La revaluación del pasado

El 2 de abril —fecha de la célebre batalla de Porfirio Díaz en Puebla— pasará a la relatoría reciente de las relaciones políticas como el día cuando el PRI irrumpió, en silencio y respeto, en el Palacio Nacional y de su concomitante revaluación en medio de una inusitada concordia muy conveniente para el País.
 
A partir de ese día ya no será tan sencillo generalizar con los actuales lemas de campaña y propaganda panista frente al Revolucionario Institucional. Después del homenaje a Miguel de la Madrid, concebido y ordenado por el presidente Calderón, el Partido Acción Nacional deberá cuidar sus expresiones. Su líder actual ha dado muestras de reconciliación con la historia. Al menos con la historia reciente.
 
El anatema fácil, la condena simplona, generalizadora  y envolvente sobre los rasgos definitivos e inevitables del PRI a lo largo de los años —autoritarismo y corrupción—, han quedado sepultados en un acto republicano de profundo significado.
 
El homenaje al ex presidente Miguel de la Madrid significa algo mucho más allá de la cortesía. Tiñe con otras tintas la batalla electoral y reconcilia al Presidente con el respeto al Estado.
 
Si durante mucho tiempo se ha acusado al Ejecutivo, a veces con sobrada razón, de comportarse como líder del PAN y no como jefe del Estado, la ceremonia realizada por su única iniciativa y decisión, lo coloca en un alto grado de respeto absoluto por las funciones y los valores nacionales.
 
El domingo pasado, durante el velorio de su padre en la Casa del León Rojo (donde De la Madrid vivió desde antes de la mudanza a Los Pinos y a la cual regresó al cese de sus funciones) Enrique de la Madrid Cordero recibió la llamada del presidente Calderón quien le pedía demorar la cremación hasta la noche del martes, para darle tiempo de regresar de su doble entrevista con Harper y Obama y realizar un homenaje pleno.
 
—El Presidente, dijo Enrique, nos ha dicho del homenaje. Desde ahora se lo agradecemos.
 
Aquí cabe una digresión: Enrique de la Madrid, como Director de la Financiera Rural fue subordinado del presidente Calderón y hay entre los dos una buena relación. Eso explica claramente, además, la presencia en el duelo de José Antonio Meade, secretario de Hacienda y del ex secretario de ramo, Ernesto Cordero.
 
Pero además había una buena relación entre De la Madrid y Calderón. Cuando Carlos Salinas de Gortari forzó alevosamente al primero a una retractación pública en función de sus declaraciones a Carmen Aristegui, el presidente Calderón lo arropó y lo invitó a comer a Los Pinos. El panista y acérrimo enemigo del PRI, lo respetó cuando sus ex empleados lo herían.
 
Pero a pesar de esa reunión tan sabida entre quienes debían saberlo, nadie se habría imaginado la solemnidad y la carga política y emotiva de la ceremonia del lunes.
 
Dijo Calderón en alivio de la vieja fama del corrupto PRI:
 
“…Fue un Presidente preocupado por la rendición de cuentas y por el combate a la corrupción, y por ello, creó la Contraloría General de la Federación, antecedente de la actual Secretaría de la Función Pública.
 
“Él sabía que la corrupción es un flagelo que ofende a los mexicanos y que es una conducta que no debe ser tolerada en el ejercicio de Gobierno. Al crear la Contraloría, sentó las bases de una Administración Pública más profesional”.
 
Reconocer el valor institucional de la rendición de cuentas, sin lo cual no se comprenden ni el IFAI ni los actuales sistemas de fiscalización, anula frontalmente la generalización de un priismo únicamente corrupto y eternamente irredimible ante los pecados de la honestidad.
 
—Este ha sido —me comentó al final de la ceremonia Pedro Joaquín Coldwell— un momento muy importante en la evolución política nacional.
 
La conocida aversión del presidente Felipe Calderón hacia el PRI a lo largo de su carrera política, incluida en esta actitud la legendaria promesa a su padre de luchar durante toda su vida contra ese partido, hace más meritoria su actitud de Estado para la ceremonia del dos de abril.
 
No había en su comportamiento ninguna molestia visible, ninguna incomodidad. Había la severidad propia de una ceremonia fúnebre, con pendones y oriflamas; trajes negros, tambores y corbatas luctuosas, pero se percibía una sensación de cumplimiento comprometido.
 
“En este edificio, en una tarde como esta, el 25 de septiembre de 1981, nuestro padre —dijo Enrique de la Madrid Cordero— recibió el apoyo de los sectores de su partido, para nominarlo candidato a la Presidencia de la República.
 
“Hoy, estamos cerrando el ciclo vital de un hombre cuya vida es la prueba del México que es posible, cuando lograr crecer ante la adversidad y tener oportunidades de acceder a la educación, contando además con el privilegio que significa haber estudiado en la Universidad Nacional Autónoma de México, haber alcanzado, también, los sueños y poder así servir a su país y devolverle lo mucho que éste le entregó.
 
“México le dio a nuestros padres valores y principios. Ese esfuerzo se recompensa hoy con el reconocimiento como el que se le brinda por el Estado mexicano.”
 
Fue, en muchos sentidos, una tarde para recordar y un alto momento en la presidencia del señor licenciado Felipe Calderón.


Calderón, jefe de Estado
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