, empresarios de distinta estatura, comerciantes, deportistas, medallistas olímpicos, diputados locales, federales, industriales y vecinos, con quienes organiza una agenda de gestión y un programa de trabajo.
 
Y los demás, mientras, en la grilla o el lustre de los blasones.


El autógrafo
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