La política uniformada

Cuando éramos niños jugábamos aquello de “lo que hace la mano hace la tras”. Era una bobada.
 
Los rancheros escuchan el ladrido de los perros y mientras atienden la cadena y el canto repetido de la jauría, sonríen y dicen, “nomás el de adelante sabe a qué le ladra”.
 
En el año 2000 Mario Vargas Llosa vino a México para presentar su hasta entonces más reciente libro: La fiesta del Chivo, una biografía novelada de la tiranía; los excesos sexuales de Trujillo, el complot para su asesinato y la persecución de los conjurados.
 
Mario, quien aún no se veía favorecido por el premio Nobel, hablaba de Vicente Fox con enorme entusiasmo. Su famosa frase sobre la dictadura perfecta lo colocaba de inmediato en el otro bando. Su célebre declaración: si yo fuera mexicano votaría por Fox, fue un balde de agua helada en la cabeza de los estrategas de la campaña de Francisco Labastida, que acudieron en tropel a buscar a Vargas Llosa.
 
Lo presionaron y lograron una tímida declaración sin contenido. El peruano-hispano regaló un libro al candidato Labastida y se dio la media vuelta.
 
Desde entonces los candidatos a la Presidencia se repiten como en una galería de espejos paralelos. Realmente (si hacemos de lado las conveniencias coyunturales) da pena verlos a todos en los mismos desfiles, en las mismas pasarelas; repitiendo, palabras más o palabras menos, las mismas ideas (es decir; ninguna idea) y mantener las campañas en un tono petrificado, aburrido, sin verdaderas propuestas, sin cambios de fondo.
 
Frente a los ojos tengo las páginas abiertas del diario. Lo mismo.
 
Todos los candidatos van y caminan por el tapete de la Conferencia del Episcopado y aceptan reclinarse en el confesionario político de la clerigalla envalentonada por los recientes cambios constitucionales, la visita del Papa y el estreno de la película La cristiada. Ya lo habían hecho en la misa papal en Guanajuato. Parejitos, con devoción o sin ella, pero nadie se sale del renglón.
 
En otra página están todos fotografiados con Mariano Rajoy. Hasta “el Peje”. ¿Bajo cuál signo de conveniencia acuden a ver a este señor quienes saben cómo el Partido Popular fomenta la guerra sucia en México a través de su publicista favorito? Quién sabe, pero todos se uniforman con el gris de la conveniencia. Parejitos. Y todos dicen lo mismo, como hicieron cuando George Biden, el vicepresidente de Estados Unidos, los llamó a examen.
 
Y todos van a los mismos foros y todos hablan con las mismas palabras. Mucho verbo, poca sustancia, poca distinción, es decir, nadie resulta distinto. Pequeños matices, leves insinuaciones. La estrategia se pone por encima de la ideología, lo cual demuestra una cosa muy simple: hay estrategia pero no hay ideología.
 
A esa segunda piel se le llama oficio político. Y quien les ha enseñado a hacer eso a todos, ha sido el PRI. Relacionarse con todos, comprometerse con ninguno, decirle a cada auditorio las palabras esperadas, hacer de la promesa una realidad y de la esperanza un concepto elástico.
 
Pero alguien deberá hacer una distinción. Fox fue diferente; Andrés Manuel era diferente (y si no ganó se debe a otras cosas). Hoy todos quieren ser Peña.
 
 
 
 
CONSTITUCIÓN
 
 
En el primer caso (agosto 2010, si la memoria no yerra) hubo una acusación similar y un recurso ante el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, el cual confirmó la violación y de paso la impunidad presidencial.
 
Solo puede el presidente ser sometido a juicio si traiciona a la patria o comete delitos graves del orden común. Romper el cumplimiento juramentado del texto constitucional no es traición a la patria. Tampoco es un delito grave del orden común. Es nada más una violación constitucional aun cuando algún purista pudiera decir: quien incumple la Carta Magna (Art. 87), traiciona a los mexicanos.
 
Pero no es para tanto.
 
Nada habrá de ocurrir y no será ninguno de los candidatos quien lleve cargas de esta leña a la hoguera de su propaganda.
 
 
 
 
LA VERDAD
 
La campaña para probar el incumplimiento de algunos de los más de 600 compromisos de Enrique Peña ya se volvió un cachondeo impresentable de puentes inconclusos, avenidas terminadas y fisgoneos de suegra entrometida. La mesa de la verdad fue convertida por los panistas en algo así como el tianguis itinerante. Tú aquí; yo allá.
 
La grillería le ganó a la verdad. Por eso Peña los mira por encima del hombro y dice: ahí está la Internet, consulte quien tenga interés. Yo no me meto en debates de esa naturaleza.


Sin ideología
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