El cazador cazado

En su celebérrimo ensayo sobre La caza y los toros, José Ortega y Gasset (todos lo hemos leído) explica el intrínseco placer de la cacería: su dificultad, su regreso al primitivismo; la renuncia del humano a su condición superior y además la posibilidad siempre presente de no regresar con ninguna presa.
 
Dicho así, el placer de la cacería lo es más por ella misma y no tanto por el  gusto de matar a la presa.
 
Todos mis amigos cazadores me han contado casi siempre la misma historia: la dificultad. Andrés Caso o Guillermo Arriaga, da lo mismo. De Olloqui me contó la increíble noche de la doble muerte; la del venado perseguido y el trampero infartado en el monte, cuyos cadáveres debió cargar solo, en plena oscuridad montuna; con lluvia y sin saber a cuál llevar primero.
 
A diferencia de los toros (cuyo origen cinegético y de entrenamiento militar ya nos sabemos todos de memoria: convierte a la muerte del toro en una forma festiva y colectiva de la cacería en la cual el matador se expone, se exhibe y se goza del aplauso en medio de un rito socialmente practicado), la caza es un afán distante, encubierto, silencioso y con frecuencia furtivo. Nadie lleva una banda de música a un safari ni pide pasos dobles mientras apunta.
 
Yo no sé si todas estas cosas estaba pensando Don Juan Carlos de Borbón en la primitiva Bostwana (Bostuana, lo escriben en Madrid) antes de fracturarse la cadera en tres pedazos; señal inequívoca de los males de su edad y seguro presagio de una decadencia a la cual se debería preparar el señor Príncipe Felipe de Asturias quien a juzgar por la frecuencia de la “fiebre carbonosa” en su achacoso señor padre (en dos años ha visitado cuatro veces el quirófano, por esto o por aquello), llegará al trono mucho antes de lo imaginable hace unos años.
 
No se trata de cantarle el mal agüero a tan distinguido y valioso monarca quien se había ido de escapada al África Negra (de seguro y como es su costumbre Doña Sofía tampoco de esto sabía nada), a donde —ahora nos venimos a enterar—, Su Majestad suele ir con relativa frecuencia para tirarle a los viejos elefantes disponibles en una cacería regulada y generadora de divisas para los humildes bostuaneses, mediante el pago de 30 o 40 mil euros, cantidad risible para tan distinguida testa coronada.
 
Y la verdad nosotros vemos esto con poco interés (nada más a los súbditos suyos o a los lectores del ¡Hola! les ha de importar el bochorno de la monarquía fracturada), pero a pesar de todo esto, vea usted cómo son las cosas, mi señor.
 
—Usted se guarda de avisar de la expedición (safari, le dicen allá) y el tiro al paquidermo y ahí nos tiene a todos en la Casa Real, ocultando el viaje a como se pueda, y usted nos viene con el numerito de la fractura y ahora, vale, a dar explicaciones a una sociedad tan rota como el cuadril suyo, dicho sea con todo respeto, Su Majestad, pues está usted viendo cómo se nos vienen el paro, la crisis, el derrumbe de la economía y hasta los problemas de Repsol, y usted con el riflazo contra el proboscidio.
 
Pero bueno, se ha portado usted de lo más majo y de lo más macho, además. De tal ni hablar. Eso de volar de Botswana a Madrid y tirarse ocho horas sentadito con las astillas y la osamenta hecha un fricasé, es algo de pronto decir pero a ver quién se aguanta semejante calvario.
 
Pero bueno, ya todo está en las manos expertas del doctor Ángel Villamor quien ya lo ha atendido cuando se le rompió el codo, cuando chocó con otro esquiador en Baqueira y le repararon el “platillo tibial de la rodilla derecha” y el día del golpazo contra una puerta de cristal y la otra pierna lastimada y cuando se pegó con otra puerta en el ojo izquierdo y la nariz.
 
En fin, España ha visto peores cosas (y peores puertas) y de ellas ha salido avante.
 
Por lo pronto el Príncipe Felipe se dispone a representar al Estado en una pila de compromisos oficiales durante los próximos 45 días en los cuales —como dicen de los toreros—, de no haber complicaciones, Su Majestad sanará por completo; pues ya le han dicho, de inmediato se me pone usted un par de muletas y a caminar con ellas en el mismo hospital.
 
Estas desgracias de los famosos, de los nobles, de las coronas, digan cuanto digan los hipócritas, nos llenan de gusto a los simples mortales.
 
No por el mal ajeno, líbrenos Dios de semejante grosería mezquina. No; nos alegran por lo cerca como nos vemos de ellos o lo cerca como se colocan de nosotros. Siempre es un consuelo saberlo: los ricos también lloran, se enferman, se accidentan y se mueren.
 
Claro, ellos nada más una vez. Los pobres y los súbditos, muchas.


Fractura real
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