El Palacio (Nacional) de los Deportes

Uno más de los lugares comunes en estas indescriptibles (e insoportables) campañas de la uniformidad mediática consiste en ofrecer propuestas y no descalificaciones.
 
Los insultos, las injurias, el señalamiento de los errores del adversario, sus pifias, su pasado y sus defectos han dejado de ser (dicen) materia del planteamiento muy serio y de cara a la historia de los tres candidatos a la presidencia y un señor Quadri quien si se toma en serio no puede considerarse como tal.
 
Pero eso no es cierto.
 
Para eso están los medios alternos y en algunos casos alternativos. Las redes sociales, el reino absoluto de la impunidad murmurante.
 
Sin embargo algunos ciudadanos, yo entre ellos creemos en la muy “clasemediera” huevada (diría un chileno) de aportar “nuestro granito de arena”. Vaya cómo suena lindo eso del granito. Ni Rafael Buelna.
 
Bueno, mi humilde propuesta (parafraseando a Swift quien hizo Una modesta proposición para terminar con los niños pobres sirviéndolos asados en la merienda) es cambiar la sede del Poder Ejecutivo.
 
Vistos los recientes arrebatos musculares y deportivos de nuestros candidatos me parece oportuno abandonar el vetusto Palacio Nacional a su inexorable destino de Museo Nacional de cualquier cosa (no importa si acaban de entregar sus escrituras con casi medio milenio de retraso, como vil “Estela de Luz” del virreinato), y mudar la sede presidencial al Palacio de los Deportes.
 
Y digo eso por algo muy simple: lo único notable de las campañas hasta ahora (sobre todo de los rezagados) es el afán de probar cómo habita la sana mente en el cuerpo sano. No importa si antes de jugar con la pelotota de los Pilates la señora Vázquez confunde la gimnasia con la magnesia y se autodefine políticamente como hipertensa crónica.
 
Si usted no lo sabe, le cuento: la señora Pinita sufrió hace unos días un pequeño desvanecimiento. Un mareo, pues. Un vahído (“váido”, dicen en el pueblo) y eso fue suficiente para encender las alertas de su equipo. Y no por ese amago de arrechucho, supiritaco o patatús sino por la frecuencia de tales desajustes.
 
Y entonces el “dream team” (todos están dormidos) actuó con la celeridad de Don Andrés Manuel, salió a los medios disfrazada de deportista. ¡Ay! Dios mío, los medios, los dioses, los emperadores y los verdugos de la política. Vaya si se veía monísima con su chaleco de pesista y su camiseta holgada. ¿O le quedaba grande?
 
Bueno, el caso fue sencillo, los expertos (así les llaman) de su campaña le dijeron, no Chepina, debes dar una imagen de fortaleza, vigor, salud y para eso nada como un gym de pesas cromadas y alfombras color pardo.
 
Y ahí estaba, como Andrés el día cuando quiso batear los rumores y sacar por la cerca la falacia de sus enfermedades, su cansancio y su lasitud de hombre cansado y cansino. Nada, a ponerse tan guapo como Joe DiMaggio y darle a la canica con la fuerza de Babe Ruth y jugar con el vigor legendario de Lou Gehrig, “El caballo de hierro”.
 
Y si el Bambino construyó con su potencia un estadio para los Yanquis, Andrés puede con la suya edificar una candidatura para la república del amor. Faltaba más.
 
Pero quien paradójicamente nos ha llevado al punto más alto en esa mezcla de política y deporte, es quien más profundo ha llegado: el señor Quadri, quien ha hecho del neopreno el nuevo material de la investidura ejecutiva.
 
Él no quería demostrar nada sobre su condición física. Si acaso, la naturalidad de sus ricitos resistentes al líquido salobre. Pero inició su campaña como hombre rana —una inmersión para Guinnes, cinco minutos—, lo cual no deja de tener gracia.
 
Buzos, gimnastas, peloteros, pedalistas, corredores matutinos. De todo son nuestros políticos en las campañas y muy poco resultan cuando éstas se terminan.
 
Con decirle a usted, hasta Don Felipe Calderón aplicó aquello de hacer cuanto se ve donde se viaja y salió a correr al parque Laffayette de Washington como hacia Bill Clinton mientras la prensa lo correteaba.
 
Por cierto, Clinton odiaba a los reporteros trotones a su lado. El servicio secreto los mantenía alejados. Un día le preguntaron la razón de su molestia y su reticencia a compartir el “jogging”.
 
—Me molesta saber su intención. No quieren correr conmigo; quieren estar ahí por si alguna vez me tropiezo y me doy de bruces. Están ahí esperando la falla y la caída.
 
Bueno, pues.
 
Mucha fibra, mucho músculo, pero además de espectador inerme ante tanta faramalla ¿dónde queda el pobre ciudadano?


Figuras del atletismo
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